LA NECESIDAD DE UN SERVICIO RESTAURADOR

Todos los hijos de Dios, sentimos el deseo de servir a nuestro Señor, y muchas veces nos sentimos desalentados al no poder hacerlo en el área que nos gustaría; área que generalmente es la que vemos servir a otros, en ministerios públicos y visibles, como los es el ministerio de la Palabra. Sin embargo, sabemos, que en su perfección, si bien el Señor no les da a todos los mismos dones,  concede a todos sus hijos servirle conforme a su sabiduría. Por ese motivo, hay servicios preciosos, necesarios entre santos que somos llamados a realizar que son altamente necesarios y que quizás no son los más anhelados, porque  son aquellos que se llevan a cabo en total humildad  y a veces prácticamente en el anonimato.

Hay varios de estos servicios que podríamos considerar. En esta ocasión recordaremos a tres de ellos, con el deseo que estas líneas humildes muevan nuestro corazón a “la sincera fidelidad a Cristo” (2 Corintios 11:3)

RESTAURADORES DE GRIETAS, REPARADORES DE PORTILLOS.

La Biblia menciona, a personas que hicieron un gran servicio en Jerusalén, quienes por amor al Señor y hacia sus hermanos, trabajaron según el pensamiento de Dios, y   fueron llamados “restauradores de brechas, reparadores de portillos”.  (Isaías 58:12) El joven Joas, rey de Judá, fue uno de ellos. De niño se crió en las cámaras contiguas de la Casa de Dios, y cuando estuvo en su sitio de responsabilidad, conocedor de las grietas en la casa de Dios, con toda solicitud mandó que las repararan (2 Reyes 12) Dándoles a estas expresiones un significado espiritual, podemos decir que aquellos que desde jovencitos concurren a las reuniones, o los creyentes que llevan años caminando con Cristo, han descubierto y visto con dolor, grietas entre los hermanos , y brechas y portillos (huecos en el muro) que hacen que se corran grandes peligros, y que el enemigo gane ventajas. Esas grietas son las que vemos entre nosotros como: falta de comunión entre los hermanos, individualismo, críticas,  camarillas, disconformidades… Como así también los portillos nos hablan de la mundanería, falta de celo y de compromiso, falta de visión… Trabajar para solucionar estas cosas, es algo hermoso ante los ojos de Dios. Todos podemos hacerlo en alguna medida, sin embargo, siempre se nota el faltante de obreros en estas áreas. Una de las razones de la falta de reparadores de grietas y de  portillos, es la falta de celo por la casa de Dios, lo cual hace que cada uno se ocupe solamente de lo personal.

Muchas veces, los hermanos dotados de dones reconocidos; en su lugar de reunión, o visitando otras congregaciones, están muy pendientes del éxito de su ministerio, y a pesar de ver aquellas grietas en la Casa de Dios, no dicen nada, para no quedar mal con nadie. Lógicamente, siempre por medio de la Palabra aportan para la edificación espiritual de los santos, pero, sin tomar el compromiso de tratar aquellos temas tan necesarios para evitar que todo se deteriore. Con esto, no queremos decir que se necesitan hermanos que salgan como veedores con un ojo crítico a corregir errores por todos lados. Esto no es a lo que somos llamados y por ende no es conveniente. Sabemos bien que el acusador de los hermanos es Satanás (Apocalipsis 12:10) y que quienes solo se dedican a criticar y acusar, le facilitan su obra. Nos referimos a la necesidad de personas que el Señor levante, para que llenos de su sentir, y con toda humildad y amor, hagan aquellas tareas de reparación, allí donde el Señor se lo permita. No pensando en lo suyo propio (El éxito de su ministerio, seguir recibiendo invitaciones, ayuda, ofrendas etc.) sino en lo que es de Cristo Jesús y para la gloria de Dios.

Estas tareas requieren amor y dependencia al Señor. Se llevan a cabo la mayoría de las veces en el anonimato, con mucha oración para poder hacerlo con discernimiento espiritual y con humildad, reconociendo que aunque el Señor nos utilice para repararlas, no somos mejores que los demás.

Muchas veces pensamos que es imposible reparar esas grietas, porque sabemos que hay males evidentes de toda una vida, a los cuales los creyentes estamos acostumbrados. Sin embargo, el Señor sigue llamando a restauradores de grietas, quienes  abundando en amor y en paz, velen por Sus intereses  y reparen aquello que desune lo que Dios juntó. Por eso se nos dice: “Y sobre todas estas cosas vestíos de amor, que es el vínculo perfecto” (Colosenses 3:14) “Solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz” (Efesios 4:3)

¿CÓMO REPARAR LAS GRIETAS?

Cuando los que temen al Señor, hablan cada uno a su compañero, el Señor oye y responde (Malaquías 3:16) Esto nos alienta a mantener una comunicación sana con los hermanos, viéndolos para escucharlos, para orar juntos,  y para  compartir la Palabra de Dios con ellos. No formando bandos ni partidos, ni evitando dar opiniones que comprometan, sino hablando “la verdad en amor” (Efesios 4:15)  “considerándonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras” (Hebreos 10:24) Animándonos unos a otros y edificándonos (1 Tesalonicenses 5:11)

Las grietas en la Casa de Dios deben ser reparadas verdaderamente, y para eso, se necesita reconocerlas en humillación, y repararlas en el temor del Señor y según su pensamiento, no como a nosotros nos parezca más acertado.  El libro de Ezequiel menciona a aquellos que se decían edificadores, los cuales hablaban cosas lindas para alentar, profetizando paz, cuando no había paz. A los cuales el Señor les dijo: “Y uno edificaba la pared, y he aquí que los otros la recubrían con lodo suelto, di a los recubridores con lodo suelto, que caerá… Así desbarataré la pared que vosotros recubristeis con lodo suelto, y la echaré a tierra” (Ezequiel 13:10-14)

Los portillos en el muro también deben ser cerrados, y debemos esforzarnos en eso, pues sino nos lamentaremos, ya que un vallado aportillado deja la entrada abierta para que entre la serpiente y nos pique  (Eclesiastés 10:8)

MINISTERIO DE CONSOLACIÓN

Un hermoso servicio para la gloria de Dios, es el que hacía  aquel varón llamado José “a quien los apóstoles pusieron por sobrenombre Bernabé (que traducido es, Hijo de consolación) (Hechos 4:36) Un hombre de Dios con un corazón desprendido. Bernabé fue quien llevó a Pablo ante los apóstoles  y dio testimonio de él, cuando todos, considerando su vida anterior tenían miedo de juntarse con él, porque dudaban que fuese un verdadero discípulo de Cristo. (Hechos 9:27)  Bernabé fue quien fue enviado a Antioquia cuando los hermanos habían tenido noticias de las conversiones allí, y llegando a aquel lugar, que no era fruto de su servicio, se gozó viendo la gracia de Dios y alentó a todos los nuevos creyentes a que con propósito de corazón permaneciesen fieles al Señor. De él se dice que “era un varón bueno, lleno del Espíritu Santo y de fe” A quien el Señor bendijo en su ministerio, porque una gran multitud fue agregada al Señor. Él fue quien fue a Tarso a buscar a Pablo para llevarlo a Antioquía, discerniendo que en aquel lugar necesitaban a un maestro, sin sentir celo de compartir su área de trabajo. “Y se congregaron allí todo un año con la iglesia, y enseñaron a mucha gente; y a los discípulos se les llamó cristianos por primera vez en Antioquía” (Véase Hechos 12:19-30) La obra del Señor, requiere de hombres como Bernabé. En la obra del Señor se necesita quienes tengan ese servicio de amor, de aliento y consolación. Varones buenos, llenos del Espíritu Santo y de fe,  desprendidos de lo material y su gloria, que sepan tomar las iniciativas santas. Quienes sin ser identificados con un don particular, sepan cómo Bernabé alentar a los hermanos, consolarlos y apacentarlos y  predicar y enseñar la Palabra, sin buscar la exposición ni notoriedad pública. ¡Oremos para que el Señor levante hermanos con este sentir tan útil y necesario!

MINISTERIO DE RESTAURACIÓN

El libro de Nehemías, nos habla de restauración, y allí se ve como Dios emplea, en aquella, su obra, a hombres y mujeres que tengan un corazón dispuesto. Dios es un Dios de restauración. “Él hace nuevas todas las cosas” (Apocalipsis 21.5)  ¡Eso es maravilloso!

Muchos creyentes caen en pecado y no encuentran el camino de vuelta. Es un hermoso servicio poder ocuparse de aquellos que han tropezado para mostrarles cual es el camino de su regreso. “Sepa que el que haga volver al pecador del error de su camino, salvará de muerte un alma, y cubrirá multitud de pecados” (Santiago 5:20) Algunos podrán objetar que es el Espíritu Santo el que convence de pecado, y que son las Sagradas Escrituras las que obran para redargüir, lo cual es ciertísimo, pero, a más de eso, el Señor ocupa a los hermanos en esa tarea  haciéndolos copartícipes. Otros también dirán que si media una disciplina, los hermanos deben relegarse y dejar a quien pecó solo, para que sea trabajado en su corazón; lo cual también es verdad, y en un momento, y por un tiempo,  debe ser así, pero, luego tendrá que haber hermanos que a la manera de aquellos sacerdotes de antaño, controlen la situación como el sacerdote controlaba cómo estaba la llaga de lepra,  acercándose a aquel que habitaba solo. La disciplina no tiene por objetivo desvincularse viéndose libre de quien pecó, sino que vas allá, procurando su restauración.

Se necesitan hermanos que se acerquen a aquellos que se encuentran fuera, siendo hijos de Dios. Aquellos que en algún momento se retiraron, o perdieron el privilegio de estar en la comunión para hacerles saber que el Señor “no desecha para siempre; Antes si aflige, también se compadece según la multitud de sus misericordias” (Lamentaciones 3:31,32)

Se necesitan aquellos que sepan allegarse a tantos hijos de creyentes que han pasado por el lugar de reunión que hoy no se congregan. A tantos conocidos que se ven apagados, siendo que en un tiempo confesaron al Señor Jesús como su Salvador. Se necesita de hermanos (hombres y mujeres) que con el mensaje de la gracia de Dios, tengan un sentir de restauración. A veces,  sucede que viviendo un estado espiritual tan decadente, como el que caracteriza estos postreros días, tratamos de despertarnos, amonestándonos con un mensaje que si lo analizamos, habla solamente de nuestros deberes, pero que  pierde su eficacia por estar  carente de gracia. Por el contrario,  el mensaje divino,  es como el perfume que se quemaba delante del tabernáculo de reunión, donde sus componentes eran todos en igual peso (Éxodo 30:34-38) Debemos hablar, palabras de Cristo, llenas de gracia y de verdad. Con “lengua de sabios, para saber hablar palabras al cansado” (Isaías 50:4)

Quiera el Señor levantar en medio de los suyos, hermanos que tengan este sentir, que sin duda, podemos decir, “hubo también en Cristo Jesús” Y con este sentir, más allá del don específico que pudiesen tener, obren con amor en estas áreas de la obra del Señor.

¡El Señor viene! Hay mucho para trabajar. Hay muchas almas que se están perdiendo y necesitan a Cristo. Muchos creyentes que perdieron el rumbo, y viven apartados y sufriendo lejos de la comunión. Podemos decir que como en tiempos de Nehemías, “es mucho el escombro y las fuerzas de los acarreadores  se ha debilitado” (Nehemías 4:10)  por eso, oramos para que el Señor aliente nuestros corazones y podamos servirle desinteresadamente todo este corto tiempo que resta. ¡El Señor bendiga su palabra!


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ABUNDANDO EN LA OBRA DEL SEÑOR SIEMPRE (1.ª Corintios 15:58)

“La mies es mucha, mas los obreros pocos.” Estas palabras que el Señor dirigió a sus discípulos han sido recordadas a menudo. Ciertamente existe un vasto campo de actividad, tanto para los siervos que el Señor ha calificado especialmente para anunciar el Evangelio, como para aquellos que deben cuidar la grey brindando enseñanza, edificación, exhortación y consolación a los santos. También es cierto que hay muy pocos obreros para hacer tantos servicios. ¡Quiera el Señor suscitar obreros en su mies!

El versículo citado en el título nos exhorta a abundar en la obra del Señor siempre. Los corintios corrían el riesgo de disminuir sus esfuerzos al respecto, porque falsos maestros que se habían introducido entre ellos afirmaban que “no hay resurrección de muertos” (15:12). En este capítulo el apóstol advierte acerca de las gravísimas consecuencias que acarrea esta falsa doctrina y demuestra cuán errónea es; luego desarrolla el tema de la resurrección y, para concluir, exhorta a retener firmes y constantes la enseñanza que ha presentado, para poder abundar en la obra del Señor siempre. Los corintios debían estar seguros de que trabajaban con miras a un porvenir eterno, de que un día “la obra de cada uno se hará manifiesta” (1.ª Corintios 3:13) y, por lo tanto, de que su trabajo en el Señor no era en vano, como lo hubiera sido si la resurrección de muertos no fuera una realidad.

Esta exhortación nos cabe también a nosotros. Para abundar en “la obra del Señor” siempre, es necesario que permanezcamos firmes y constantes, no sólo en la doctrina de la resurrección, sino también en toda la enseñanza de las Escrituras. Es lo que el apóstol escribió a Timoteo al dirigirle su segunda epístola (4:1-5) cuando, después de haber introducido el tema de la aparición del Señor y, como consecuencia, del día en que “la obra de cada uno se hará manifiesta”, le requiere solemnemente: “Que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina.” Era necesario que Timoteo mantuviese y presentase la sana doctrina, la pura enseñanza, para poder hacer “obra de evangelista” y cumplir plenamente su ministerio. Éstas son verdades muy importantes que nos conviene recordar constantemente en estos “tiempos peligrosos” en que muchos buscan maestros conforme a sus propias concupiscencias, apartan el oído de la verdad y se vuelven a las fábulas.

¿Se podría negar que en el siglo XIX hubo un poderoso movimiento del Espíritu de Dios que obró una verdadera separación del mal —separación que en la actualidad a menudo se tilda de estrechez de espíritu— y esclareció a los santos respecto a las verdades esenciales que conciernen a la Iglesia, cuerpo de Cristo, a la reunión alrededor del Señor, a Su mesa erigida sobre el fundamento de la unidad del Cuerpo, a la libre acción del Espíritu Santo en la Iglesia, a la adoración en espíritu y en verdad, al regreso del Señor para llevar a su Iglesia? Discutir cualquiera de estas enseñanzas significaría negar ese poderoso trabajo que operó el Espíritu de Dios. Esto podría agradar a los que no soportan la “sana doctrina”, pero ¿respondería al pedido del apóstol: “Cumple tu ministerio”? ¿Sería trabajar verdaderamente en “la obra del Señor”?

Los caracteres de este mundo no han variado desde su origen. Indudablemente ellos se han afirmado y resulta cada vez más difícil vivir la vida cristiana. Esto debe conducirnos a no buscar otros recursos y a apegarnos más aún a “lo que era desde el principio”; pues ahí y sólo ahí se encuentran los recursos necesarios para todos los tiempos. Cristo es la única y perfecta respuesta a todas las necesidades del alma y del corazón. Hoy, tal como otros lo hicieron antaño, nuestro anhelo debe centrarse en sentir y disfrutar la presencia del Señor en la reunión; en esperar la acción del Espíritu de Dios, cuyo agrado es tomar de lo de Cristo y guiarnos a toda la verdad; en oír la Palabra, que alimenta nuestras almas de Cristo, y aprovechar del ministerio, oral o escrito, que nos es útil para comprenderla. Nuestros predecesores no han tenido otra cosa; hallaron en la Palabra todo lo que necesitaban, ¡y qué conducta han manifestado estos hombres en su “santa y piadosa manera de vivir” (2.ª Pedro 3:11)! Cooperar con la “obra del Señor” consiste en presentar a Cristo bajo sus diferentes caracteres; recordar a las almas los preciosos recursos que se encuentran en Él y que son suficientes para llegar hasta el fin; conducir a tales almas a aferrarse al Señor para continuar el peregrinaje en medio del desierto; hacer resaltar la importancia y la necesidad de una estricta obediencia a la Palabra.

Las más hermosas apariencias pueden engañar. El hecho de que haya algunos resultados obtenidos en un servicio no es, como a menudo se piensa, la verdadera piedra de toque. Dios tiene poder infinito y puede incluso extraer el bien del mal. Cuando Pablo estaba en prisión, Cristo era predicado “por envidia y contienda” (Filipenses 1:15-17). El apóstol se gozaba porque, de todas maneras, el Evangelio era anunciado, pero esto no significa que aprobara un servicio hecho en tales condiciones. Dios obraba a pesar de la infidelidad de los obreros, pero ¿se puede decir que el trabajo de éstos era el que debía caracterizar a la “obra del Señor”?

Se ha señalado que en la casa de Dios hay buenos obreros que hacen buena obra, pero también auténticos obreros que, a pesar de serlo, hacen mala obra —aparte de malos obreros que, a causa de su obra destructora, corrompen el templo de Dios— (1.ª Corintios 3:12-17). Este pensamiento debería infundirnos un constante temor. “Bienaventurado el hombre que siempre teme a Dios” (Proverbios 28:14). Este santo temor nos conducirá a sentir profundamente que necesitamos depender constantemente del Señor y a mantener la comunión con él, como también con los hermanos y la Iglesia; dependencia y comunión sin las cuales no podríamos realizar un servicio fructífero.

En la historia de la Iglesia vemos que a veces el enemigo se sirvió incluso de los creyentes para llevar a cabo sus malignos deseos. A menudo obró de manera muy sutil, logrando enceguecer a obreros que desarrollaban gran actividad con mucho celo, que mostraban amor por las almas y cuyo trabajo no dejaba de dar frutos. Por eso es tan necesario mantener la comunión con el Señor y la comunión con los hermanos. La segunda es un control de lo que sucede con la primera, si se nos permite expresarnos así. ¿No se conforta un siervo cuando sabe que las asambleas oran para que sea dirigido, sostenido en su trabajo y preservado de caídas? ¿No se siente dichoso también cuando recibe consejos, advertencias o incluso, si fuera necesario, una reprensión de los hermanos, especialmente de los más ancianos y experimentados, a fin de ser guardado de las trampas del adversario? “Que el justo me castigue, será un favor, y que me reprenda será un excelente bálsamo que no me herirá la cabeza (o: que no lo rehusará mi cabeza)” (Salmo 141:5). ¡Bienaventurado aquel que mantiene tal actitud!

Pero qué podríamos decir de aquel que rehusara escuchar y quisiera servir al Señor en un camino independiente de los hermanos y de la asamblea? Quizá él podría objetar: «Mis hermanos no me comprenden; pero yo tengo la secreta aprobación del Señor y esto me basta.» Ésta es una objeción que no resiste la prueba. Si Dios permite que un obrero no goce de la plena comunión de los hermanos y de la asamblea, indudablemente habrá motivos para pensar que en su servicio hay algo que necesita juzgar. Entonces ¿cómo podría tener la secreta aprobación del Señor? Si no tuviese nada que juzgar, ciertamente tendría la comunión de los hermanos; Proverbios 16:7 nos dice: “Cuando los caminos del hombre son agradables a Jehová, aun a sus enemigos hace estar en paz con él.” Un camino independiente ¿no es muy a menudo el camino de la voluntad propia en el cual se manifiesta el orgullo que alberga el corazón? “Abominación es a Jehová todo altivo de corazón” y “antes del quebrantamiento es la soberbia” (Proverbios 16:5-18).

Ciertamente que no es la asamblea la que elige a los siervos y los califica. Existe un llamamiento de Dios, una libre y soberana acción del Espíritu Santo; pero el siervo también debe contar con la aprobación de los hermanos y de la asamblea, y estar identificado con ambos. ¿Sería posible abundar siempre en la “obra del Señor”, si el camino no comenzara con tal aprobación y no continuara con la comunión de la asamblea? El libro de los Hechos, capítulos 13:1-3 y 14:27 nos brinda una enseñanza que ningún siervo de Dios debería perder de vista: “Dijo el Espíritu Santo: Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado. Entonces, habiendo ayunado y orado, les impusieron las manos y los despidieron.” ¡Qué hermoso comienzo para aquellos que van a trabajar en la “obra del Señor”! Más adelante leemos que, después de un tiempo de servicio, “habiendo llegado, y reunido a la iglesia, refirieron cuán grandes cosas había hecho Dios con ellos”. ¡Qué gozo para todos, qué feliz comunión, y qué gloria para Dios! Nada se había hecho de manera independiente o sin sumisión, ni “por contienda o por vanagloria” (Filipenses 2:3), sino en un mismo sentir, con humildad; ¡y todo fue para la gloria del Señor en medio de la asamblea! Tal es la verdadera piedra de toque.

La tendencia de nuestro corazón es la de querer hacer grandes cosas para obtener grandes resultados. También respecto a esto tengamos cuidado con las apariencias engañosas. A veces podemos llevar a cabo grandes proyectos, pero ¿serán siempre buenas obras? ¿Qué sucederá con ellas cuando “la obra de cada uno se hará manifiesta”? No olvidemos que la madera, el heno y la hojarasca serán consumidas por el fuego. Un obrero al que lo animan muy buenas intenciones, quizá desee hacer una tarea para Dios, pero esto no basta. Las obras de Dios deben ser hechas según el pensamiento de Dios.

David se había levantado y había emprendido la marcha con todo el pueblo para llevar el arca de Dios a Jerusalén. Reunir al pueblo alrededor del arca era un deseo piadoso; ¿quién no lo habría aprobado? El cortejo se puso en marcha; el arca fue puesta en un carro nuevo; David y toda la casa de Israel se alegraron delante de Jehová al son de toda clase de instrumentos, arpas, salterios, panderos, flautas y címbalos. Había muchas cosas para alimentar el entusiasmo de todos. ¿Quién se habría atrevido a criticar? Al que hubiera querido hacerlo, sin duda se le habría dicho que se estaba oponiendo al trabajo de Dios.

Pero el resto del relato constituye una enseñanza que no podríamos dejar de meditar constantemente. Nos muestra que la obra de Dios no se puede realizar con medios humanos. No dudamos de que en todo esto había un deseo de agradar a Dios y un gran despliegue de gozo, pero faltaba algo esencial: la obediencia a la Palabra. Sin embargo, el capítulo 6 del primer libro de Samuel nos habla de una circunstancia en que el arca fue transportada sobre un carro nuevo y que el viaje prosiguió hasta el fin sin inconvenientes. Es cierto, pero quienes hicieron eso fueron los filisteos; ellos no conocían los mandamientos de Jehová referentes al transporte del arca. Al hacer un servicio ¡guardémonos de querer imitar a los que tienen menos responsabilidades porque tienen menos luz! Un mismo acto, llevado a cabo una vez por los filisteos y otra vez por David, condujo a resultados completamente diferentes, porque los filisteos, al no tener la luz que gozaba David, tenían responsabilidades diferentes.

David conocía las ordenanzas de Jehová, pero quiso obrar como los filisteos; entonces experimentó cuál es el fin del camino de la desobediencia, aun cuando el objetivo que perseguía era hacer algo para Dios. ¿Habrá pensado quizás en Números 7 en vez del acontecimiento que hallamos en 1.º Samuel 6? ¿No había dado Moisés dos carros y cuatro bueyes a los hijos de Gersón, y cuatro carros y ocho bueyes a los hijos de Merari, habiendo de ser utilizados esos seis carros y doce bueyes “para el servicio del tabernáculo de reunión”? Sí, pero no les había dado carros ni bueyes a los hijos de Coat, “porque llevaban sobre sí en los hombros el servicio del santuario” (Números 7:1-9). ¿No intentamos a veces justificar nuestra conducta utilizando un pasaje de las Escrituras, cuando tal justificación no se encuentra en ellas o cuando, en realidad, si lo examinamos atentamente, ese pasaje nos condena?

Los bueyes tropezaron, Uza extendió su mano para sostener el arca y el furor de Jehová se encendió contra él. Se abrió una herida. Y David se entristeció y temió a Jehová aquel día. Tal es el resultado de un trabajo realizado con medios que no son según Dios. Para llevar el arca era preciso que David primeramente comprendiera que los medios humanos, por más bellas apariencias que tengan, no sirven para llevar a cabo ningún trabajo en la obra de Dios. Se debe obrar en obediencia a la Palabra: solamente los levitas podían transportar el arca. Quizá le haya parecido que los nuevos medios le permitirían obtener más rápidamente el resultado deseado, pero la dolorosa experiencia vivida en Pérez-uza hizo volver el corazón del rey al camino de la obediencia. Aparentemente, los bueyes y el carro nuevo eran algo mucho mejor para transportar el arca. Sí, pero leemos: “Ayudando Dios a los levitas que llevaban el arca del pacto de Jehová” (1.º Crónicas 15:26), mientras que no era posible que ayudase a los bueyes que tiraban del carro nuevo (2.º Samuel 6; 1.º Crónicas 15:13). ¿Con qué contamos para hacer nuestro servicio? ¿Con todo lo que hemos preparado y nos parece mucho mejor que la aparente debilidad de los medios de Dios, o con Dios, en quien solamente se encuentra la fuerza y quien ayudará a aquellos que obedecen a su Palabra? La obra es la “obra del Señor” y “si Jehová no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican; si Jehová no guardare la ciudad, en vano vela la guardia” (Salmo 127:1). ¡Qué enseñanza para nosotros, si deseamos trabajar en la edificación de la casa (1.ª Corintios 3:9-10), en el hermoso servicio de la evangelización o en “guardar la ciudad”, velando para evitar que el enemigo venga a desviar los corazones y a apartarlos de Cristo!

Todo esto ¿no es profundamente instructivo? ¡Cuántas cosas se han emprendido verdaderamente con excelentes intenciones y deseos de trabajar en la “obra del Señor”, pero que, no obstante, hacen pensar en los bueyes y el carro nuevo utilizado por David! Todo puede ser muy bello en apariencia y puede haber gran alegría, pero ¿cuál será el resultado? La obra del Señor no puede llevarse a cabo sino obedeciendo a la Palabra y utilizando los únicos medios que ella nos señala.

No menospreciemos “el día de las pequeñeces”. Hagamos nuestra tarea humildemente, obedeciendo a la Palabra, dependiendo del Señor, buscando su comunión y la comunión de la Asamblea. Es el único camino en el que Dios nos “ayudará” y en el cual nuestro servicio podrá ser enriquecido con resultados reales. Entonces, el día en que el fuego haga la prueba, la obra de cada uno “permanecerá”. ¡Qué gracia hallaremos si servimos así; pero qué pérdida sufriremos si nuestra obra es consumida por haber trabajado según nuestros propios pensamientos (1.ª Corintios 3:12-15)!

Fuzier P. – (Messager Évangélique, 1947)


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LA CONTIENDA

Desde los cuatro extremos de la tierra sopla el viento de la contienda. La Iglesia y el cristiano, unidos a Jesucristo, su Jefe glorioso, ¿deben tomar parte en estas cosas? Únicamente el Espíritu Santo, por medio de la Palabra de Dios, nos da la respuesta y nos aclara todo lo referente a este punto.

Discutir es negar o rehusarse a reconocer el derecho que una persona tiene o pretende tener sobre alguna cosa. Por definición, la discusión es negativa.

Desde su caída, el hombre está inmerso en la búsqueda de la dicha perdida. Insatisfecho con su suerte, sin cesar desea mejorarla y así sustraerse, si pudiera, a las consecuencias de su condición como descendiente de Adán.

Examinando los motivos que llevan a la contienda, se observa que se trata de hacer valer un derecho, un ideal, presentando con pasión y fuerza «verdades», «fórmulas», «lemas» basados en realidades tales como la miseria, la injusticia, la opresión y el abuso del poder. ¿Por qué no luchar para ayudar a los pobres y desdichados? Reivindicar los derechos de los menos favorecidos, ¡qué hermosa causa para defender! Los creyentes jóvenes fácilmente pueden dejarse ganar por esto, pues el enemigo, transformándose en ángel de luz y bajo el manto del amor al prójimo, aleja los corazones del objeto principal, o sea, de Cristo. Desvía así a los cristianos del camino de la dependencia del Señor, de la obediencia a la Palabra y de la sumisión a las autoridades.

Para intentar mitigar las enormes desigualdades que sufre la humanidad, los hombres se entregan a un franco diálogo y los debates se desarrollan en una atmósfera de sinceridad y simpatía. Después de buscar por la comprensión mutua poner de manifiesto las necesidades, se sugieren los medios para remediarlas. Y en seguida estallan opiniones opuestas, las pretensiones de los que dicen resolver el mismo problema producen disputas. Reunidos para encontrar juntos una común solución, resultan oponiéndose violentamente; siguen la cólera, las querellas y las intrigas. La tan reclamada caridad da lugar al odio. Si la mayoría se apasiona por una solución y se excita, hace todo lo posible para imponer su punto de vista sobre una minoría que se defiende alegando, igualmente, tener el único medio de resolver las dificultades. Esto desemboca irremediablemente en batallas, asesinatos, revoluciones y guerras.

El hombre, ¿sólo posee esos recursos, tan poco gloriosos, para ponerlos al servicio de causas a veces legítimas? Debemos reconocer que son totalmente diferentes de los que el Evangelio nos enseña y Dios aprueba.

¿Cuál es el origen de las contiendas? ¿Es un hecho humano incurable? ¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros? (Santiago 4:1).

En la génesis de la historia, Dios creó al hombre “recto” (Eclesiastés 7:29). Desgraciadamente, éste sucumbió a la tentación, seducido por Satanás, el antiguo disputador, quien ya contradecía los derechos que Dios tenía sobre su criatura, a la que había soplado el aliento de vida. Por medio de engaños y dudas, llevó al hombre a oponerse a Dios. Caín, Lamec, Nimrod, Coré y millones de seres humanos han mostrado su menosprecio a los derechos divinos sobre sí mismos y sobre lo que pertenece a Dios, hasta el resultado final: el rechazo de su Hijo. Los móviles de la contienda son interiores y están como grabados en el corazón con una tinta indeleble.

Abraham cavó muchos pozos, y al morir dejó todo a Isaac. Sus derechos debieron ser reconocidos, pero los pozos de Esek y Sitna fueron objeto de disputas. La alianza sellada en Beer-seba tuvo que ser renovada porque el odio estaba profundamente arraigado en los corazones (Génesis 26:20-21, 27). Cuando más tarde Dios adquirió un pueblo, librándolo de la esclavitud por medio de grandes prodigios, le dio una “Ley” perfecta, un código que preveía todo para el camino futuro. Cada persona tenía su tarea asignada, su responsabilidad según su edad, su clase, su familia y sus capacidades. Toda la administración religiosa, moral y familiar estaba prescrita hasta en el más mínimo detalle. Sin embargo, ¿qué nos dice la Escritura?… Los israelitas contendieron, murmuraron contra Moisés, su conductor, su mediador contra Dios (Deuteronomio 32:15; 33:5).

El corazón del hombre es incurable, maligno; tal es el terrible veredicto de Dios sobre su criatura. “Engañoso es el corazón… y perverso” (Jeremías 17:9). Pero a pesar de tal realidad, Dios, en su infinito amor hacia los hombres, envió a su único Hijo, inefable don del amor divino.

“Jesús Nazareno, rey de los judíos” (Juan 19:19), éste fue el texto colocado encima de la cruz, recordando el motivo de la crucifixión. Este título fue objeto de contienda, así como también lo fue el de “Hijo de Dios” para el diablo en el desierto y los hombres en el Gólgota (Mateo 27:40).

Durante toda su vida, el Señor soportó la contradicción, las disputas, el odio, los ultrajes, los insultos, la traición y el rechazo. ¿Reivindicó él sus derechos sobre todo aquello que era suyo? Ni una queja, ni una murmuración, ni una respuesta al horrible y fanático grito: “¡Fuera, fuera, crucifícale!” (Juan 19:15). Pablo, fiel siervo e imitador de Jesucristo también oyó un grito similar (Hechos 22:22). Hoy en día, en su odio los unos hacia los otros, nuestros contemporáneos actúan con la misma violencia, profieren las mismas condenaciones. ¡Qué tristeza tener que comprobar estas cosas!

El cristiano, pues, ¿está llamado a mezclarse en tales movimientos? ¿Debe dar su consentimiento o participar en ellos? Nuestro Amo no reivindicó nada como hombre. ¿Podríamos obrar mejor que él? ¿Somos más sabios que él? Aprendamos, lejos de estas tormentas, cuál es la voluntad del Señor.

“El que ama la disputa, ama la transgresión” (Proverbios 17:19). Esto debería poner fin a nuestras dudas. Que nuestro celo por las cosas de Dios y su gloria sea más grande y alcancemos mayor provecho para nuestras almas, según Proverbios 20:3: “Honra es del hombre dejar la contienda; mas todo insensato se envolverá en ella”.

Que las virtudes del cristianismo sean realizadas por la Iglesia del Señor, y que cada creyente manifieste el fruto dulce y apacible de la justicia, del amor, de la verdad, de la luz y del Espíritu, haciéndolo todo para la gloria de Dios (1 Corintios 10:31; Colosenses 3:17, 23).

J.P

Extraído de Revista Vida Cristiana

La Elección del propietario

«¿Quién arrancó esa flor?» Fue la pregunta efectuada por un jardinero. Una flor apreciada, el orgullo del jardín, había sido cortada de su tallo. Desde que era pimpollo hasta que fue una tierna flor había sido admirada y cuidada. ¿Quién era el que se había animado a llevarse esa flor?

La contestación fue, » El Señor»

Sí, el dueño pasando a lo largo de la senda de piedrecillas, había reparado en ella, la había admirado, y la había cortado. Era suya y admirándola se la había llevado para su disfrute…

Oyendo la contestación, el jardinero quedó satisfecho.

El propietario mismo había visto, con placer, el resultado del trabajo del jardinero, y se había llevado la flor elegida para su deleite.

Si nuestro amo y Señor se llevó para sí una de las más selectas flores del jardín de nuestras vidas, ¿habremos de objetar? Era suya; el tenía el derecho de cortar la flor, y El había hecho uso de ese derecho: Quizás ese ser amado estuvo mucho tiempo junto a nosotros, y habíamos creído que la flor era nuestra, pero no era así. Era suya. “No sois vuestros… habéis sido comprados por precio» (1 Corintios 6:19,20) Son sus palabras de advertencia a todos nosotros. Todo lo que tenemos, lo tenemos en custodia.

Esto fue lo que Job reconoció, cuando dijo, » El Señor dio y el Señor quitó; sea el nombre del Señor bendito.» (Job 1:21)

Nosotros le conocemos de forma más completa que la que Job pudo haberle conocido, por cuanto nuestro Señor vino y ha sufrido por nosotros. En su gracia El, aunque rico, por amor a nosotros » se hizo pobre, para que <nosotros> con su pobreza fuésemos enriquecidos» 2 Corintios 8:9 El se entregó a si mismo sin reservas. Vendió todo lo que tenía y se entregó a Si mismo a nuestro favor.

¿No habremos de confiar en El que siempre actúa con la buena voluntad de Su bondad, y que actúa en amor y gracia hacia nosotros en todas las cosas?

El niño, o padre, hermano, hermana, amigo creyente que nos ha dejado, ha sido elegido por el maestro para sí en las cortes celestiales.

¡No murmuremos! El Maestro tiene a los amados Consigo y nosotros tenemos al Maestro con nosotros hasta aquel feliz día cuando juntos seamos todos introducidos en el reino de luz y gloria…


Adaptado. Fragmento del libro Cánticos para los Tiempos de aflicción y sufrimiento de I. Fleming. Traducido del inglés.


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UD. DICE: TENGO UN ALMA…

Usted dice: <<Tengo un alma, hay en mí algo que sobrepasa la vida terrestre y que es inmortal, y esto me basta>>. No, amigo mío, esto no es suficiente para darle la paz. Sólo ha llegado al versículo 7 del segundo capítulo de Génesis que felizmente no es el último en la Palabra de Dios. Es necesario que usted vaya más lejos.

Si usted está seguro de poseer un alma viviente e inmortal, también debería tener la certeza de la existencia de un Dios creador, porque una criatura sin creador y una vida sin fuente de vida no tienen sentido para un hombre sincero.

Pero entonces, puesto que Dios existe, cualquiera que sea la conclusión final a la cual llegue, admitirá que la cuestión de tener una relación con él es muy importante y usted debe tomarla en serio, detenerse y buscar la respuesta. Retroceder con indiferencia es casi igual a claudicar.

¿Cree usted que Dios, después de haber creado al hombre, ha perdido el interés por su criatura y la ha abandonado? Admitir esto sería hacerse una idea muy ruin de ese Dios, cuya existencia usted reconoce, pero a quien tal vez nunca procuró hallar, aunque está muy cerca.

Durante su vida usted es libre de hacer lo que bien le parezca. No obstante, ¿ha pensado que su alma, esa alma inmortal que con razón usted afirma poseer, cuando su vida haya pasado, deberá ser puesta en la presencia de Dios? Entonces tendrá que responder a la simple pero seria pregunta: “¿Qué has hecho?” (Génesis 4:10). Note que ya hemos llegado al cuarto capítulo de la Biblia, y pronto lo pasaremos.

En pensamiento, trate de encontrar a Dios ahora mismo, sin esperar el momento más o menos lejano, que ciertamente llegará, en el cual su alma dejará el cuerpo mortal, y pregúntese qué responderá. Por medio de la Biblia conozco a dos hombres, considerados como gente honesta, que se encontraron en esta situación. El primero, Isaías, dijo: “¡Ay de mí! que soy muerto” (Isaías 6:5). El segundo, Pedro, exclamó: “Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador” (Lucas 5:8). Además conozco un tercero, el que escribe, exteriormente quizá no peor que usted, quien cuando encontró a Dios, dejando hablar a su conciencia, tuvo que responder exactamente como los dos anteriores: <<Estoy perdido>>.

Si no se ha dado cuenta de quién es usted y qué ha hecho ante Dios, lea la Biblia, ese libro en el cual hallará toda la historia de la humanidad, triste historia, su propia historia.

¿Ha mejorado el hombre a través de la civilización? Al observar lo que sucede en el mundo no se puede responder: <<Sí>>. Y si la educación que usted ha recibido le ha ayudado a impedir que muchos instintos malos se manifiesten, ¿tendrá motivos para creerse mejor que los demás?

Si no se ha dado cuenta de que Dios es infinitamente grande, infinitamente sabio, infinitamente justo, lea la Biblia y descubra lo que él es y lo que ha hecho por los hombres. Luego, preséntese delante de él y responda a la pregunta que le hace: << ¿Qué ha hecho?>> Entonces se verá obligado a apropiarse de la respuesta de los hombres mencionados anteriormente.

Reconozca que todo lo que le he dicho es sensato y lógico. Insisto, porque voy a pasar a lo que no lo es en absoluto, ya que es llamado –no me atrevería a decirlo si no estuviera escrito en el mismo libro, en la Biblia- la locura de Dios (1 Corintios 1:18-24), porque ella sobrepasa la razón humana. Esa locura es la cruz de Jesucristo.

Cuando usted se encuentre en la presencia de Dios y responda a la pregunta << ¿Qué ha hecho?>> con estas palabras: <<Estoy perdido>>, la religión no lo salvará. Todas las religiones dicen: <<Corríjase, haga buenas obras, vaya a la iglesia, obedezca los diez mandamientos>>. Usted conoce esos mandamientos (Éxodo 20) y tal vez los ha observado todos, salvo el último. La religión no lo salvará, ella le esconderá quizás al mismo Salvador.

Cuando haya llegado al mismo punto que esos dos hombres y haya dicho a Dios: <<Estoy perdido>>, entonces no será más cuestión de lógica, de inteligencia, de buenas obras ni de religión; nada de esto salva. Dios le mostrará lo que él ha hecho. Él nos ha dado un Salvador que murió en la cruz para buscar y salvar a los que estaban perdidos. Y si usted lo acepta durante su vida, no tendrá que enfrentarse a un juicio que condena, sino que experimentará el amor que salva, “porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna“ (Juan 3:16).

He aquí, amigo mío, adonde debe llegar para tener una vida feliz; usted no será feliz hasta que no haya encontrado a su Salvador.                                                              M.J.K.

“Prepárate para venir al encuentro de tu Dios”.

Amós 4:12

“Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia… y límpiame de todo pecado” (Salmo 51:1-2).

La voz de la conciencia

La conciencia es la voz interior que le dice a uno si actúa bien o mal. La noción del bien y del mal varía según las sociedades y las épocas; sin embargo, cada uno tiene una referencia personal que le molesta si no le hace caso. Si cometemos malas acciones, la conciencia viene a ser una voz acusadora. ¡Oh!, esa voz de una mala conciencia… a la que se procura hacer callar mediante diversas actividades, aun por medio de prácticas religiosas; pero a menudo es en vano. No nos deja tranquilos, nos causa una sensación de malestar y perturba nuestro sueño… Pone ante nosotros esas cuentas que aún no hemos saldado y por las cuales un día deberemos responder. Es necesario, pues, escuchar la voz de la conciencia y no hacerla callar, porque al ser pisoteada, pierde su sensibilidad. Sin embargo, cuando se acerca el fin de la vida, los recuerdos de la conciencia pueden hacerse más intensos, intranquilizándonos con la pregunta: ¿Qué hay después de la muerte? La respuesta de Dios está llena de gracia: la sangre de Jesucristo basta para limpiarnos de todo pecado.

Extraído del Mensaje Bíblico para Todos

Ediciones Bíblicas 1166 Perroy Suiza


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«COBRAD ÁNIMO… Y TRABAJAD”

«Cobrad ánimo… y trabajad; porque yo estoy con vosotros» (Hageo 2: 4)

             La Palabra de Dios nos da esta orden; nosotros debemos obedecerla.  Cuando Dios habla y respondemos, nuestra vida está comprometida.  Ya no tenemos derecho a actuar según nuestra propia voluntad, sino que todo pensamiento debe estar llevado cautivo a la

obediencia a Cristo (2 Corintios 10 :5). ¿Desean ustedes poseer el secreto de la bendición y de llevar  mucho fruto (Juan 15:5)?  Lo tendrán en la medida en que acepten la disciplina de su Padre celestial.

            ¡Qué estas palabras: «Cobrad  ánimo… y trabajad», rijan nuestras vidas e inspiren todas nuestras acciones! Veremos entonces escapar nuestra alma del espíritu del presente siglo y ser controlada por el sacerdocio de nuestro Sumo Sacerdote.  Y si toda nuestra vida le es sumisa, haremos la experiencia de que él es fiel.

             Cuando hayamos comenzado una obra bajo la orden de Dios, no la dejemos inconclusa.  El Señor nos dice: «Cobrad  ánimo… y trabajad”; esto quiere decir:                   < ¡Comenzad bien, pero sobre todo perseverad!> La gracia y la perseverancia son dones de Dios.  Hay personas que tienen un temperamento perseverante, pero nuestra naturaleza queda fácilmente sin fuerzas.  Caracteres que son de naturaleza optimista y perseverante

pueden obtener logros hasta cierto punto, pero en la obra de Dios llega siempre un momento en el que las propias fuerzas faltan.  El cristiano está entonces obligado a aprender a diferenciar entre lo que es natural y humano y lo que es sobrenatural y divino, fruto del nuevo nacimiento y del don de Dios.

            «Cobrad  ánimo… y trabajad; porque yo estoy con vosotros».  No estamos solos; Aquel que nos precede y que nos acompaña es un Salvador glorificado.  Por el Espíritu Santo que mora en nosotros somos exhortados a mantener una comunión personal consciente con nuestro Sumo Sacerdote, vencedor y triunfante.  Bajo sus pies se encuentra sometido y vencido todo poder, todo dominio y todo nombre que se puede nombrar en este

siglo y en el venidero. ¡He aquí Aquel que está  con nosotros, Aquel que nos acompaña, Aquel delante de quien Satanás se arrastra y los demonios tiemblan!

          ¡Seamos conscientes de ello, y en los momentos de  adversidad seamos fuertes y trabajemos!

Extraído de Revista CRECED (año 1993)


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¿Solícitos en guardar la unidad del Espíritu o la unidad de la paz?

“Yo pues preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados, con toda humildad  y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor, Solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de paz”  (Efesios 4:1-3)

El apóstol Pablo les escribe a sus amados hermanos desde su primera prisión en Roma.

Se presenta a ellos como Apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios (Capítulo 1:1) Sin embargo, al llegar a esta porción del encabezamiento, vemos que aquel que tenía toda la autoridad para ordenarles lo conveniente, les hace un ruego. Un ruego que toca los corazones, pues es el ruego de quien siendo un fiel siervo de Jesucristo, se encuentra preso en el Señor.

Aquí tenemos un ejemplo hermoso, de un fiel obrero, que no se considera preso del imperio, sino que acepta todas las cosas como de parte de Dios.

En ese ruego que expresa,  hay un llamado importante a andar de una manera digna.

Ante este llamado, no podemos aducir ignorancia, pues por más nuevo que sea un creyente en el camino cristiano, sabe bien que siendo un hijo de Dios, debe andar dignamente, conforme a su vocación.

La palabra vocación en el uso común, es la inclinación por ejercer determinada actividad o profesión. Por ejemplo “Tiene vocación por la medicina” Sin embargo,  bíblicamente, esa expresión, es en realidad, la palabra utilizada para designar llamamiento.

Meditando las Escrituras, vemos que Dios llama al hombre para salvación, lo llama al servicio para que desempeñe algún ministerio y así encontramos en las Escrituras  distintos aspectos de llamamiento; pero en  este versículo de la Epístola a los Efesios, se nos recuerda que Dios nos ha llamado para formar un Cuerpo, la iglesia del Señor, la cual es su Cuerpo (Efesios 5:23)

Para testificar dignamente acerca de  esa vocación o  llamamiento, necesitamos que se nos recuerde que necesitamos conducirnos con toda humildad. Un creyente carente de esta humildad en su trato con los hermanos, querrá imponer sus propios gustos y pensamientos, corriendo el riesgo de “ser sabio en su propia opinión” (Romanos 12:16) y de esa manera, y quizás, hasta  sin darse cuenta, en lugar de ocupar el lugar de un simple miembro de aquel cuerpo perfecto, pasará a querer dirigir las cosas como cabeza, tomando el lugar que  solamente le corresponde al Señor.

También se nos dice “con mansedumbre” que es el carácter de Cristo en nosotros. “Aprended de mi, dijo el Señor, que soy manso y humilde de corazón” (Mateo 11:29) Debido a la  falta de esta mansedumbre, muchas veces se resiente la relación entre los hermanos.  Se teme decir las cosas, porque se sabe de ante mano que aquel que está obrando mal, no aceptará que se le diga nada,  y es más, se teme pasar de una aparente “dulce comunión” a la posición de enemigos, por haber expresado disconformidad.

Además de estas cosas, debido  nuestros variados temperamentos, es imprescindible cumplir aquello que se nos dice.  “soportándoos los unos a los otros en amor” Esta es una manifestación hermosa de longanimidad que se manifiesta al saber soportar el carácter de las personas.

Notemos bien que la Escritura dice: “Los unos a los otros” lo cual indica que así como muchas veces soportamos caracteres que nos parecen difíciles de sobrellevar, también nosotros somos objetos de esa misma grandeza de ánimo por parte de los hermanos que nos soportan. La clave para que podamos cumplir esta recomendación es el amor.

Parecería innecesario, que para los que hijos de Dios, de los cuales se dice que “el amor de Dios fue derramado en sus corazones por el Espíritu Santo” (Romanos 5:8) Se deba instar tanto a que anden en amor, y sin embargo, es bien necesario, pues lamentablemente una de las cosas que más se evidencian en las relaciones entre los seres humanos, es la falta de amor. Un amor según el pensamiento de Dios, que no busca lo suyo propio, que se goza en la verdad, que no comete injusticia, que no hace acepción de personas…

Con estas consideraciones en cuenta, ahora podremos analizar en alguna medida, porque se nos dice que seamos “Solícitos en guardar la unidad del Espíritu  en el vínculo de la paz”.

Al meditar en dicha porción, reconocemos que la expresión: “Solícitos en guardar la unidad del Espíritu  en el vínculo de la paz” no es fácil de comprender en una simple lectura. Para comprenderla, debemos saber y tener presente que hay una perfecta unidad, que ha sido hecha por el Espíritu Santo, ya que “por un solo Espíritu fuimos todos bautizados, “sumergidos” en un cuerpo” (1 Corintios 12:12)  para que de esa manera quedara formada la Iglesia, cuerpo de Cristo. Cuerpo del cual, cada creyente renacido es miembro.

Si tendríamos siempre presente que no somos creyentes individuales sino miembros los unos de los otros, y actuaríamos teniendo en cuenta este principio divino, como un cuerpo bien concertado, se mantendría naturalmente la unidad del Espíritu sin hacer el menor esfuerzo. Si quisiéramos hacer primar nuestros pensamientos, tomando la jefatura entre los hermanos, e imponiéndonos al resto; evidentemente, no estaríamos guardando la unidad del Espíritu, pues allí no se vería el accionar de un cuerpo dependiente únicamente de su cabeza, ni se manifestaría que el Espíritu Santo que lo dirige es uno.

Felizmente, tenemos en la Palabra de Dios la instrucción y los recursos divinos para saber cómo conducirnos y guardar la unidad del Espíritu, testificando la Unidad del Cuerpo de Cristo.

Es importante tener presente que la unidad del cuerpo de Cristo no la debemos hacer nosotros,  porque es algo que ya hizo Dios, y nada la destruirá. Siempre existirá un cuerpo formado por todos los que son verdaderamente creyentes en Cristo Jesús. La expresión “Solícitos en guardar la unidad del Espíritu  se refiere más bien  a testificar aquella unidad. A guardar el testimonio de lo que Dios ha hecho congregándonos en uno, porque esto sí depende de nosotros. Hay un cuerpo, y nosotros obrando unánimes juntos, como miembros de aquel un cuerpo, debemos con toda solicitud guardarnos para que en cada una de nuestras actitudes eso se manifieste.

Cuando en una asamblea local, testimonio de lo que es la Iglesia en su conjunto,  surgen inconvenientes e incomprensiones entre los hermanos, la unidad del Espíritu se ve afectada. En lugar de estar “unánimes juntos” (Hechos 2:1) “en un corazón y un alma” (Hechos 4:32) “Sintiendo todos una misma cosa perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer” (1 Corintios 1:10) Comienzan los sismas y divisiones.

Situaciones así, podrían llegar a requerir hasta de la intervención de otros hermanos que humildemente aconsejen y ayuden a ver las cosas, con esa claridad que a veces se dificulta cuando uno está directamente implicado en una discusión. Negarse a la ayuda de hermanos fieles y comprometidos con la obra del Señor, o de las Asambleas vecinas que conocen las circunstancias por las cuales se está atravesando, diciendo: ¿Quiénes son ellos para venir y meterse en nuestros asuntos? O argumentar que cada congregación local, tiene una responsabilidad personal, y que por eso nadie debe meterse, podría ser  la prueba evidente de un espíritu independiente, que niega por completo los principios de estar reunidos sobre el terreno de la Unidad del cuerpo de Cristo.

La unidad del Espíritu, no es la unidad de nuestros espíritus. No es poniéndonos de acuerdo en un conjunto de leyes, ni redactando un dogma de fe a seguir  que guardaremos la Unidad del Espíritu, según Efesios 4:3. Guardar la unidad del Espíritu es lo que hacemos, cuando en humildad y mansedumbre vivimos la verdad en nuestros corazones de que nosotros a pesar de ser muchos,  somos UN cuerpo y que el Espíritu que nos conduce también es UNO.

Cuando tenemos esto presente, nos damos cuenta que, si somos dóciles a la dirección del Espíritu, será sencillo ponernos de acuerdo. El Espíritu de Dios es quién se encargará de mostrar a todos la misma cosa.  Cuando dos personas disienten espiritualmente, no pueden estar los dos siendo conducidos por el Espíritu.  Uno de los  dos, o tal vez los dos, estén desoyendo la dirección del Espíritu Santo.

Lamentablemente, hay muchos casos en que por haber habido hermanos inflexibles en sus pensamientos particulares y carentes de la  solicitud en guardar la unidad del Espíritu se han destruido congregaciones enteras.  

Volvámonos a Dios con humillación y pidámosle que en su gracia nos de la fuerza de no olvidar las enseñanzas  claras, a pesar de que para ello muchas veces se tengan grandes combates. Estamos llamados a hacerlo en el vínculo de la paz, en un espíritu de paz, que considere por encima de todas las cosas la verdad de Dios y los intereses de nuestro Señor.

A veces, por temor a lo que podría pasar si se tratan ciertas cuestiones en la Asamblea, nos apoyamos en nuestra propia prudencia, y sin darnos cuenta, en lugar de guardar la Unidad del Espíritu, juzgando aquello que no nos permite sentir a todos una misma cosa, actuamos guardando “la unidad de la paz”. Sabemos que hay disensiones, pero nos decimos a nosotros mismos. “Si hablamos del caso será para discutir” Y pensando que haremos más grande el daño si tratamos de corregir lo que vemos mal, pasamos por alto lo que nos afecta, esperando que el Señor lo solucione solo en el tiempo.

Cuando se obra así,  en lugar de guardar la unidad del Espíritu, contristamos al Espíritu Santo en nuestro medio,  y a pesar de hacerlo con él ánimo de guardar la paz, tampoco tenemos éxito, pues eso nos lleva a una situación como la que describe el profeta, cuando decían: Paz, no habiendo paz, y uno edificaba la pared y he aquí que los otros la recubrían  con lodo suelto” Pero Jehová había dicho: “Di a los recubridores con lodo suelto, que caerá .Vendrá lluvia torrencial y enviaré piedras  de granizo que la hagan caer  y viento tempestuoso que la hagan caer. Y he aquí cuando haya caído ¿no os dirán: Donde está la embarradura con que la recubristeis?”  (Jeremías 13: 10-12)

De todas estas cosas quiere librarnos el Señor y por ello nos conduce, no a guardar la unidad de la paz, sino la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz. De lo contrario, aun sin asumirlo, y quizás, hasta sin darnos cuenta; en cada congregación, se estaría impidiendo dar un testimonio diáfano de la verdad en cuanto a la Iglesia de Dios, y las asambleas, pasando la medida de sus responsabilidades locales, las cuales son justas y establecidas por el Señor, pasarían a convertirse en algo independiente, que dejarían de manifestar la Unidad del Cuerpo de Cristo.


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SEMBRAR CON LÁGRIMAS

“Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán. Irá andando y llorando el que lleva la preciosa semilla; mas volverá a venir con regocijo, trayendo sus gavillas”.                                                                   Salmo 126: 5-6

Qué privilegio tan grande nos concede el Señor cuando coloca en nuestro camino la posibilidad de sembrar. “La semilla es la Palabra de Dios” (Lucas 8:11), y es la que debemos esparcir. “Por la mañana siembra tu semilla, y a la tarde no dejes reposar tu mano” (Eclesiastés 11:6).

Empezar es fácil. A lo largo del camino encontramos estímulos. El entusiasmo del principio nos hace vencer los primeros obstáculos y dificultades. Pero hay una experiencia por la que tarde o temprano deben pasar todos aquellos que en lo secreto de su corazón han escuchado el llamado del Maestro, pidiéndoles que siembren para él. Han hecho un sacrificio, para algunos ha sido su tiempo, para otros sus aficiones o su profesión; pero estando al servicio del Señor han sentido la presencia de un Maestro bueno y lleno de amor, que sabe devolver centuplicado a todos aquellos que ha abandonado algo para seguirle. El tiempo ha pasado… y las lágrimas han llegado. Dificultades, desilusiones, reprobaciones de algunas personas, sin duda bien intencionadas, pero que no han comprendido el verdadero trabajo del sembrador, ingratitud o caída grave de aquellos por los que se ha luchado más. Cansancio, dejadez… el desánimo se apodera del corazón y el enemigo lo aprovecha intentando desviar definitivamente de la obra del Señor a aquellos que en un principio habían empezado con fuerza y gozo.

No obstante, la Palabra nos ha advertido: “Los que sembraron con lágrimas”. Si nuestro salmo asocia el trabajo de aquellos que siembran con las lágrimas, es porque esto ocurre muy a menudo en este mundo. ¿Acaso fue distinto para nuestro amado Salvador? No, el versículo siguiente nos recuerda que “irá andando y llorando el que lleva la preciosa semilla”. ¡Llorando! ¡Cuántas lágrimas, penas y oposición hay en el camino del Señor! Al final de este camino le oímos decir por medio del profeta: “Por demás he trabajado, en vano y sin provecho he consumido mis fuerzas” (Isaías 49:4).

¿No hay en estas palabras un motivo de ánimo para nuestras almas? Si hacemos una aplicación práctica de los últimos versículos de este salmo (dejando de lado su sentido profético), vemos que los que, siembran no están solos. Tienen ante sus ojos a Aquel que, mucho antes que ellos, conoció las lágrimas, cuando como divino Sembrador recorría los senderos de esta tierra. Es un privilegio poder sembrar para él, pero también es grato poder experimentar las lágrimas, sabiendo que él mismo las encontró a menudo durante su peregrinar. ¿Debemos desanimarnos cuando parece que todo se va a pique, cuando todo parece que ha sido “en vano y sin provecho”? No, ya que como para él; “mi causa está delante de Dios… y el Dios mío será mi fuerza” (Isaías 49:4-5). “Considerad a aquel que sufrió tal contradicción… para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar” (Hebreos 12:3).

Hay más aún: sembrar, es el presente, segar, el futuro. “Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán”. Hay que dejar a la semilla el tiempo necesario para germinar y crecer. Quizás aquí en la tierra algunas espigas vendrán a regocijar nuestros corazones, pero todo será manifestado en el día de la gloria. Oiremos el canto de gozo cuando vuelva el Maestro y pueda decir: “Bien, buen siervo y fiel…”; esto compensará las lágrimas de la siembra.

Para disfrutar este gozo no estaremos solos. Sin duda nuestro gozo será grande, pero, ¿y el del Señor? El Salmo del encabezamiento nos dice que viene con regocijo. Él dejó el cielo para venir a cumplir la obra que el Padre le encomendó. En su humillación, fue “fuerte y valiente… poderoso en batalla” (Salmo 24:8). Venció a la muerte y para él se alzaron “las puertas eternas” cuando entró en la gloria. Volverá a buscar a sus rescatados. ¡Qué gozo cuando vuelva a entrar con todos sus “ejércitos” en la Casa del Padre!; por segunda vez se alzarán “las puertas eternas” para que el Rey de gloria pueda presentarse delante del Padre, y decirle: “He aquí, yo y los hijos que Dios me dio” (Hebreos 2:13). ¡Dicha infinita, júbilo eterno, día del gozo de su corazón! Este gozo, después de haber compartido con el Señor las lágrimas aquí en la tierra, podremos compartirlo también durante la eternidad.

No obstante, hay algo que no compartiremos. La siembra, las lágrimas, el regocijo también serán para nosotros; no así las gavillas, éstas serán Suyas; “volverá a venir con regocijo trayendo sus gavillas”. ¿Quién de nosotros quisiera decir que el fruto es suyo? Las gavillas no son nuestras, le pertenecen. Son el fruto del trabajo de su alma. Es el fruto que el grano de trigo caído en tierra, ha llevado a causa de su muerte. Pero, ¿no llena nuestro corazón de un gozo más dulce y profundo, al saber que él tendrá para sí mismo aquello por lo cual ha sufrido tanto?

En el día de la siega, las lágrimas, tan dolorosas hoy, serán olvidadas: “No nos cansemos… porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos” (Gálatas 6:9). Guardemos en nuestros corazones estos preciosos motivos de ánimo: las lágrimas, él las conoció; el regocijo, lo compartiremos con él y las gavillas, el fruto de los granos de la simiente sembrada por él en los surcos de la tierra, son suyas, las ha adquirido por medio de la sangre de su cruz.

G.A.

¡Oh, cuando Tú verás a los que has redimido,

Cual fruto ya en sazón, de tu muerte en la cruz,

Con infinito amor, del todo complacido,

Gozarás en tenerlos por siempre en tu luz!

H.Rossier 

© Ediciones Bíblicas – 1166 Perroy (Suiza)


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CRISTO, LA LUZ DE LA INTELIGENCIA ESPIRITUAL

Dios, cuando comunica algo al hombre, nunca lo hace de forma oscura. Sería una teoría monstruosa sostener que Dios, cuando da una revelación, lo hace de manera tal que resulte imposible que la entiendan aquellos a quienes quiso dirigirla. ¿Qué es lo que hace que todas las Escrituras resulten tan difíciles? No es su lenguaje. Una sorprendente prueba de ello la podemos ver en el hecho de que si alguno preguntase qué parte del Nuevo Testamento considero que es la más profunda, en seguida me referiría a las epístolas de Juan; y es más, afirmo que no hay ninguna otra parte que esté expresada en lenguaje más simple que estas mismas epístolas.

Las palabras no son las de los autores o redactores de este mundo. Tampoco los pensamientos son enigmáticos ni llenos de alusiones extrañas y abstrusas. La dificultad de la Escritura estriba en el hecho de que ella es la revelación de Cristo para las almas que tienen sus corazones abiertos por la gracia para recibirla y para valorarla. Ahora bien, Juan fue uno que había sido admitido a esta gracia de manera preeminente. De todos los discípulos, él fue el más favorecido en la intimidad de la comunión con Cristo. Ello fue así, ciertamente, cuando Cristo anduvo sobre la tierra; y Juan fue especialmente utilizado por el Espíritu Santo para darnos los pensamientos más profundos del amor y de la gloria personal de Cristo.

La verdadera dificultad de la Escritura consiste, pues, en el hecho de que sus pensamientos están infinitamente por encima de nuestra mente natural. Para entender la Biblia, debemos renunciar al yo. Debemos tener un corazón y un ojo para Cristo, o, de lo contrario, la Escritura se convertirá en una cosa ininteligible para nuestras almas; mientras que, cuando el ojo es sencillo, el cuerpo entero está lleno de luz. Por eso podemos encontrar a un hombre erudito, completamente errado, por más que sea cristiano. Bien puede verse impedido de entender las epístolas de Juan o el Apocalipsis, por ser demasiado profundos para él; mientras que, por otra parte, podemos hallar a un hombre muy simple que, si bien puede no ser capaz de entender plenamente estas Escrituras o de explicar cada porción de las mismas correctamente, no obstante bien puede gozar de ellas; pues estas Escrituras comunican pensamientos inteligibles a su alma, proveyendo además consuelo, guía y provecho.

Incluso si se tratara de eventos del porvenir, de Babilonia y de la bestia, el hombre sencillo encuentra allí grandes principios de Dios que, por más que se hallen en el libro considerado como el más oscuro de todos los libros de la Escritura —el Apocalipsis—, no obstante tienen un efecto práctico en su alma. La razón es que Cristo está ante él, y Cristo es la sabiduría de Dios en todo sentido. No se trata, naturalmente, de que puede entenderlo porque sea ignorante, sino de que puede hacerlo a pesar de su ignorancia. Tampoco porque un hombre sea erudito, es capaz de entrar en los pensamientos de Dios. Ya sea ignorante o docto, hay un solo camino: el ojo que ve lo que se refiere a Cristo. Y cuando se tiene eso firmemente fijo ante el alma, creo que Cristo viene a ser la luz de la inteligencia espiritual de la misma manera que lo es de la salvación. Y el Espíritu Santo constituye el poder que permite comprender; pero Él nunca da esa luz excepto a través de Cristo. De no ser así, el hombre entonces tiene un objeto ante sí que no es Cristo, y, por lo tanto, no puede entender la Escritura, la cual revela a Cristo. El tal está tratando de forzar las Escrituras en apoyo de sus propios objetivos, cualesquiera que sean, pervirtiendo de esta forma la Escritura. Ésta es la verdadera clave de todos los errores respecto de la Escritura. El hombre agrega sus propios pensamientos a la palabra de Dios, y elabora un sistema que no tiene ningún fundamento divino.

WILLIAM KELLY

(The BIBLE TREASURY, Vol. III.-No. 48, pág. 69, 1.º de mayo de 1860)


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EL SIGNIFICADO SIMBÓLICO DE LOS NÚMEROS EN LA BIBLIA

Todo lector de la Biblia, ha notado que hay números que se repiten de una manera notable en la narración de las escrituras, y no es una mera casualidad. Dios en su palabra nos habla muchas veces a través de un lenguaje simbólico, y de esa manera, por medio de cosas tangibles, nos hace comprender, de una manera sencilla, cosas espirituales que están en un plano mucho más elevado.

En las Sagradas Escrituras, tenemos muchos símbolos y figuras, de hecho el libro de Apocalipsis, es un libro netamente simbólico, donde, no solo tenemos una simbología maravillosa, sino también la interpretación dada de ciertas figuras; como por ejemplo: “Todos tenían arpas, y copas de oro llenas de incienso, que son las oraciones de los santos” (Apocalipsis 5:8) “El lino fino es las acciones justas de los santos” (Apocalipsis 19:8)

Además de este tipo de figuras declaradas, pues, Dios mismo nos declara su significado, tenemos un lenguaje figurativo muy fácil de comprender, que se ve en el nombre de los lugares, las naciones enemigas de Israel, los colores, los materiales utilizados en el santuario de Dios, los personajes bíblicos durante algunos episodios de su vida etc. Y de manera particular en los números.

Hoy nos ocuparemos de una manera breve en el significado de los números en la Biblia, aclarando desde ya, que sobre este tema puede haber, y sin duda habrá más de una interpretación, por lo cual no queremos ser dogmáticos al respecto, sino presentar las particularidades representativas de cada uno de los números que encontramos más a menudo en el relato bíblico, alentando de esta manera a todos, al estudio más exhaustivo de las Sagradas Escrituras, las cuales hacen sabio para la salvación que es en Cristo Jesús (2 Timoteo 3:15)

Si estas meditaciones, sirven para alentar al estudio de las Sagradas Escrituras, nuestro gozo será cumplido.

Comenzando por el número UNO, podemos decir que:

EL NÚMERO UNO: ES AQUEL QUE NOS HABLA DE LA UNIDAD. El principio de todo, ya que es el comienzo de los otros números.

Es el número que nos habla de Dios. “Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es” (Deuteronomio 6:4) “Dios es uno” (Romanos 3:30) (Gálatas 3.20) Y por lo tanto siempre está asociado a la UNIDAD DE DIOS. “Porque  nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo” (1 Corintios 10:17) “Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo” (1 Corintios 12:13) “Solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz… un cuerpo, y un Espíritu… un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos” (Efesios 4.3-6)

Teniendo en cuenta esto, vemos que cuando aparece la mención UNO, sugiere la UNIDAD DIVINA que no puede dividirse sin quebrarse, tal como lo vemos en los versículos citados.

EL NÚMERO DOS: ES EL NÚMERO DEL TESTIMONIO. “No se tomará en cuenta a un solo testigo contra ninguno en cualquier delito ni en cualquier pecado, en relación con cualquiera ofensa cometida. Sólo por el testimonio de dos o tres testigos se mantendrá la acusación” (Deuteronomio 19:15)

“Porque no soy yo solo, sino yo y el que me envió, el Padre. Y en vuestra ley está escrito que el testimonio de dos hombres es verdadero. Yo soy el que doy testimonio de mí mismo, y el Padre que me envió da testimonio de mí” (Juan 8:16-18)

“Contra un anciano no admitas acusación sino con dos o tres testigos” (1 Timoteo 5:19)  Estos y tantos otros versículos nos hacen ver que el número dos es el número que nos habla del testimonio.

En el día de la expiación, narrado en Levítico 16 se debían ofrecer dos machos cabríos. Dios que da testimonio de la expiación del pecado en Cristo Jesús, utilizó allí dos sacrificios para mostrarnos la magnitud de la obra de Cristo. Un macho cabrío era inmolado como expiación, porque sin derramamiento de sangre no hay remisión de pecados (Hebreos 9:22) y otro que era enviado al desierto, como testimonio de que el pecado era quitado de delante de los ojos de Dios, y nunca más se acordaría de nuestros pecados y transgresiones (Hebreos 10:17)

Encontramos también una hermosa figura en la purificación del leproso, donde se debían tomar dos avecillas vivas, para la purificación.  Una que era sacrificada en  un vaso de barro sobre aguas corrientes, figura del sacrificio de Cristo, quien tomó un cuerpo para poder dar su vida;  y la otra, que era enviada, viva al cielo, con las marcas del sacrificio de la purificación. (Levítico 14:5-7)

El significado de Testimonio, brilla de una manera especial, cuando el Señor les dice a los suyos, que “donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mateo 18:20) Dos es un testimonio mínimo pero válido, y los suyos, reunidos hacia su Nombre, aunque en la expresión mínima que nos congreguemos, somos un testimonio de la unidad del cuerpo de Cristo. Testimonio de su Iglesia.

EL NÚMERO TRES: ES EL NÚMERO QUE NOS HABLA DE LA MANIFESTACIÓN DIVINA. Dios es uno, pero compuesto por tres personas.

El Señor Jesús en la cruz, hizo la expiación de nuestros pecados durante las tres horas de tinieblas. En la cruz hubo  una manifestación divina. El Padre dando al Hijo, el Hijo, ofreciéndose sin mancha a Dios por el Espíritu eterno. (Hebreos 9:14)

El Señor Jesús debía “ser muerto, y resucitar después de tres días” (Marcos 8:31) Y “fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos” (Romanos 1:4) Pues en la resurrección de Cristo hubo también en todo sentido una manifestación divina.

Los israelitas, no podían adorar en Egipto, que figurativa significaba adorar estando en el mundo; Sino, que  debían transitar un camino de tres días para poder adorar a Dios, lo cual nos habla de adorar experimentando en el corazón la muerte y la resurrección de Cristo. (Éxodo 8:27)

Por lo tanto, como podemos ver, el número tres está siempre relacionado con la manifestación divina.

EL NÚMERO CUATRO: ES EL NÚMERO QUE NOS HABLA DE LA UNIVERSALIDAD. En los cuatro primeros días, Dios hizo la creación material de la tierra,  luego el día quinto y sexto dio origen a su población.

Cuatro son los puntos cardinales. Este, Oeste, Norte y Sur.

Cuatro eran los lados del altar del sacrificio <Un altar cuadrado> (Éxodo 27:1)   Figura de la Cruz de Cristo, que ofrece la salvación a los cuatro ángulos de la tierra, sin favoritismos ni  exclusiones.

Cuatro eran las columnas que sostenían las cortinas de la entrada de la puerta del Tabernáculo, figura de Cristo, (Juan 10:9) Como cuatro son los Evangelios que dan un testimonio de la salvación universal en Cristo Jesús, para todo aquel que en él cree.

Cuatro son los terrenos en los cuales cae la semilla  en la parábola del sembrador, y que describen como es universalmente el corazón de los hombres: El camino, los pedregales, los abrojos y la buena tierra (Marcos 4:3-8)

EL NÚMERO CINCO: NOS HABLA DE LA DEBILIDAD HUMANA. Cinco son los libros de la ley, el Pentateuco. En el cual el hombre tiene promesas y bendiciones, pero que no puede aprovechar “Por cuanto es débil por la carne” (Romanos 8:3)

Cinco fueron las piedras lisas del arroyo, que tomó David y puso en su saco pastoril para ir contra el filisteo ante quien estaba en debilidad. (1 Samuel 17: 40)

Cinco eran los panes que tenían los discípulos, cuando el Señor les dijo que le dieran de comer a la multitud, y ellos mostraban gran debilidad para poder hacerlo. Cinco mil eran los hombres que comieron  los cinco panes. Mucha gente, pero en extrema debilidad, ya que eran como ovejas sin pastor. (Marcos 6:34-44)

Cinco palabras fueron las que dijo el apóstol Pablo que preferiría hablar en la Iglesia, con su entendimiento; haciendo alusión a palabras expresadas en la debilidad humana, pero magnificadas por el poder de Dios, que diez mil en lenguas desconocidas que nadie comprendiera y que no edificarían. (1 Corintios 14:19)

EL NÚMERO SEIS: ES EL NÚMERO DEL HOMBRE. (Apocalipsis 13:18) SUGIERE LO QUE NO LLEGA A SER COMPLETO. EL HOMBRE SIN DIOS, QUE ESTÁ POR DEBAJO DE LA PERFECCIÓN DE DIOS.

El hombre fue creado el sexto día y dotado sobremanera por Dios, pero a causa del pecado, no logra la plenitud en sí mismo, no llega a lo perfecto.

Seis eran las tinajas de piedra para el agua de la purificación: “Y estaban allí seis tinajas de piedra para agua, conforme al rito de la purificación de los judíos” (Juan 2:6) Un recurso que no llega a ser perfecto. El hombre solo conocería la purificación perfecta mediante la obra de Cristo “quien habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas” (Hebreos 1:3)

El hombre sin Dios, imperfecto quiso que Jesús no reinara en su vida, y pidió su muerte. Las potencias del mal lo llevaron hasta la cruz cuando era como la hora sexta. (Juan 19:14-16)

Vemos el seis multiplicado por tres en el número de la bestia. Seiscientos sesenta y seis. 666. Como una trinidad del mal, donde aparecen Satanás, el anticristo y el falso profeta, que se  levantan contra Dios, haciéndose pasar por Dios (2 Tesalonicenses 2:4) pero, que son en realidad la trinidad de la imperfección.

EL NÚMERO SIETE: ES EL NÚMERO DE LO COMPLETO Y DE LA PERFECCIÓN. Es el número que más aparece en las Escrituras. Lo vemos ya desde el comienzo en los días de la creación. “Y acabó Dios en el día séptimo la obra que hizo; y reposó el día séptimo de toda la obra que hizo” (Génesis 2:2) Luego de que su obra estuviera completa y perfecta, Dios reposó y santificó el día séptimo (Génesis 2:3)

Vemos también que luego de haber comido el cordero pascual se debía celebrar la fiesta de los panes sin levadura por siete días. (Levítico 23:5,6) Lo que significa que luego de haber sido salvos por la sangre del cordero, la vida debe continuar como una fiesta donde ninguna relación debemos tener con el pecado, representado en la levadura. ¿Por cuantos días? Siete días. Es decir la plenitud, la vida completa del hombre debe ser vivida alejada del pecado.

El candelero de oro, figura de Cristo y sus canales de luz en el santuario, tenía siete lamparillas, las cuales alumbraban hacia adelante (Éxodo 25:37) la Biblia nos enseña, que en la presencia de Dios no es la luz natural la que valía, ya que el santuario no tenía ventanas, sino la luz del Candelero, figura de Cristo, que alumbraba por medio del aceite de olivas, que nos habla del Espíritu Santo, por una plenitud de canales (siete), de una manera completa y perfecta.

Enoc fue séptimo desde Adán, y no conoció muerte, sino que Dios lo llevó (Génesis 5:24, Judas 1:14) Lo que nos habla en figura, del arrebatamiento de aquellos que somos de Cristo, los cuales, cuando se completen los tiempos de Dios, así como se completaron con Enoc, séptimo en generación desde Adán,  serán llevados por el Señor antes que comiencen los juicios.

Siete es el número que se repite muchísimas veces en el Apocalipsis para hablarnos de la plenitud y perfección del poder (siete cuernos), del discernimiento y percepción perfecta (siete ojos) y siempre sugiriendo lo que es completo, perfecto y cabal.

EL NÚMERO OCHO: ES EL NÚMERO QUE SIMBOLIZA UN NUEVO COMIENZO. EL NÚMERO QUE NOS HABLA DE LA RESURRECCIÓN.  Si un ciclo completo es representado por el número siete, ocho sería la continuación, el primer día de un nuevo ciclo, relacionado con el anterior.

El Señor Jesús resucitó el primer día de la semana, el cual vendría a ser el octavo día del tiempo anterior, pero, mencionado primer día de la semana, porque es un nuevo comienzo de gloria. Cristo resucitado es la figura de las primicias que se ofrecían en el Antiguo Testamento. “Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados. Pero cada uno en su debido orden: Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo, en su venida” (1 Corintios 15:22,23) Antes de comer lo cosechado o comercializarlo, el pueblo de Dios debía presentar las gavillas de las primicias, las cuales eran de Dios. Así Cristo es el primer hombre que entró en los cielos: “primicias de los que durmieron” (1 Corintios 15:20) Y es tan perfecta la Biblia, que esta gavilla se presentaba antiguamente ante Dios, y se mecía el día siguiente al día de reposo,  Y el sacerdote mecerá la gavilla delante de Jehová, para que seáis aceptos; el día siguiente del día de reposo la mecerá. (Levítico 23:10-11) es decir el octavo día. Día de la resurrección; Lo cual nos brinda una prueba irrefutable de la aceptación y el contentamiento de Dios con la obra hecha por Cristo.

Ocho son las resurrecciones que encontramos narradas en la Biblia, sin contar la de Cristo, la cual no es comparable, ya que él resucitó, para no morir jamás.

  • El hijo de la viuda de Sarepta de Sidón que resucitó Elías (1 Reyes 17:17:24)
  • El niño de la sunamita que resucitó Eliseo (2 Reyes 4:32-37)
  • El hombre que cayó en la sepultura de Eliseo que resucitó al tener contacto con sus huesos (2 Reyes 13:20-21)
  • El hijo de la viuda de Naín (Lucas 7:11-15)
  • La hija de Jairo (Lucas 8:41,50-55)
  • Lázaro (Juan 11:38-44)
  • Dorcas (Hechos 9:36-42)
  • Eutico (Hechos 20:7-12)

EL NÚMERO NUEVE: ES EL NÚMERO QUE NOS HABLA DE UNA MANIFESTACIÓN DE DIOS POR MEDIO DE NOSOTROS.  Es tres veces tres: Lo cual simboliza la manifestación de un Dios trino, por medio de esa trinidad.

Pedro y Juan subían juntos al templo a la hora novena, la de la oración. Y allí encontraron a un hombre cojo de nacimiento en el cual operaron una sanidad divina, pues el hombre anduvo y alababa a Dios. Pedro y Juan explicaron que el Señor le había confirmado su nombre dándole la sanidad completa (Hechos 3:1-16) Una plena manifestación de Dios, en el nombre de Su Hijo, por el poder del Espíritu.

Cornelio, el centurión romano, hombre piadoso y temeroso de Dios con toda su casa “vio claramente en una visión, como a la hora novena del día” (Hechos 10:1-3) Y mandó llamar a Pedro quien le trajo la palabra de salvación. Una manifestación divina por medio de los suyos.

La integridad de los dones del Espíritu dados en (1 Corintios 12:8-10) está representada también en nueve. “Porque a éste es dada por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu; a otro, fe por el mismo Espíritu; y a otro, dones de sanidades por el mismo Espíritu. A otro, el hacer milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a otro, diversos géneros de lenguas; y a otro, interpretación de lenguas”

Nueve es el fruto de Espíritu en nosotros: “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza” (Gálatas 5:22,23)

El señor Jesús, habiendo curado a los diez leprosos, y viendo que uno solamente se volvió para darle gloria, pregunto: “y los nueve ¿dónde están?”  (Lucas 17:17) Pues esperaba de quienes habían recibido la gracia, una manifestación divina en sus vidas para la gloria de su nombre.

EL NÚMERO DIEZ: ES EL NÚMERO QUE NOS HABLA DE LA RESPONSABILIDAD. La Ley de Moisés tenía más de seiscientos mandamientos y preceptos, pero fue dada en las tablas de piedra que contenían los diez mandamientos, los cuales el pueblo dijo que cumpliría. (Hechos 19.8, 24:3)

Diez son los dedos de la mano y de los pies, figura del obrar y el andar del hombre.

Diez eran las vírgenes que debían velar para alumbrar la venida del esposo. (Mateo 25:1)

Diez fueron los leprosos que fueron sanados y que debían haberle dado gloria al Señor (Lucas 17:12)

Diez son los cuernos de la bestia que sale del mar en (Apocalipsis 13:1) figura de diez reinos que tendrán la responsabilidad del poder mundano.

Cada vez que encontramos el número diez, hay una relación directa con la responsabilidad del hombre.

 EL NÚMERO DOCE: ES EL NÚMERO QUE NOS HABLA DEL GOBIERNO PERFECTO. DE LA PERFECTA ADMINISTRACIÓN DE DIOS EN RELACIÓN CON LA TIERRA.

Doce es el número de las tribus de Israel (Pueblo terrenal de Dios)  

Doce fueron los patriarcas mencionados por Esteban (Hechos 7:8)

Doce el número de los discípulos de Jesús para predicar a Israel (Apocalipsis 7:4)

Doce el número de las puertas de la ciudad santa de Jerusalén (Apocalipsis 21:10-12)

Doce por doce mil, forman el número de los ciento cuarenta y cuatro mil sellados. Doce por doce mil.

Doce también se halla implícito en la mención simbólica de los veinticuatro ancianos que están en el cielo en (Apocalipsis 4) Los cuales representan a  los redimidos del Antiguo Testamento y a los del Nuevo. (Doce y doce)

EL NÚMERO CUARENTA: ES EL NÚMERO QUE NOS HABLA DE LA PRUEBA. La prueba de Dios con el hombre, no para que Dios conozca un resultado, pues ya lo conoce, sino para que el hombre lo conozca.

Cuarenta años estuvo Moisés en Egipto, cuarenta años apacentando ovejas en el desierto y cuarenta años conduciendo al pueblo de Dios. “Y te acordarás de todo el camino por donde te ha traído Jehová tu Dios estos cuarenta años en el desierto, para afligirte, para probarte, para saber lo que había en tu corazón, si habías de guardar o no sus mandamientos” (Deuteronomio 8:2)

 Cuarenta fueron los días que Moisés estuvo en el monte y el pueblo ante su ausencia pecó haciendo el becerro de oro.

Cuarenta días fueron los que los espías tardaron en reconocer la tierra de Canaán (Números 13:25)

“Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán, y fue llevado por el Espíritu al desierto por cuarenta días, y era tentado por el diablo. Y no comió nada en aquellos días, pasados los cuales, tuvo hambre” (Lucas 4:1,2) Y ante la prueba en la cual cualquier hombre hubiera sucumbido, nuestro bendito Señor, salió victorioso. El hombre perfecto, Cristo Jesús, deja atado al hombre fuerte para entrar en sus dominios y saquear sus bienes. (Mateo 12:39)

Por lo tanto, cuarenta es el número que siempre nos sugiere probación, tiempo de pruebas.

Hay muchísimos más ejemplos para cada número que nos pueden ayudar a una mejor comprensión que cada uno de los interesados, podrá ir agregando en su estudio personal de tan interesante tema.

Presentamos estas breves meditaciones sobre el significado simbólico de los números en la Biblia, orando para que sean de bendición a todos aquellos que deseen escudriñar las Escrituras y ahondar en el conocimiento de Dios.

Con nuestros mejores sentimientos, podemos recordar las palabras del apóstol Pablo que dicen: “Y ahora, hermanos, os encomiendo a Dios, y a la palabra de su gracia, que tiene poder para sobreedificaros y daros herencia con todos los santificados” (Hechos 20:32)

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