PECADOS

En la Biblia, se utilizan más de veinte palabras para decir pecado, ya que el pecado tiene infinidad de manifestaciones y particularidades.  La acepción más común de la palabra pecado, es la que significa no alcanzar al objetivo, errar al blanco…

Para las personas en general, pecado es aquello que degrada y tiene consecuencias sociales, que hace daño a quien lo comete y a los demás. En ese sentido, cuando escuchan que la Biblia habla acerca de los pecadores, no lo relacionan al hombre en su responsabilidad ante Dios, sino  a las personas repudiadas por la sociedad: Ladrones, asesinos, pervertidos…

Cuando se habla de pecado en círculos cristianos religiosos, la visión en más amplia, pues, además del aspecto del pecado social, se reconoce al pecado, en una esfera mayor; viendo al pecado tal como lo presenta la Biblia; por lo cual, el pecado en círculos religiosos tiene una dimensión mayor, abarcando acciones y detalles tocantes a las ordenanzas dadas, a los dogmas de fe, etc.

Sin embargo, hay otra forma de pecado, que es la más común y se ve en todos los círculos. Nos referimos a una de las formas más peligrosa, porque abarca a los pecados que la ley civil en la mayoría de los casos no condena, y que en la iglesia son fáciles de disimular y esconder. Estos pecados son por ejemplo: La falta de amor, la murmuración, el rencor, la falta de perdón, las raíces de amargura, la vanagloria, la susceptibilidad, el espíritu sectario, la malicia,  el racismo, la hipocresía, la codicia… y podríamos seguir la lista.

Todos reconocemos que lo mencionado es malo, pero  lamentablemente nos damos la licencia de permitirlo y hasta muchas veces lo justificamos.

Esta forma de pecado es la más letal. Pensemos en pecados como los citados, y en el mal que hacen, y veremos cómo son totalmente incompatibles con el testimonio cristiano que en lo personal y como iglesia estamos llamados a dar. Estas manifestaciones, son las que menos se juzgan. Todos saben que existen y están, pero como se pueden disimular, se toman como cosas que se deben sobrellevar con paciencia. El Señor dijo: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros” (Juan 13:35) “Pero si os mordéis y os coméis unos a otros, mirad que también no os consumáis unos a otros” (Gálatas 5:15) ¡Esto es solemne! Con dolor y humillación debemos reconocer que ante otra clase de pecados, muchas veces se es inflexible, y se dice: Con tales personas, o en ciertas situaciones, ¡no se puede tener comunión! Y esto, aunque con relación a esos casos muchas veces queden puntos oscuros que se desconocen, pero se dice. No podemos tener comunión, sin  siquiera preguntarse si el Señor tiene comunión con tales personas; pero con estas manifestaciones de la carne que nos ocupan, que interrumpen el gozo de la comunión con el Señor y hunden a las personas en una falta de gozo y de espiritualidad notables, no se reacciona. Cuando así ocurre, debemos reconocer y decirnos: “no estamos haciendo bien” (2 Reyes 7:9) Esta forma de pecar también debe ser juzgada y corregida, “para que lo cojo no se salga del camino, sino que sea sanado” (Hebreos 12:13) “Nuestro Padre, que ve en lo secreto” (Mateo 6:4) Que sabe todas las cosas y “ama la verdad en lo íntimo” (Salmo 51:6) se propuso formar en nosotros “la imagen de su Hijo” (Romanos 8:29) y estas manifestaciones sabemos que no lo son. Ser cristiano, es vivir a Cristo, y todas esas cosas tristes que muchas veces ocurren, no tienen nada que ver con nuestro salvador.

La Biblia dice: “Toda injusticia es pecado” (1 Juan 5:17) “Todo aquel que comete pecado, infringe también la ley; pues el pecado es infracción de la ley” (1 Juan 3:4) Esto nos muestra claramente que pecado es todo aquello contrario a la voluntad de Dios, al deseo de Dios, a lo reglamentado por Dios…

“La paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23) y muerte siempre implica separación; ya sea en el sentido espiritual, (separación de Dios) o en el sentido físico: (Separación de la parte material del ser: el cuerpo;  de lo inmaterial: alma y espíritu)

El pecado siempre separa y el hombre, pecador por naturaleza, está, a causa del pecado, destituido de la presencia gloriosa de Dios (Romanos 3:23) y bajo condenación. Por la gracia de Dios, se nos ha dado un Salvador en Cristo Jesús, el Hijo de Dios, que “vino al mundo para salvar a los pecadores” (1 Timoteo 1:15) “Para que todo aquel que en él cree, no se pierda más tenga vida eterna” (Juan 3:16) Por esto, quien recibe a Cristo como su Salvador, tiene la seguridad, de que a pesar de que sus pecados lo habían hecho merecedor de la condenación, no será condenado, “porque ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” (Romanos 8:1)

Sin embargo, debemos saber, que si bien, una vez salvos de la condenación del pecado, el creyente no puede perder su salvación, si peca, el pecado interrumpe el disfrute de su comunión con Dios y pierde el gozo de su salvación. (Y esto, como venimos diciendo, no considerando  pecado solamente al homicidio, robo, adulterio… sino, como todo lo que es contrario al pensamiento y la voluntad de Dios).  Por esta causa, es muy importante, cuando se cae en pecado, tomar de los recursos divinos que el Señor ha puesto a disposición de los suyos, y dejar que él obre para volver nuevamente, y lo antes posible a su límpida comunión.

Pensando en la seriedad del pecado y sus consecuencias, debemos reconocer con humillación, que quizás, nuestra mente va mucho más adelante en el conocimiento de estas verdades que lo que va nuestro corazón. Esa forma de pecado, que el mundo no castiga en sus tribunales y que en la iglesia se esconde y se disimula, a la cual nos referíamos antes; causas estragos en el ámbito espiritual, y debemos decir con dolor y vergüenza que los cristianos  nos acostumbramos a vivir con ello.

Es triste ver como los creyentes podemos acostumbramos a vivir con una comunión espiritual interrumpida casi sin darnos cuenta. A vivir con esa falta del gozo de la salvación. Tomamos como normal, vivir restringidamente, como si eso fuera la vida cristiana plena. Nuestro Señor, vino para que tengamos vida, y vida en abundancia (Juan 10:10) y el creyente, muchas veces, vive faltante de esa plenitud de vida, a causa de tolerar en su vida ciertos pecados. En esa falta de comunión plena, se vive, se toman decisiones y hasta se sirve al Señor ¡Eso es grave!

Vivir con una comunión limitada, sin el gozo pleno de la salvación, es vivir muy mal, y peor aún es,  cuando no nos damos cuenta de lo mal que estamos. A veces, se piensa estar bien espiritualmente, porque hay reacciones espirituales, porque la palabra aún conmueve al ser interior en alguna medida. Sucede eso, y no nos damos cuenta que estamos carentes de la plena comunión con Cristo, porque nuestras almas encuentran placer en algún pasaje bíblico. Todo esto puede pasar, sin que ello sea el indicador que marque un buen estado de corazón. No debemos pensar que porque sentimos eso ya estamos bien, sino que eso es una prueba de que como somos hijos de Dios, Dios nos habla y trabaja en lo más profundo para que confesemos aquello que nos está entorpeciendo y lo remediemos. Debemos comprender que hay una diferencia, en interrumpir nuestra comunión y perder el gozo de la salvación, con no tener comunión en absoluto con Dios, y desconocer el gozo de la salvación, lo cual es lo que caracteriza a los que rechazan a Cristo y viven sin Dios.

Los incrédulos, no tienen comunión con Dios, porque están muertos espiritualmente, separados de su creador. No tienen el Espíritu Santo morando en ellos, ni ninguna sensibilidad. Viven, pero en sus delitos y  pecados, carentes de piedad y sufren las consecuencias de su pecado, no el peso propio del mismo. En ese estado, lógicamente desconocen el gozo de la salvación que Dios les ofrece y no tienen ninguna comunión con él. Por el contrario, el creyente que peca, se encuentra en una posición distinta. Sigue teniendo al Espíritu Santo en él, aunque contristado. Sigue siendo un hijo de Dios y por ende no es un impío, pues siendo hijo, su alma tiene relación con Dios, y si bien interrumpe su comunión de momento, no pasa a lo posición ni a la condición de un perdido.

La vida misma nos ilustra esto, y es lo que podemos constatar cuando un hijo nuestro peca. Como padres, le hacemos ver     que ha obrado mal y que no compartimos para nada aquello que ha hecho. El gozo del compañerismo y el disfrute de la comunión se resienten, pero de todas maneras, siempre algo de comunicación se mantiene, aunque quizás pase la mayoría del tiempo en su cuarto. Si él pensara que porque por momentos nos relacionamos, todo está bien y volvió a la normalidad, estaría en un error. Esa comunicación la tenemos, no porque todo este bien, sino, porque a pesar de haberse portado mal. Sigue siendo hijo.

Hacer diferencia entre pecado y pecado, la mayoría de las veces manifiesta el desconocimiento de lo que es nuestro corazón natural y lo que somos en nosotros mismos. Por eso, antes ciertos pecados reaccionamos enérgicamente, olvidando que somos capaces de hacer lo mismo, y ante ciertos otros, opinamos que hay que tener paciencia, pues aquellos que tomamos con menos severidad son aquellos pecados con los cuales nos identificamos.

De nada vale excusarse. El pecado es pecado. y si alguno hubiese pecado, no debe minimizar el hecho, sino condenarlo.  Porque aquel  que “los confiesa y se aparta alcanzará misericordia” (Proverbios 28:13)  “Y Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9)

Por permitirnos pecados en nuestras vidas perdemos el discernimiento y el poder espiritual. Esto  trae consecuencias terribles en lo personal y en la vida de iglesia. De nada vale pensar que estamos tan apocados porque son los últimos tiempos. Es verdad que estamos en los últimos días,  y que El Señor llama a los suyos “manada pequeña” pero, también es cierto, que  el poco fruto en nuestra vida, y la falta de la manifestación del poder de Dios en medio nuestro,  es consecuencia de nuestra poca espiritualidad. Nosotros, no convertimos a nadie, ni congregamos a las personas. Es Cristo quien salva y congrega, como así  también quien nos hace habitar en familia. Él, sigue teniendo mucho pueblo en todo lugar, pero a veces, a causa de nuestro estado espiritual bajo, no puede confiarnos almas.

¿Hay pocas conversiones en nuestro medio? ¿Son pocos aquellos que se suman al testimonio de la iglesia local? ¿Las reuniones son poco asistidas? ¿Es poco el compromiso con la obra del Señor? Esto nos hace pensar en lo que dice la Biblia: “Así ha dicho Jehová de los ejércitos: Meditad sobre vuestros caminos” (Hageo 1:7) Esto nos llevará a humillarnos en confesión y arrepentimiento y el Señor finalmente nos levantará.

Tengamos siempre presente: Pecado es todo aquello que el Señor reprueba, por eso la Palabra dice: “No contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención. Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo” (Efesios 4:30-32)


Lectura de la semana

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EN LA CÁRCEL DEL RENCOR

Cuentan que había un rey que  dominaba un vasto territorio, al que al  parecer todo le iba bien. Sin embargo, ese rey, sentía una gran pena en su corazón; estaba enojado y enemistado con otro rey, con el cual siempre habían sido amigos.

Emprendió la lucha contra aquel rey, y lo derrotó, pero no lo mató, sino que para hacerlo sufrir por sus malas acciones, lo encadenó en el lugar más recóndito de su palacio.

El prisionero estaba bien asegurado en su celda, y el rey, iba a verlo constantemente para asegurarse de  que allí estuviera, siguiendo el curso de sus padecimientos.

Entretenido en esto, pasaron los días, y aquel antiguo conquistador, ya no era el rey que había sido. Se había vuelto un hombre amargado que no disfrutaba lo que tenía, sino que estaba pendiente de su adversario,  obsesionado con que pagara su culpa, sufriendo en aquel lugar solitario.

Un antiguo servidor de la corte, ya anciano, y respetado por su sabiduría, un día se presentó ante el rey, y le preguntó sobre sus ocupaciones, a lo que el rey contestó:

-Me encuentro muy ocupado con el prisionero-

El anciano le preguntó: -¿Con cuál prisionero?

El rey contestó: -Con el único que tengo, el que está encerrado en lo más recóndito de mi palacio-

El anciano, dijo:- Mi Señor el rey, no tome a mal lo que voy a decirle, pero creo que en lo más recóndito, no hay un  prisionero, sino dos.

Allí se encuentra su antiguo amigo, y también, está usted encadenado al dolor y a los recuerdos del pasado sin poder avanzar. Muchas son las cosas que mi señor el rey podría seguir haciendo,  sin embargo, detuvo su vida para ocuparse de alguien a quien todavía no ha podido perdonar, ni olvidar. Sin duda, su antiguo amigo estará sufriendo, pero, usted también sufre,  pues nadie puede ser  feliz viviendo como usted vive-

Al rey, al principio, no le gustaron esas palabras, pero, luego lo pensó bien, y dejó libre a aquel prisionero, liberándose también él mismo de la esclavitud.

En esta historia, encontramos reflejado lo que le sucede a mucha gente, que no pueden vivir feliz, pues en lo más recóndito de su corazón tienen un dolor oculto. Estas personas son víctimas del rencor, falta de perdón, o cosas, que simplemente no olvidan. Una y otra vez vienen a lo mismo. Sin darse cuenta, encuentran una especie de placer morboso en recordar aquello que los lastimó, y de esa manera, esclavizan a quien le hizo daño. esclavizándose también ellos mismos.

Aquel que no perdona, y por  consiguiente,  no olvida; esclaviza de alguna manera a quien lo agredió,  <Lo esclaviza a la intranquilidad y al dolor del repudio> , pero también se esclaviza a sí mismo encerrándose en ese dolor que no le permitirá continuar su vida de una manera normal.

Las personas que no perdonan, no pueden vivir felices ni sentirse libres.

La palabra de Dios nos habla mucho sobre el perdón. Uno de los pasajes que nos tocan muy profundamente es:” Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo” (Efesios 4:32)

Para poder cumplir con estas exhortaciones debemos comprender  lo que nos quieren decir, y conocer bien cómo Dios nos perdonó a nosotros en Cristo.

Primeramente, tengamos en cuenta, que si deseamos perdonar,  así como fuimos perdonados por Dios, esto lo debemos hacer: En Cristo. Dios nos perdonó en Cristo, pues él, pagó por nuestros pecados. Nosotros, debemos perdonar teniendo en cuenta esa gracia de la que fuimos objetos, y además tomar esa frase “en Cristo” para recordar que en Adán, jamás podremos perdonar efectivamente. En Adán, el corazón natural del hombre deseará venganza y  pedirá juicio, deseando ver el castigo; sin embargo desde nuestra nueva  posición  en Cristo, seremos benevolentes, recordando que nosotros también merecíamos el implacable castigo divino,  y sin embargo, fuimos perdonados.

Y ahora bien, podemos preguntarnos: ¿Cómo  nos perdonó Dios a nosotros en Cristo?

Esto nos hará recordar que Dios nos perdonó completamente, y no en parte.  “A vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados, anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz”(Colosenses 2:13,14) Por lo tanto, nuestro perdón no puede ser parcial, sino total. Aquellos que dicen: <Yo puedo perdonar que me haya robado, pero que haya mentido de esa manera,  jamás> En realidad no están perdonando como Dios quiere. Él nos perdonó TODOS  los pecados y no solamente algunos.

Otro gran detalle del perdón de Dios, es que Dios perdona y olvida. “Porque seré propicio a sus injusticias, Y nunca más me acordaré de sus pecados y de sus iniquidades” “añade: Y nunca más me acordaré de sus pecados y transgresiones” (Hebreos 8:12 y 10:17) Teniendo en cuenta estos versículos, no deberían existir frases tales como: <Yo perdono, pero no olvido>

Recordemos también que, cuando Dios nos perdonó, no fuimos nosotros, los que tomamos la iniciativa. Ninguno de nosotros, estando muertos en nuestros delitos y pecados pudo buscar a Dios por su propia cuenta, y pedirle que lo perdonara, o le sugirió algún plan de salvación. Ésta “Salvación tan Grande” salió del corazón de Dios. Él lo sintió así, lo llevó a cabo en Cristo, y lo manifestó a todos. Algunas personas dicen lo siguiente: <Yo  podré perdonar recién en el momento en el que la persona que pecó contra mí, venga arrepentido, y me lo pida con un corazón quebrantado> Ante esto, ¡tengamos cuidado! Dios nos perdonó y anuló el acta que nos era contraría clavándola en la cruz, cuando su Santo Hijo Jesús, estaba allí colgado en la cruz del calvario.  El Señor Jesús pagó por nuestros pecados y exclamó:   “Cumplido está”  (Juan 19:30)  En ese momento, nadie estaba pidiéndole perdón. Él, derramó su sangre preciosa en expiación por el pecado y Dios quedó satisfecho. Luego de esto, él mandó “que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones” (Lucas 24:47) Por lo tanto, cuando las personas se arrepentían, eran perdonadas, con un perdón que ya estaba en el corazón de Dios.

Esto nos hace pensar, que cuando alguien nos ha lastimado de alguna manera pecando contra nosotros, lo debemos perdonar en nuestro corazón inmediatamente, así como hemos sido perdonados en Cristo. Bien es cierto, que en ese  momento,  no le podremos  manifestar el perdón  a la persona que ha pecado, pues si lo haríamos, sería perjudicial para su alma, pero, el perdón estará en nuestro corazón, y no nos afectará. Llegará el momento, en que nos encontraremos con la persona en cuestión, para hablar sobre el caso y le haremos ver su pecado, o la persona misma volverá arrepentida reconociendo su falta; y allí, será la oportunidad de perdonarlo, o  expresarle el perdón que en nuestro corazón ya sentíamos.

Esto, no es como  como muchos piensan: Perdonar recién en el momento, que la persona que ha pecado contra mí, viene a pedirme perdón. Si obráramos así, todo el tiempo que esperamos que eso acontezca, nuestro corazón quedará con una carga de amargura que traería siempre consecuencias negativas.

Por este motivo la Palabra de Dios nos enseña: “Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados” (Hebreos 12:15) Exhortándonos también con estas palabras: “Y cuando estéis orando, perdonad, si tenéis algo contra alguno” (Marcos 11:25) Porque “si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas” (Mateo 6:15)


LECTURA DE LA SEMANA

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DECISIONES

Una de las causas por las que más sufrimos en la vida, es la relativa a las consecuencias de nuestras decisiones. Esto sucede, particularmente, porque el hombre decide por sí mismo. Hay un dicho que dice: Uno puede hacer lo que se le antoje, lo único que no puede hacer, es evitar las consecuencias.

Si el hombre se hubiera guardado en sumisión a Dios, jamás hubiera sufrido a causa de su obediencia, pero, desobedeció. Quiso ser como Dios: Saber, decidir y esto le costó muy caro.

En los capítulos 2 y 3 del libro de Génesis,  tenemos las directivas de Dios y la desobediencia del hombre. La catástrofe que se originó a causa de aquel primer pecado del hombre, es tan grande  que, podríamos decir que no hay escena más triste en todo el Antiguo Testamento que el de la caída de la raza humana. “El pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Romanos 5:12)

Recordamos que en el huerto de Edén, Satanás, tentó y  engañó a la mujer al decirle que no moriría si comía del árbol prohibido: “La serpiente dijo a la mujer: No moriréis; sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal” (Génesis 3:4,5) y la mujer comió, desobedeciendo a la voz de Dios y le convidó al hombre. A partir de allí, comienza una conciencia de lo que está bien y lo que está mal, pero con  las consecuencias más tristes. Es decir: La de saber lo que es bueno y no poder hacerlo, y comprobar lo que es malo, y no poder evitar  ser tentado a cometerlo.

Dios proveyó el medio de salvación, a través de su Hijo Unigénito, quien se entregó por nuestros pecados. Esto ha sido la gracia de Dios, un don inmerecido. Sin embargo, a pesar de que “cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia” (Romanos 5:20) aún se ven las consecuencias del pecado sobre la creación; y una de las causas por la cual podemos decir, la creación, en pecado, gime; tiene relación directa con el hecho de haber comido  del árbol de la ciencia del bien y del mal.

Todo sufrimiento sobre esta tierra, tiene, directa o indirectamente, su origen en el pecado. Sin el pecado, no conoceríamos los sufrimientos que experimentamos a diario. Sin embargo, cuando sufrimos,  debemos reconocer, que esto no es únicamente por culpa de Adán, pues, por eso, Dios hizo provisión en Cristo. Para lo que no hay sustitución alguna, es para ser eximidos de nuestra responsabilidad.  Somos plenamente responsables de las decisiones que tomemos. Responsables de la decisión más importante de la vida que es la de aceptar, o rechazar a Cristo, y de las decisiones de la vida diaria que podrían parecernos de poca importancia.

Sin embargo, todo es importante, pues, lo que el hombre elije, lo marca a fuego, y luego debe hacerse cargo de  sus consecuencias.

Esto es terrible, pues, el hombre,  dejado a su arbitrio, elige mal.  Como venimos viendo, a partir de haber comido del árbol de la ciencia del bien y del mal, el hombre se erigió como Dios para sí mismo, dictaminando el bien y el mal, y legislando mal, en independencia de su creador desde una posición muy pobre; ya que se encuentra en tinieblas y con una mentalidad en enemistad con Dios “Por cuanto los <designios> (en griego: mente, mentalidad, inclinación mental)  de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden” (Romanos 8:7) Como resultado de ese estado, sus decisiones, son, la mayoría de las veces, muy malas, tanto para él como para su entorno.

Si se tomaran siempre las decisiones correctas, comenzando con la de entregarle la vida a Cristo, amar Su palabra y vivir conforme a Su voluntad; veríamos como todo sería distinto, ya que “Mucha paz tienen los que aman su ley, Y no hay para ellos tropiezo” (Salmo 119:165)

Rahab la ramera, es un buen ejemplo de lo que es haber tomado una buena decisión. Oyó acerca de Jehová y sus maravillas. Creyó en su corazón y fue inmensamente bendecida  (Josué 2:10)Se nos dice que ella oyó, y que “la fe es por el oír, y el oír…” (Romanos 10:17) Habrá habido muchos otros que también habrán oído aquellas maravillas, y sin embargo, cerraron sus corazones y no fueron salvos. Por eso se nos advierte: “Si oyereis hoy su voz, No endurezcáis vuestros corazones” (Hebreos 3:15)

Rut la Moabita, es otro buen ejemplo. Habiendo enviudado, quedó libre. No necesitó que se le diga. “Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré… y te bendeciré” (Génesis 12:1,2) pues  ella, no tenía nada prometido. Sin embargo, decidió seguir con su suegra que volvería a Belén, (La casa del pan) porque “habían oído en el campo de Moab que Jehová había visitado a su pueblo para darles pan” (Rut 1:6) y a pesar de que su suegra la liberara de la obligación de acompañarla, ella se decidió por el Dios vivo y verdadero, diciendo: “mi pueblo, y tu Dios mi Dios…” (Rut 1:16).

Las consecuencias de las buenas decisiones de estas mujeres, se detallan en las Escrituras y brillan particularmente, en (Mateo 1:5) Pues, ambas, tienen el privilegio de estar en la genealogía del Señor Jesús.

La Biblia nos habla también acerca de personas que tomaron decisiones equivocadas y lo lamentaron.

Esaú dijo: He aquí yo me voy a morir; ¿para qué, pues, me servirá la primogenitura? … Entonces Jacob dio a Esaú pan y del guisado de las lentejas; y él comió y bebió, y se levantó y se fue. Así menospreció Esaú la primogenitura” (Génesis 25:32 y 34) “Esaú… por una sola comida vendió su primogenitura… y,  aun después, deseando heredar la bendición, fue desechado, y no hubo oportunidad para el arrepentimiento, aunque la procuró con lágrimas” (Hebreos 12:16,17) El pensamiento  terrenal y carnal que sólo lleva a las personas a pensar en el disfrute momentáneo, tiene consecuencias terribles.

En tiempos de Josué, el pueblo de Israel actuó precipitadamente, sin consultar a Jehová y Dios les hizo ver las consecuencias de decidir las cosas sin consultar previamente, esperando la respuesta divina“Los moradores de Gabaón, cuando oyeron lo que Josué había hecho a Jericó y a Hai, usaron de astucia… Y los hombres de Israel tomaron de las provisiones de ellos, y no consultaron a Jehová. Y Josué hizo paz con ellos, y celebró con ellos alianza concediéndoles la vida; y también lo juraron los príncipes de la congregación. Pasados tres días después que hicieron alianza con ellos, oyeron que eran sus vecinos, y que habitaban en medio de ellos. (Josué 9:3-16)

Un día, David, a pesar de ser un hombre de Dios, fiel y valiente, cansado de huir de Saúl tomó una decisión desafortunada. “Dijo luego David en su corazón: Al fin seré muerto algún día por la mano de Saúl; nada, por tanto, me será mejor que fugarme a la tierra de los filisteos… (1 Samuel 27:1)Esto lo puso en un gran apuro, cuando los mismos Filisteos salieron a la batalla contra Israel, y David se encontraba en la obligación de pelear contra sus propios hermanos.

Podemos multiplicar ejemplos de toma de decisiones y sus consecuencias, y veremos siempre que todo lo malo, pasa, cuando actuamos conforme a nuestra voluntad, sin consultar, sin buscar el pensamiento de Dios, sin esperar su respuesta…

Dios hizo las cosas  simples, y si uno se guarda en esa simpleza de proceder, no querrá hacer nada sin estar seguro de estar obrando en la voluntad de Dios. Lamentablemente, el hombre erigido en juez de lo bueno y lo malo, decide, como si fuera el dueño de la verdad, creyendo que Dios, en el caso que crea en Dios, lo comprenderá y finalmente estará de acuerdo.

No nos engañemos, esto no es así. “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová.  Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos” (Isaías 55:8,9) Una de las glorias más excelentes del hombre Cristo Jesús, es aquella que resplandece cuando lo vemos siempre deseoso de hacer la voluntad del Padre. En los evangelios lo vemos siempre en oración y en una comunicación constante e ininterrumpida  con el Padre. Aunque tenía una voluntad perfecta, ya que no había pecado en él. Él, se presenta como el hombre perfecto, que busca la voluntad del Padre y obra en consecuencia, esperando siempre su confirmación; no haciendo nada por sí mismo.

Nosotros, no obramos así. Como consecuencia de haber comido del árbol de la ciencia del bien y del mal, nos acostumbramos a dictaminar lo que corresponde o no, y obramos, llevando las consecuencias de nuestras decisiones en nuestra vida. Que gran verdad dice la Palabra, al declarar lo siguiente: “¿Por qué se lamenta el hombre viviente? Laméntese el hombre en su pecado. (Lamentaciones 3:39) Debemos lamentarnos siempre en haber actuado independientemente de Dios; pues, si somos sinceros, reconoceremos que  la mayoría de nuestros pesares, son por causa de nuestras decisiones.

Debido a esto, ante cada decisión, por pequeña e intrascendente que pueda parecer, oremos y esperemos  estar seguros de estar obrando según el pensamiento y la voluntad de Dios; teniendo presente siempre, que la primera y mejor decisión que Dios espera que el hombre tome, es la de recibir a Cristo como Salvador. Esta decisión es la que hace que la vida cambie eternamente. Sus resultados son eternos y sus bendiciones, son para esta vida presente y para la venidera (1 Timoteo 4:8) Porque, al recibir a Cristo como salvador, no solamente recibimos el perdón y la justificación, sino que experimentamos “una renovación en nuestro entendimiento, que nos faculta para comprender la buena voluntad de Dios” (Romanos 12:2) Recibiendo también la fuerza y el deseo para caminar en ella.

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LA DISCIPLINA DEL PADRE

Cuentan que un hombre tenía tres hijos y vivía apaciblemente una vida piadosa, a pesar, que en su hogar, ya no estaba su esposa. Ella había fallecido, cuando el último de sus niños era muy pequeño, y el niño se había criado prácticamente sin conocerla.

Quizás, por ese motivo, el niño siempre fue objeto de los cuidados especiales de su padre y hermanos.

Al llegar a su juventud, el hijo menor empezó a vivir de una manera mundana. Sus amistades lo iban alejando cada vez más del  buen camino y de todas aquellas buenas costumbres que había recibido en su casa.

Su padre sufría al verlo así, apático para las cosas de Dios; pero no dejaba de orar volcando su corazón ante el Señor  cada día.

La conducta del joven no mejoraba, por el contrario, llegaba tarde por las noches y ya no compartía el culto familiar que acostumbraban a tener en familia.

Un día su padre tuvo que hablarle seriamente y le dijo:

-Hijo mío, tú sabes que te amo con todo mi corazón. Siempre fuiste el más consentido, pero ante Dios soy responsable de tu vida y me debes obedecer. Mientras estés a mi cuidado, y habitando esta casa, respetarás sus costumbres y guardarás el buen testimonio, cuidando  tu comportamiento.

No quiero que vuelvas más, como sueles hacerlo tan tarde por las noches. Cuando termines tus estudios, quiero que vengas directamente a casa. No quiero que te quedes más con tus amigos, y que regreses cuando ya todos estamos acostados.

La calle es peligrosa, tus amistades no son buenas, y en estas noches frías  hasta puedes enfermarte andando en la calle a esas horas de la noche. Debes volver a casa ni bien termines. Si no lo haces y me desobedeces una vez más, cuando llegues, no dormirás en tu cuarto, lo harás en el altillo, y te acostarás sin cenar. Así pasarás la noche y al día siguiente arreglaremos cuentas.-

El joven bajó su cabeza en señal de sumisión, pero la noche siguiente, bajo la insistencia de sus amigos, olvido las recomendaciones de su padre y nuevamente se retardó en su regreso.

Al llegar a su casa, entró sigilosamente, tratando de no hacer ruido, pero su padre estaba allí, esperándolo despierto, a pesar de que era una noche muy fría, y su padre que  sufría de reuma, en tiempos fríos como los de esa noche, estaba aquejado por fuertes dolores.

Al ver a su hijo, mil sentimientos cruzaron su alma, pero recordó la Palabra de Dios que dice: “El que detiene el castigo a su hijo aborrece, más el que lo ama desde temprano lo corrige” “Corrige a tu hijo y te dará descanso y dará alegría a tu alma” (Proverbios 13.23 y 29:17) Así que con pocas palabras le dijo.

-Te lo advertí, ve a dormir al altillo sin cenar, y mañana conversaremos-

El joven fue al altillo sin decir ni una palabra. El lugar no era muy cómodo, pues lo usaban para guardar cosas y como nadie entraba allí con frecuencia,  hacía mucho frío en ese lugar. Quejarse no podía, pues sabía que era responsable de esta situación y que bien merecido lo tenía, así que buscó hacerse lugar en el sofá, y taparse con lo que pudiese para poder  pasar esa noche.

Una vez acostado, pensaba en lo cómodo que podría haber estado en su cuarto de no haber sido desobediente y con esos pensamientos se quedó dormido.

A la mañana siguiente se despertó muy temprano deseando bajar a la cocina y prepararse para el desayuno al calor de la estufa; pero, al abrir la puerta, lo que vio lo dejó más helado que la noche fría que había pasado durmiendo en aquel sofá.

Vio a su padre, al costado de la puerta, durmiendo incómodamente en el piso. Al verlo se estremeció. Pensó en cuanto habrá sufrido su cuerpo enfermo en aquella  noche cruda de invierno. Su corazón compungido hizo que estallara en llanto;  y desesperado se echó sobre su padre llorando pidiéndole perdón con lágrimas de arrepentimiento.

Después de haber visto esa acción de su padre, que si bien fue duro en disciplinarlo, también sufrió juntamente con él en aquella experiencia penosa; manteniéndose cerca, a pesar de que él no lo viera, su corazón fue tocado y hasta recordó las palabras del evangelio que tantas veces escuchó de su padre, y recibió a Jesucristo. De allí en más, el hijo menor fue el gozo del padre.

¡Con cuanta razón dice la Palabra de Dios!: “Castiga tu hijo en tanto que hay esperanza, más no se apresure tu alma para destruirlo” (Proverbios 19:18)  A veces nos enfadamos y quisiéramos disciplinar y castigar con ira, y esto no da resultados “En la ira del hombre no obra la justicia de Dios” (Santiago 1:20). Pero la vara utilizada a la manera de Dios, quien sufre cuando nos ve equivocados, esa sí que es provechosa y él la utiliza para corregirnos.

Dios como un padre, a todo hijo que ama disciplina. Esa disciplina tiene un propósito, “para que participemos de su santidad” Ver Hebreos 12: 5 al 11

Tanto la  disciplina de Dios, como la disciplina de un padre terrenal a su hijo, es una forma de amor. Si se nos dejará sin disciplina, no sería  amor, sino simplemente  desinterés.

Lo que siempre debemos considerar es la manera como aplicarla. Hay una forma que es la de Dios, y hay una forma que es la del hombre. Por eso se nos enseña: “Y vosotros padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor” (Efesios 6: 4)

¿Cómo entender y poner en práctica de una manera correcta esas directivas de Dios?  Las personas que no conocen al Señor, esto que venimos diciendo,  lo toman como una recomendación relativa, ya que siempre tratarán de defender los supuestos derechos del niño,  priorizando el  cuidado que debemos tener para no cohibirlos, cortándole sus libertades. Pues entienden la disciplina, como una forma mala de sometimiento, y esa clase personas, piensan que lo bueno, es darles siempre a los hijos plena libertad de acción y elección.

Para otros, lo que dice la Palabra, lo toman asociándolo a las disciplinas humanas, y no dudarán en ser muy severos, hasta el punto de ridiculizar a sus propios hijos delante de los demás cuando se equivocan y deben ser corregidos; creyendo que de esa manera, aprenderán y no desobedecerán  nuevamente. Si pensamos con una mente espiritual, nos damos cuenta que  esas no son las formas de Dios.

Por eso se nos dice. “Y no los provoquéis a ira”  Hay disciplinas aplicadas en público que los provocarán a ira. Hay formas de disciplina,  que a los padres le hacen descargar sus nervios y desahogarse, pero a los niños no le hacen efecto, porque lo que  obró allí fue la ira del hombre y lo que causó, fue solamente dolor y más rebeldía.

Pero cuando el que castiga no lo hace con ira, sino con el dolor que le quiebra el alma; el que recibe la amonestación, es trabajado en su corazón. Dios jamás deja a un hijo sin disciplina, y así deben obrar los padres, pero ¡cuidado! Se debe disciplinar a la manera de Dios.

Toda forma de disciplina, tiene un propósito: Restaurar.

El propósito, no es en sí el castigo del que cometió tal acción, sino la de restaurarlo, para que  no vuelva a ocurrir,  y las relaciones que hayan sido interrumpidas por el pecado, vuelvan a su cause normal.

Dios no deja de ser un Dios de amor, aún cuando nos disciplina. Nosotros, no dejemos jamás de reflejar ese amor, cuando debamos poner en orden las cosas que están mal ante Sus ojos. A veces, debido el caso, se tendrá que obrar con mano de hierro, pero siempre, con guantes de seda. De esta manera, el Espíritu de Dios trabajará el alma de quien recibe la reprensión y éste como el salmista podrá decir: “Conozco oh Señor que tus juicios son justos y que conforme a tu fidelidad me afligiste. Sea ahora tu misericordia para consolarme” (Salmo 119:75-76)

LECTURA DE LA SEMANA

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LAS HERRAMIENTAS DEL DIABLO

Dicen, que una vez un hombre soñó que se había hecho una subasta, donde el mismo Satanás había llevado todas sus herramientas

En su sueño, veía una mesa larga donde estaban todas las cosas. Allí se podía ver toda clase de cosas y objetos que el Diablo había utilizado a través de los tiempos para estropear la vida de los hombres y llevarlos a la perdición.

Estaban la codicia, la lujuria, la vanagloria, el poder… y así bajo un manto de simulación todo lo inimaginablemente horrendo. Estas cosas llamaban poderosamente la atención de la audiencia.

Un poco más  adelante, se encontraba una herramienta desgatada por el uso, al parecer ya deslucida, ocupando un sitio especial. Al preguntarle a Satanás por ella, respondió:

– Ah,  esa herramienta, La que se encuentra deslucida y ya gastada, es la que más he utilizado y sigo utilizando. La herramienta con la que llego a concretar mis propósitos cuando todas las demás me fallan.-

Que interesante dijo un espectador, curioso de saber cómo se llamaba esa herramienta.

Satanás respondió:

– Esa herramienta tan eficaz en mis manos se llama. DESALIENTO.

Por medio de ella siempre he vencido. Cuando la codicia ya no hace efecto, cuando la lujuria encuentra a seres cansados y agotados por la vida; cuando la vanagloria ya no tiene tanta fuerza por que el hombre se encuentra preocupado por sus males, y hasta el mismo poder pierde su eficacia ante la vida que se extingue, utilizo EL DESALIENTO.  Éste, enseguida les hace bajar sus brazos y atender  mis sugerencias. Todos terminan haciéndome caso cuando los conduzco al DESALIENTO.

Con esta herramienta siempre logré  que el hombre no le encuentre sentido a nada. Ella lo hizo tropezar al profeta Elías, y lo llevó debajo de un enebro, desde donde  le pidió a Dios que le saque la vida.

El DESALIENTO, hizo que el pueblo de Israel en el desierto murmurara contra Dios, o que David, que era el hombre según el corazón de Dios, cansado de huir de la mano de Saúl, dijera: “Al fin seré muerto algún día por la mano de Saúl, por tanto nada me será mejor que fugarme a la tierra de los filisteos”, y así se pasara al bando enemigo.

Por medio del DESALIENTO, continuó el Diablo diciendo,  sembré el desgano, la disconformidad, la desesperanza, y conduje a millones de seres humanos al suicidio. Por medio del DESALIENTO  los engañé creando en ellos la convicción de que ya no había mas esperanza. Por ello esta herramienta se ve gastada. Es muy antigua, y la más usada, pero aun así, no perdió en nada su eficacia….

¡Sorprendente declaración! Es notable el comprobar que Aquel que “vino para hurtar y matar y destruir” como está escrito en (Juan 10:10) y que su fin es llevar a los hombres a la perdición eterna. Primero los corrompe, los hunde en el pecado bajo el engaño, de que nada es tan grave, ni tan peligroso; y luego que logra introducirlos en el mal, los conduce al total desaliento, diciéndole, como padre de mentiras que es, que ya no hay remedio, que no hay más solución, que nada puede cambiar, y que  no vale la pena seguir viviendo.

¡Cuidado! “No deis lugar al diablo” dice la Escritura (Efesios 4:27) Y darle lugar es escuchar sus mentiras. “No ignoramos sus maquinaciones” (2 Corintios 2:11)  “Por lo cual levantad las manos caídas y las rodillas paralizadas y haced sendas derechas para vuestros pies” (Hebreos 12:12)  Acudid al Señor Jesús en todo momento, y bajo cualquier circunstancia. “El da aliento al cansado y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas” (Isaías 40:29). Jamás pienses, que ya no queda esperanza. El Señor Jesús es Quien dio su vida en la Cruz para salvar al pecador perdido, Y es quien aún hoy sigue llamando y dice: “Venid a mi todos los que estéis trabajados y cargados y yo os haré descansar” (Mateo 11:28) Una vez que lo conozcáis como el único y suficiente Salvador, podréis seguir el camino de la vida con gozo, “puestos los ojos siempre en Jesús….Para que vuestro ánimo no se cansa hasta desmayar” (Hebreos 12:2, 3)

Lectura de la semana

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Cosas que nos desalientan y no podemos cambiar.

Cuentan que una vez,  un rey, le propuso una tarea especial a uno de sus siervos.

Lo llamó y le dijo: – Siempre has sido fiel a mis mandatos. Yo me ausentaré por un tiempo, pero  te pido que cuides mis intereses como lo has hecho siempre y que empujes aquella roca que está bloqueando camino.

Sé que es pesada, pero tú no detengas, empújala con todas tus fuerzas, hasta que yo vuelva-

El siervo, acostumbrado a obedecer y deseoso de complacer a su señor, empezó temprano por la mañana con sus primeros intentos, y empujó fuertemente la roca, sin moverla un  milímetro. En cada nuevo intento tomaba fuerzas y  se acomodaba,  pensando desde que ángulo podía tomarla mejor haciendo palanca, pero la roca permanecía allí inconmovible.

Una gran frustración se apoderó de aquel hombre, pero, a pesar de eso, continuó día tras día intentando correrla.

Pasó mucho tiempo y el rey volvió. Llamó a su siervo, lo contempló con satisfacción y lo felicitó. Éste, aunque  contento de volver a ver a su Señor, bajó la cabeza y le dijo que a pesar de haber intentado cada día quitar la roca del camino, se sentía frustrado, pues no había conseguido correr la piedra.

El rey sonriendo le contestó: -Jamás te pedí que la corrieras, sólo te pedí que  empujaras, y que lo hicieras cada día con perseverancia. La roca seguramente iba a permanecer en su lugar y quizás a ti te parecería un esfuerzo vano, pero tu obediencia no lo fue, ya que  yo, quería que lo hicieras, para mantenerte fuerte y sano; firme, como te encuentras hoy a pesar del tiempo que ha pasado.

Mira tus músculos, se han tonificado. Tus fuerzas se mantuvieron intactas, porque cada día hiciste el esfuerzo. Eres un siervo fiel, no has fallado, sino todo lo contrario, porque  aun sin entender bien mi voluntad, lo intentaste con perseverancia-.

Esta historia nos hace pensar en aquellas situaciones donde nos encontramos desalentados sin comprender porque suceden las cosas.

Al igual que aquel siervo, los que hemos recibido a Cristo como nuestro Señor y Salvador,  también muchas veces  nos encontramos decepcionados cuando no comprendemos los propósitos del Señor en nuestras vidas y nos encontramos con cosas que nos son pesadas

Muchas veces, lo que nos ocupa a diario mientras velamos por los intereses de quien tanto nos amó, nos parece un gran impedimento, o un gran estorbo, y no le encontramos ningún sentido. Sin embargo, el Señor lo puso allí con algún fin,  y nuestra parte y responsabilidad,  no es comprender todas las cosas, sino ser fieles en el lugar y en la condición  que nos puso.

Job, encontró un gran impedimento en su vida. Siendo un hombre fiel, del cual el mismo Dios dio testimonio. Se encontró de un momento a otro  privado de todo, incomprendido y enfermo. Sin embargo, mantuvo su integridad. Hasta allí, manifestó una grandeza de ánimo sorprendente. Sin embargo, para él “la piedra no se corrió”, sino hasta llegar a la conclusión de aborrecerse en polvo y ceniza. Cuando se vio realmente nada ante la grandeza de Dios, el Señor mismo lo levantó bendiciéndolo ricamente  y multiplicándolo en todo. (Véase Job 1: 22 cap 42:6)

Pablo, tuvo un privilegio especial. Una misión confiada a él muy particularmente, tocante a la revelación de lo que es la Iglesia. Fue Apóstol de Jesucristo, Profeta, para anunciarnos todo el consejo de Dios;  un cuidadoso pastor, un maestro excelente de las verdades divinas y  un evangelista incansable. Tuvo todos estos dones maravillosos, pero también un aguijón en su carne, lo cual lo hizo clamar a Dios tres veces para que se lo quitara y sin embargo, sólo escuchó de parte de Dios: “bástate mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad” (2 Corintios 12.9) Así, comprendió que esto le era necesario para mantenerlo en humildad y en la pequeñez conveniente. La piedra no le fue quitada, pero lo fortaleció, manteniéndolo fuerte y firme en su fe, aferrado al Señor y en su dependencia. Pablo es quien escribiéndole a los hermanos de Filipos, pudo alentarlos y decirles: “Regocijaos en el Señor siempre” (Filipenses 4:4) ¿y dónde estaba aquel que los alentaba así? Les estaba escribiendo desde una lóbrega prisión romana, pues era prisionero de Jesucristo.

¡Cuántas cosas habrán pasado por el corazón de éste siervo de Dios! A Filipos llegó, cuando, a pesar de su deseo de  seguir extendiendo el evangelio en Asía, se vio impedido por el Espíritu Santo y tuvo la visión de un joven que le decía “pasa a Macedonia y ayúdanos” dando por cierto que Dios los llamaba a que llevaran el evangelio hacia aquella zona. ¿Y obedeciendo al Señor, qué encontraron? Podemos decir con convencimiento que encontraron cosas maravillosas, almas preparadas, y un verdadero gozo en el Espíritu Santo, aunque, ante la apreciación carnal de las cosas, podrían haberse desalentado, ya que rápidamente terminaron encarcelados y azotados  cruelmente. (Véase  Hechos Cáp. 16)  ¡Cuántas aparentes contradicciones podríamos encontrar en estos acontecimientos!  Sin embargo, Pablo y Silas cantaban cánticos en la noche al Dios que servían,  sin que esas circunstancias turbaran sus almas. La fe descansa tranquila confiando en aquel en quien ha creído. 

Como dice el Himno. “No juzguéis por los sentidos los designios del Señor, si parece que las pruebas contradicen su amor”

No siempre sabremos porque suceden las cosas, pero siempre podremos descansar confiados en que “A los que Dios aman todas las cosas les ayudan a bien” (Romanos 8:28)

La fe no necesita saber todos los porque, ella descansa confiadamente conociendo “a quien ha creído” (2 Timoteo 1:12) Llegará un momento, en que en la presencia del Señor conoceremos todos los detalles, así como hoy en día somos conocidos por el Señor.

En aquel momento, de nuestro corazón solo brotará la adoración porque veremos que por las circunstancias por la que el Señor nos condujo en el camino, eran las necesarias. “Para a la postre hacerte bien” (Deuteronomio 8:16)

También sobre esta tierra muchas veces haremos la experiencia de darnos cuenta como el Señor ha sacado algo bueno de aquello que fue tan malo. “Para consolar a los que están en cualquier tribulación por medio de la consolación con que NOSOTROS SOMOS CONSOLADOS POR DIOS” (2 Corintios 1: 3 al 5) Porque, habiendo hecho tales experiencias, podemos asemejarnos a aquellos de los cuales se dice: “porque ellos han visto las obras del Señor  y sus maravillas en las profundidades” (Salmo 107.24)

Y cuando lleguemos a su presencia en los cielos, experimentaremos perfectamente lo que solemos cantar cuando expresamos:

En la célica morada de las cumbres del Edén

Donde cada voz exalta al autor de todo bien.

El pesar olvidaremos, y la triste cerrazón,

Tantas luchas del espíritu, con el débil corazón.

Si allí será gratísimo, en el proceder pensar,

Del Pastor fiel y benéfico que nos ayudó a llegar.

Lectura de la semana

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LA GRACIA DE DIOS Algunas consideraciones sobre el tema

Hay un cántico que dice: La gracia de mi Dios, el tema encantador…

Y verdaderamente es así. La gracia de Dios es un tema maravilloso que llena nuestros corazones de adoración.

Recordemos que la palabra GRACIA significa: Beneficio, favor, o don no merecido. Y que es el principio sobre el cual Dios bendice a los hombres.

Dios perdona y bendice sobre la base de la obra perfecta hecha por Cristo en la cruz, y ofrece esa salvación sobre ese principio maravilloso: Su gracia.

El hombre tiene la tendencia de querer hacer algo para ganar su salvación y de esa manera no mostrar su nulidad al respecto. Sin embargo, la salvación es enteramente de Dios por lo que ha hecho Cristo, sin necesidad de que el hombre le agregue nada. Si el hombre tuviese que hacer algo por sí mismo para ser salvo, la obra de Cristo para salvación no sería completa; y si el hombre tuviese que hacer algo luego de recibirla, para mantenerla, la salvación no sería perfecta.

No debemos olvidar nunca que Dios trata con nosotros sobre el principio de gracia. Olvidar eso, hace que luego no podamos comprender muchas cosas. Muchos, no entienden como Dios puede perdonar y restaurar a ciertas personas, debido a los pecados que cometieron, y esto, porque sus ojos se posan en el pecado y sus consecuencias y no sobre Cristo y su obra perfecta. El focalizar los pensamientos únicamente sobre el pecado, dificulta la comprensión de la salvación por gracia en Cristo Jesús.

Muchas veces, ante el pecado y sus consecuencias, las personas se indignan y los corazones se cierran y claman justicia, y no se ven satisfechos, hasta  no ver en aquellos que pecaron restituciones concretas. Los que piensan así, no tienen dificultad en aceptar que Dios perdona y restaura, en tanto y en cuanto el perdonado pueda hacer restitución por los pecados que cometió y de esa manera sus faltas sobre la tierra ya no se noten.  Por ejemplo: En casos como en el del endemoniado gadareno, no tienen dificultad en aceptar su restauración, porque si antes,  el endemoniado tomaba piedras y hería, luego del encuentro con el Señor ya no hirió  más a nadie,  y si antes,  habitaba solo y desnudo, luego se mostró vestido y en su cabal juicio. (Véase Marcos 5:5, Lucas 8:35)  En casos como el de Zaqueo tampoco tienen dificultad, porque en aquello que había defraudado estuvo presto a hacer una restitución por cuadruplicado (Lucas 19:8) Donde encuentran dificultad, es en los casos, donde se hace imposible hacer restitución; por ejemplo cuando se ha quitado una vida, o se han roto cosas que ya no se pueden volver a unir. Allí tropiezan, porque quienes pecaron, aunque se muestren arrepentidos, al no poder cambiar totalmente su historia sobre la tierra, son considerados como inmerecedores de los privilegios de la restauración. ¡Cuidado,  esa es una mala apreciación de la gracia de Dios! Debemos saber que así, como el pecado siempre destituye, el perdón de Dios siempre restaura.  

La restauración no se basa en aquello que podamos hacer, sino en la eficacia de la obra de Cristo. Dios restauró la vida del gadareno,  y la de Zaqueo y puede perdonar a un asesino, y restaurar su vida, no por ser merecedores de ello en virtud de la restitución que pudiesen hacer, sino por lo que hizo Cristo en la cruz, pagando por sus pecados.  La reacción de un hombre como Zaqueo y el cambio en el gadareno, fueron la muestra de haber experimentado la gracia de Dios en sus vidas  y no lo que obligó a Dios a obrar así con ellos. Dios siempre obra por gracia, es decir sin que el hombre se lo merezca, y por amor, no por obligación como quien se  ve forzado a hacerlo. Por eso los salvos exclamamos en adoración: “¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! Porque ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero? ¿O quién le dio a él primero, para que le fuese recompensado?” (Romanos 11:33-35)

Dios obra en su gracia, porque obra en amor y porque su justicia está plenamente satisfecha en Cristo. Aquellos que no ven esto en su plenitud, encontrarán siempre dificultad y tropezarán haciendo diferencia entre pecado y pecado.

DISCIPLINA

Pensemos ahora en los aspectos de la gracia con relación a la disciplina. En 1 Corintios 5 se nos dice de un caso notorio de inmoralidad del cual ni se hablaba aún entre los gentiles. Ese caso, primero fue tolerado, luego juzgado delante del Señor por la congregación, hasta que aquel que había cometido tal acción, fue sacado fuera de la comunión de los santos, considerado un perverso. Luego, vemos que en la segunda epístola escrita por el apóstol Pablo, se nos habla de él, como alguien en el cual la disciplina de Dios había llevado sus frutos.  El tal, se había arrepentido y estaba presto para ser restaurado, peligrando ser consumido de demasiada tristeza. (2 Corintios 2:5-8)

Este caso, donde se ve tan claramente la disciplina y sus frutos,  también muchas veces es mal interpretado por aquellos que no comprenden lo que es la gracia de Dios; los cuales, piensan que lo que produce la restauración del pecador, es su dolor, su sufrimiento, su angustia extrema. Queridos hermanos, ¡esa es una mala interpretación! Generalmente, se llega a esos pensamientos equivocados, porque  conscientes o inconscientemente, piensan que la disciplina del Señor es un castigo y que tiene por finalidad dar su merecido a quien lo ha deshonrado. Por tal motivo, y en ese pensamiento, si ven que aquel que pecó, está sufriendo bastante, tienen libertad para restaurarlo, sino, es como que deben dejarlo aún más, para que pague por todo lo que hizo, y si lo cometido, no tiene restitución,  entonces, a  tal persona deben dejarla, porque se les hace imposible la restauración nuevamente a su medio. Quizás, llegan a comprender, y no niegan que el Señor lo perdonó, pero, se encuentran como que nada pueden hacer, debido a que entienden que el gobierno de Dios  lo impide.

Si pensamos bien, nos damos cuenta, que no es justo pensar así, ya que la restauración está ligada al perdón y que siempre lo que destituye e impide la comunión es el pecado no confesado, por lo tanto, cuando la cuestión del pecado está solucionada delante de Dios, la restauración procede naturalmente.

El objetivo de la disciplina de Dios es  conducir al reconocimiento, a la confesión y a apartarse del mal. Debido a esto, Dios comienza el trabajo en los suyos, mucho antes de que estas cosas se manifiesten públicamente. Él nos muestra por medio de su Palabra y la acción de su Espíritu, todo lo que ve inconveniente en nosotros, para que lo juzguemos y corrijamos. En su gracia, en esa tarea de mostrarnos lo que estamos haciendo mal, muchas veces utilizará a los suyos para nuestro bien. Si nosotros, a pesar de su trabajo de amor, de su disciplina correctiva, seguimos adelante y persistimos obrando mal, eso ocasionará males mayores, pudiéndonos llevar a caídas terribles, y cuando eso sucede,  todo lo que no hemos juzgado nosotros mismos, lo juzgará él, y de esa manera, como el juicio comienza por la casa de Dios (1 Pedro 4:17) el Señor mismo, como Hijo sobre su casa, juzgará y mandará a los suyos a que quiten el mal de su medio.

Esto es lo que comúnmente se hace cuando se debe sacar a una persona de la comunión a la Mesa del Señor y de sus privilegios,  y a pesar de la severidad y el dolor que implica, no son actos carentes de amor y de gracia.

Toda disciplina, tiene por objetivo la restauración, y no, como podría interpretarse el castigo en sí. Dios nos disciplina, para  hacernos participar de su santidad, de su comunión; es decir, para evitar en nosotros, todo aquello que nos prive de poder andar en su luz e interrumpa nuestra comunión con él. Pero, como hemos dicho, si a pesar de todo ese trabajo el creyente cae y lo deshonra pecando, de una manera que afecta el testimonio público de lo que es la Iglesia del Señor, la tal persona debe ser quitada de los privilegios de la comunión, “excomulgada”, y esto, para que quedando solo ante Dios, recapacite y se vuelva en arrepentimiento.

Volvemos a decirlo, el objetivo de la disciplina no es el castigo, sino la restauración. ¡Y eso, es gracia! Dios no necesita castigar a los suyos que hayan pecado, hasta que ellos mismos paguen lo que hicieron, porque Dios ya se vio satisfecho en su juicio por el pecado,  cuando Cristo Jesús, nuestro salvador, padeció en la cruz.  La disciplina es necesaria para que el testimonio de Dios se manifieste puro sobre esta tierra, y tiene por objetivo, en aquel que ha pecado, conducirlo al arrepentimiento y a la confesión para ser restaurado. Y tengamos por cierto que: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9)

David, que sabía muy bien lo que era el pecado, escribió: “Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, Y en cuyo espíritu no hay engaño. Mientras callé, se envejecieron mis huesos En mi gemir todo el día. Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano; Se volvió mi verdor en sequedades de verano. Selah. Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; Y tú perdonaste la maldad de mi pecado” (Salmo 32:1-5) Y tanto en su caso como en el del hombre de 1 Corintios 5, lo que produjo el perdón y la restauración, fue el arrepentimiento y la confesión, no las lágrimas, ni el gemir todo el día,  lo cual, obviamente, tuvieron su valor, porque pusieron de manifiesto el trabajo interno de Dios en sus corazones, pero , tengamos por cierto, que si tan solamente hubiese sido eso, jamás  podrían haber logrado el favor de Dios; porque Dios tan solo perdona en Cristo.

GRACIA Y GOBIERNO

Dios es el “Dios de toda gracia” (1 Pedro 5:10) y obra justamente sobre ese principio divino: Su gracia. Así quiere que obremos también nosotros, por eso el Señor Jesús le dijo a sus discípulos “de gracia recibisteis, dad de gracia” (Mateo 10:8) Por lo general, las personas siempre quieren ser tratadas con gracia, pero al tratar a los demás, aplican en lugar de la gracia, la rigidez de la ley.

Es bien cierto también, y siempre debemos tener presente, que Dios, además de su gracia, y paralelamente a ella nos hace ver su gobierno. Y en su gobierno, se cumple inexorablemente la ley de la siembra y la cosecha, porque “todo lo que el hombre sembrare eso también segará” (Gálatas 6:7)

A causa del gobierno de Dios hay muchas cosas, que quizás, quien fue perdonado, igualmente deba padecer; porque la acción del pecado y sus consecuencias modifican generalmente las cosas. Sin embargo, esto no cambia la grandeza de la gracia, y que quien haya experimentado esa gracia , la goce de una manera mayor, para la misma gloria de Dios.

Aun actuando en su gobierno, Dios no deja de manifestar su bondad y su gracia, y si su justicia se rebela contra toda impiedad, cuando en arrepentimiento, el pecado se confiesa y se abandona, Dios inclina su corazón, perdona y bendice y “la misericordia triunfa sobre el juicio” (Santiago 2:13)

El hombre natural se siente más atraído hacia la ley y las obras, que hacía la gracia y la fe, porque la gracia, al inferir inmerecimiento, pone de manifiesto la inutilidad del hombre y su nulidad para ganar el favor de Dios, en cambio como la ley exige que el hombre haga, el hombre se complace en querer hacer algo, aunque luego constate por medio de esa ley, solamente su inutilidad y  condenación.

Los hijos de Dios, en cambio, nos gozamos en la gracia de Dios, porque somos conscientes de ¡lo que ha hecho Dios!  (Números 23:23) y ante cada ataque del acusador que nos dice: ¿Cómo puedes acercarte a Dios  luego de todo lo que has hecho? ¿Cómo piensas continuar ahora como si nada hubiese pasado? Podemos contestar: Porque Dios en su gracia, sin que yo sea merecedor de nada, perdonó mis pecados, y él es justo en perdonarme, y perdonar a todo aquel que arrepentido le confiesa sus pecados, porque “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Corintios 5:21)

Por lo tanto, queridos hermanos, considerando lo que son los dones inmerecidos de Dios, gocémonos en la gracia y siempre conscientes de eso, digamos de nosotros mismos “Por la gracia de Dios soy lo que soy” (1 Corintios 15:10) “Porque ha hecho maravillosa su misericordia para conmigo” (Salmo 31:21)  


Lectura de la semana

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¿NOS HEMOS OLVIDADO DEL EVANGELIO?

La gracia de Dios ha sido superabundante para con nosotros. Los que conocemos a Dios como un Dios salvador, podemos decir que su gracia ha sido y es maravillosamente abundante. Dios nos ha sacado de lo más bajo, nos ha redimido, y nos hizo gustar una salvación ¡tán grande! Todo eso, sin que hubiera en nosotros merecimiento alguno; porque fue según el deseo de su corazón, que abundó en amor. Esa gracia hace que finalmente, por medio del sacrificio perfecto del Señor Jesús,  haya luego sobre esta tierra, adoradores según el pensamiento de Dios, testigos de Su amor y Su gracia embajadores y otras tantas funciones como las que cumplen los salvos.

Las Sagradas Escrituras dicen: “Porque esto es bueno y agradable delante de Dios nuestro Salvador, el cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1 Timoteo 2:4) ¡Qué hermosa declaración!

Por un lado, el deseo de Dios de que todos los hombres sean salvos, y por otro, aunque muy unido a eso: Que vengan al conocimiento de la verdad.

Los cristianos, que pura gracia, conocemos lo que es reunirnos en el Nombre del Señor Jesús con lo que esto implica, debemos reconocer con humillación, cuanto nos cuesta mantener equilibradamente las verdades espirituales de este versículo. Como ante toda declaración divina, debemos considerar que de parte de Dios se nos dice: “Según la ley que te enseñen, y según el juicio que te digan, harás; no te apartarás ni a diestra ni a siniestra de la sentencia que te declaren” (Deuteronomio 17:11) Y este equilibrio , se pierde, cuando, por el vivo interés de que los hombres sean salvos, olvidamos aspectos de la verdad que forma parte del bendito evangelio de Jesucristo y lo completa; o, cuando,  manteniendo un hermoso celo por la verdad, nos olvidamos de la importancia de la evangelización.

Congregados al sólo Nombre del Señor hemos sido ¡tan bendecidos! El Señor nos bendijo siempre con su presencia en medio nuestro, según su promesa (Mateo 18:20) y nos ha hablado al corazón y la conciencia en las reuniones de una manera maravillosa, como así también, por medio de un abundante ministerio escrito. Estas bendiciones, por un lado, nos hicieron crecer en el conocimiento de las verdades divinas, despertando en nosotros, el deseo de compartir esas verdades, enseñarlas y difundirlas, de manera tal, que en todo lugar de reunión, la responsabilidad en cuanto a la enseñanza, en reuniones y otras actividades, ha sido siempre bien suplida,  pues no faltaron nunca buenos enseñadores, pero, en cuanto a la evangelización, posiblemente no en todos los lugares haya sido una ocupación que se incentivara con la misma fuerza. Al decir, “ no en todos los lugares” nos referimos, a que gracias al Señor hubo lugares, donde estas bendiciones que hacen crecer en el  conocimiento de la gracia de Dios, produjo en muchos un hermoso celo por llevar el mensaje del evangelio a toda criatura, cumpliendo el mandato bíblico, a tiempo y fuera de tiempo para la gloria de Dios. Cuando estos dos sentimientos, es decir el que los hombres sean salvos y que conozcan la verdad,  se conjugaron correctamente, hubo frutos hermosos; porque allí sí que verdaderamente se crecía “en la gracia y el en conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2 Pedro 3:18) Sin embargo, como veníamos diciendo, y esto, no como crítica a los hermanos, sino como un auto-juicio primeramente, no fuimos siempre equilibrados en esto, como tendríamos que haber sido. No fuimos siempre celosos por el evangelio y la verdad de Dios, de tal manera que en nuestro servicio, eso subiera a Dios como aquel perfume de Cristo donde “era todo de igual peso” (Éxodo 30:34)

El Señor dijo: “Esto era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello” (Mateo 23:23) Y debemos recordarlo siempre. Debemos andar en la verdad, testificar de esa verdad y enseñarla, y con ese mismo celo, presentar el evangelio, ya que son cosas que están bien unidas.

Alguien una vez, sintiendo el peso de esto que venimos diciendo, preguntó: ¿Nos hemos olvidado del evangelio? De esa pregunta, salió el título del presente escrito, y como respuesta, creemos sinceramente, que debemos decir, que  aunque reconocemos nuestras flaquezas, no es que nos olvidamos del evangelio. Esto lo queremos dejar en claro, pero también dejamos en claro, que la necesidad que tenemos de explicar que no olvidamos el evangelio,  muestra por otra parte, la debilidad con la que nos ocupamos en ello.  Gracias al Señor, el evangelio siempre ha sido presentado de una u otra manera en cada predicación o enseñanza, como así también utilizando diversos medios,  y si Dios da “semilla al que siembra y pan al que come”  (Isaías 55:10) Los hermanos congregados al solo Nombre del Señor, no solamente han trabajado para dar alimento a los que comen, sino también para proveer generosamente semilla a los demás hermanos que también siembran “junto a todas las aguas” Aunque , volvemos a decirlo, reconocemos, que quizá, muchos, hemos sido más enfáticos en predicar  las verdades bíblicas, que en salir a predicar el claro mensaje del evangelio.

Ante esta realidad, uno podría argumentar, que eso a veces sucede, porque el evangelio es predicado igualmente por todos los hijos de Dios que habitan sobre la tierra, aunque gran parte de ellos desconozcan muchas verdades, pero la verdad que encierra todo el consejo de Dios requiere de creyentes que conozcan la sana doctrina. A pesar de esto, y de muchas otras cosas que pudiéramos decir, debemos reconocer que lo fundamental del cristianismo es Cristo. Por eso, debemos presentar todo el consejo de Dios, centrado en su gloriosa persona, y en ese equilibrio que nos presentan las Sagradas Escrituras, donde Cristo es presentado como Señor y Salvador y las verdades en cuanto a la iglesia, son reveladas de una manera clara y perfecta. De esa manera hacemos una realidad lo que solemos cantar: “Cristo sólo es nuestro anuncio, nuestra prédica él será”.

En estos tiempos finales, debemos redoblar los esfuerzos y presentar el claro mensaje del Evangelio de Cristo. ¿Quiénes mejores que aquellos que conocen el pensamiento de Dios, para presentar ese evangelio glorioso? Muchas veces, decimos que al ver que se enseñan tantos errores, debemos contender ardientemente por la fe (ese conjunto de las doctrinas cristianas) que han sido una vez dada a los santos (Judas 3) Y es bien cierto, pero también es cierto, que presentando la verdad, quedará evidenciado el error. Y aunque al presentar la verdad, lógicamente nos tocará muchas veces mostrar todo lo que no es de Dios y la separación necesaria, nuestro tema central,  no será la separación, sino Cristo.

En esto debemos ahondar. A veces, cuesta encontrar hermanos prestos para el evangelio, porque, deseando los mejores dones, deseamos enseñar, más que evangelizar. Y sin embargo, la primera gran comisión que dio el Señor a los suyos, fue  la de “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Hechos 16:15)

Un hermano, al referirse a las personas nuevas en el camino y los demás que conocen las diversas enseñanzas que pululan en la cristiandad,  solía decir: “Es más fácil hacer un alambrado nuevo, que remendar uno viejo” y esto es bien cierto. Aunque es hermoso serle de ayuda a personas que deseen salir del error, mostrándoles las verdades de la Palabra; también es hermoso y sobre manera efectivo, cuando un alma encuentra al salvador y como aquel “alambrado nuevo” va formándose  desde cero en lo que tiene que ser, sin interpretaciones equivocadas que corregir ni preconceptos equivocados que constantemente lo obstaculicen.

Esto que venimos diciendo, no tiene por objeto desalentar a nadie que se ocupe en la enseñanza de la Palabra, sino muy por el contrario, alentar a todos a trabajar para el Señor, comenzando desde la evangelización. Sin enseñanza de la palabra, no habría un  testimonio claro, tal  como el Señor desea. Además, debemos recordar que cuando la enseñanza faltó, las consecuencias fueron terribles “Mi pueblo fue destruido, porque le faltó conocimiento” (Oseas 4:6) Si aquellos que conocen la verdad, la callan, ¿quiénes la enseñarán? En medio de la oscuridad de la noche que atravesamos, y de un abandono tan gran de la verdad en el ámbito cristiano mismo, ¿quiénes se levantarán como testigos mostrando el camino, sino aquellos a los cuales el Señor se lo indico antes? Hay que ocuparse como dice la Escritura, “en la lectura la exhortación y la enseñanza” pero sin dejar de dar testimonio de nuestro Señor Jesucristo presentando incansablemente el evangelio de salvación.

El Señor ha dado dones a los hombres (Efesios 4: 8-12) entre los cuales se encuentran aquellos dones que fueron utilizados en el comienzo, para colocar el fundamento de nuestra fe, como lo fueron los apóstoles y profetas, y también dones, como evangelistas, pastores y maestros que consolidan la fe de los santos y los preparan para el ministerio. Hay pasajes de la Palabra donde no encontramos el don de evangelista, pues en ellos se está hablando del funcionamiento del Cuerpo de Cristo, y el evangelista es quien sirve a Dios presentando a Cristo a las almas, para que sean salvos y pasen a formar parte  de ese cuerpo. Si el Señor no siguiera agregando a su iglesia los que se van salvando día a día,  ¿los pastores, a quiénes apacentarían? ¿Los maestros, a quiénes enseñarían? Esto, lo debemos aplicar  en escala a la congregación local, y es el mismo principio. Si no nos ocupamos en el evangelio de la gracia de Dios, ¿Quiénes serán los futuros testigos de Jesucristo?

Pensemos en ello, y anhelemos los mejores dones, sabiendo que el de evangelista es uno de ellos, porque en el evangelista se manifiesta el mismo amor por las almas perdidas que en Cristo nuestro Señor. Pidámosle al Señor la fuerza y capacidad para testificar sin avergonzarnos,  haciendo obra de evangelista (2 Timoteo 4:5) “Sembrando la semilla sin dejar reposar la mano” (Eclesiastés 11:6) Repartiendo a siete y aun a ocho… (Eclesiastés 11:2)  Con la paciencia del labrador, que “para participar de los frutos, debe trabajar primero…  como un buen obrero aprobado…” (2 Timoteo 2: 6 y 15) y teniendo presente siempre, que para ser aprobado, todo hijo de Dios, independientemente del don que hubiera recibido, debe anunciar el evangelio de la salvación, porque como dice la Palabra.  “sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1 Pedro 2:9)

Todo redimido por la sangre preciosa de Cristo, debe ocuparse en ganar almas para el Señor. “El que gana almas es sabio” (Proverbios 11:30) Comenzando desde su entorno: “Ve a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti” (Marcos 5:19) y siguiendo hasta lo último de la tierra (Hechos 1:8)


Lectura de la semana

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LOS DOS ÁRBOLES Y SUS FRUTOS (Sobre las dos naturalezas del creyente)

En una hermosa casa de campo, un hombre plantó dos árboles. Uno de ellos, estaba estratégicamente situado cerca de la vivienda, para que diera su sombra y reparara los vientos. Como la caída del techo daba hacia su lado, se encontraba casi continuamente regado por el desagüe y debido a eso crecía vigorosamente.

El otro árbol  se encontraba algo más retirado. Estaba en la cerca hermoseando la vista de la entrada a la casa.

Los dos árboles fueron plantados al mismo tiempo, pero al cabo de unos meses se vio que el árbol  del interior, plantado cerca de la vivienda, tenía un mayor crecimiento,  pues el agua que caía del techo lo regaba constantemente.

El otro arbolito, no tenía el mismo beneficio, por lo cual empezó a palidecer y no se desarrollaba.

Pasó el tiempo y el propietario  y todos los de la casa notaron que  había un árbol que se estaba secando.

El dueño de la casa se dijo para sí mismo: el árbol de adentro crece y da sus frutos, mientras que el de afuera palidece sin fuerzas. Tendré que prestarle más  atención al arbolito que está en la entrada.

Como el árbol de adentro se mostraba afirmado y fuerte, el propietario lo fue dejando  de lado, creyendo que ya no requeriría de tantos cuidados, e intensificó su atención poco a poco en el árbol de afuera.

Lo regó diariamente, mejoró su apariencia y hasta utilizó productos fertilizantes.

No mucho tiempo después, se mostró un cambio sorprendente. Sus ramas reverdecieron y empezó a crecer desmedidamente. Aquel árbol, ahora estaba recibiendo su verdadero alimento para crecer.

Vino el tiempo seco, y el árbol del interior lo sintió. Ahora era aquel árbol del cual se pensaba que sería tan fuerte como para no prestarle tanta atención el que  comenzaba a languidecer. Por el contrario, el del exterior que recibía diariamente su atención y su riego, seguía creciendo desmedidamente,  hasta que sus altas ramas llegaron a  enredarse en los cables del alumbrado.

El árbol llegó a crecer tanto, que fue hasta perjudicial, ya que en los días ventosos, el vaivén de sus ramas, movían los cables y provocaban el corte de la luz.

Esta historia nos hace pensar en nosotros mismos, con verdades que debemos siempre tener presente. Toda persona que ha aceptado a Cristo como Su Salvador y por ende ha pasado de muerte a vida, tiene en su interior, dos naturalezas. En el creyente, hay dos naturalezas que responden como aquellos dos árboles. La vieja naturaleza, llamada así, porque es la naturaleza humana con la cual nacemos, y que exterioriza de alguna manera lo que hay dentro del corazón del hombre pecador ; y  la otra: La nueva Naturaleza que nos es comunicada cuando habiéndonos arrepentido aceptamos al Señor Jesús como Salvador y nacemos de nuevo.

“El que tiene al Hijo tiene la vida” nos dice el apóstol Juan en su primera carta Capítulo 5:12.  Esta vida, es la naturaleza divina en nosotros, la nueva vida en Jesús que se adquiere con la conversión y  que se alimenta con las cosas de Dios. Las lluvias de  bendiciones celestiales la riegan,  como se  regaba aquel árbol interior que crecía sano y vigoroso.

La otra naturaleza, la Biblia la llama también, “la carne”, y se alimenta con las cosas del mundo. Es la que tiene atracción al pecado, y se regocija en las cosas que no son de Dios. En nuestra vida, podemos decir que, como en la historia, mientras crece un árbol, el otro, mengua. Mientras nos ocupamos de la vida interior, ésta vida, cual un árbol crece y da sus frutos. “Y el fruto del Espíritu es: amor, gozo paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza.” (Gálatas 5: 22)

Pero, suele ocurrir que  pasado un tiempo, el primer amor en el creyente decrece; éste, se va enfriando, y sintiéndose seguro de sí mismo, llega a desatender su vida espiritual. Allí, sin darse cuenta y de manera natural, empieza a sentir cada vez menos deseos de las cosas de Dios y más deseo por las cosas del mundo. Lógicamente, al comenzar a declinar   no se nota, es prácticamente imperceptible, pues como dice la Biblia: “Se entra suavemente” (Proverbios 23:31) y no son las cosas más  groseras que tiene el mundo para ofrecernos  con lo cual comienza el descenso; pero ¡cuidado!  Pronto, si no se reacciona a tiempo, se puede terminar hundido profundamente en el lodo espeso del pecado.

Cuando uno es joven en la fe, y no conoce bien las profundidades de su corazón, puede llegar a pensar que hay recomendaciones algo exageradas, pues siente confianza en sí mismo,  como aquel hombre de los dos  árboles, que pensó que el árbol de adentro estaba seguro. Cuando esto suceda, haremos también la experiencia como con los árboles que cuando alimentamos y cuidamos a uno, desfallece el otro. Y tengamos por cierto, que la carne en nosotros, como aquel árbol de afuera, que cuando empezó a crecer, causo inconvenientes, no dejará nunca de causarnos dolor. “Pues manifiestas son las obras de la carne son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones herejías. Envidias. Homicidios, borracheras, orgías y cosas semejantes a estas” (Gálatas 3. 19-21)

Esto es lo que declara la Palabra de Dios ¿lo aceptaremos y diremos: Amén?  ¿O pensamos que podremos vivir una vida de fe victoriosa, caminando por dos caminos? Es imposible transitar a la vez por ambos caminos.  Cuando no se alimenta el Espíritu se alimenta la carne.

Muchas veces nos revelamos ante tantos “No harás esto ni aquello”, como encontramos en la Palabra y,   ante los consejos de nuestros mayores, los cuales tomamos como exagerados, pensando  que  podremos manejar finalmente todas las situaciones. Cuando pensamos y hablamos así, corremos el peligro más grande. No pensemos que el maligno ya no tiene poder. Recordemos aquella expresión que dice: “El que es nacido de Dios se guarda a sí mismo, y el maligno no le toca” (1 Juan 5:18 V. Mod.)  Ese poder, el maligno no puede efectivizarlo cuando “El avisado ve el mal y se esconde” (Proverbios 22:3) de lo contrario nos dañará

Una de las maneras más efectivas para cuidarnos, es preguntarnos diariamente delante del Señor: Esto que deseo hacer,  ¿me hará crecer espiritualmente? ¿Será algo que llevará gloria al Señor? ¿Me fortalecerá y aumentará mi comunión con Dios? O por el contrario, ¿me distraerá, quitándome  el gozo y la paz de su comunión? ¿Podrían estas cosas conducirme a pecar, despertando en mí  los antiguos deseos de cuando vivía en la carne? Al hacernos tales preguntas, nos daremos cuenta, que hay cosas que no podemos permitirnos en absoluto, porque son radicalmente malas; pero que también hay otras, consideradas lícitas,  que no siendo en sí mismas un pecado propiamente dicho, no nos edifican en absoluto e inclinan nuestro corazón hacia las cosas del mundo que no proceden del Padre, despertando naturalmente  los deseos de la carne; las cuales tampoco debemos permitirnos.

Amados. Cuidémonos de alimentar solo aquel árbol del interior, el que se nutre de Cristo. De allí saldrán los mejores frutos de los cuales nunca nos arrepentiremos.

Dejemos al otro árbol sin alimento que sin alimento no dará frutos. Seamos conscientes y no olvidemos  que mientras estemos sobre esta tierra, tendremos en nosotros,  dos árboles que dan frutos completamente distintos, LA CARNE Y EL ESPIRITU, LA VIEJA Y LA NUEVA NATURALEZA. 

La vieja naturaleza no cambia con la conversión, y  sigue siendo siempre tan mala e incorregible por más años que podamos tener en el camino cristiano.  Solo se aquieta cuando no se nutre.

La Palabra de Dios: “Andad pues en el Espíritu, (es decir conducidos por el Espíritu de Dios, dejándolo obrar plenamente en todas nuestras cosas) y no satisfaréis los deseos de la carne” (Gálatas 5:16)

Al considerar estas cosas, debemos tener presente, que estas dos naturalezas son las que están en el creyente no en los inconversos. En la persona inconversa, es decir, en aquella que no se ha vuelto a Dios y recibido por fe al Señor Jesús como su único y suficiente salvador, solo hay una naturaleza, la naturaleza de pecado. La vieja naturaleza de la que hablamos, que solo conduce al mal.

Si leyendo esta meditación, hubiera alguna persona que no conoce aún al Señor Jesús como su salvador, o se encuentra confundido y no tiene la seguridad de su salvación, a esa persona, le decimos con los mejores deseos de nuestro corazón, que no deje pasar más el tiempo y en el estado que esté, se vuelva a Dios, confiese sus pecados y reciba a Cristo como su salvador aceptando lo que Dios dice en su palabra.

El Señor  dijo: “Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entrare a él” (Apocalipsis 3:20) Si Cristo entra en su vida, tendrá una vida nueva, la vida de poder. “Las cosas viejas quedarán atrás, entrando en un terreno de cosas nuevas” (2 Corintios 5:17) 

¡No deje pasar esta oportunidad! El Señor  dijo en su Palabra: “El que a mi viene no le echo fuera” (Juan 6:37)  y “Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano” (Juan 10:28)

¡Ahora es el momento para recibir a Cristo y con él una nueva vida de victoria!


Lectura de la semana

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Caminaban con las manos

Cuentan que una vez, alguien  tuvo un sueño muy extraño. En su sueño, se encontraba en cierto lugar, sin saber cómo había llegado. Aquel sitio, era similar a todos los lugares que conocía, sólo, que allí vio, cierta particularidad en sus habitantes que realmente lo sorprendió. Todas las personas de aquel lugar caminaban con las manos. Era algo realmente sorprendente ver como los niños eran enseñados y hasta las personas de  edad avanzada eran ayudadas de distintas formas, para que finalmente todos pudieran caminar con las manos.

En su sueño, él les decía  que debían caminar con los pies, que Dios había hecho al hombre para que anduviera sobre sus pies, no sobre sus manos. Les decía que les haría mal mantenerse en esa postura. Les explicaba que era peligroso y que no era sano caminar así;  pero nadie  hacía caso; pues le decían que a ellos les gustaba  conducirse de esa manera.

Algunos decían que sabían que se caminaba con los pies, pero que no querían ir a contramano del resto. Otros recordaban que cuando eran niños habían andado con los pies, pero que luego todo cambió, y que estaban resignados y  preferían seguir haciéndolo con las manos, mientras esto no le hiciera mal a nadie. Finalmente, todos llegaban a la misma conclusión: Si con esta manera de conducirse no le estaban haciendo mal a nadie, esto quería decir que podían hacerlo y si alguien pensaba lo contrario,  era solamente una cuestión de opiniones. Siendo entonces  una cuestión de opiniones, pedían amablemente que nadie se metiera en sus asuntos pues ellos seguirían caminando con las manos.

Al despertar de su sueño, lo primero que hizo fue exclamar: ¡Oh,  qué sueño más disparatado! Pero luego pensando más detenidamente, se dio cuenta de que su sueño, no era otra cosa más que una pequeña analogía de lo que vivía  y le preocupaba;  y que era justamente,  luchar contra la corriente, al ver como alrededor suyo la gente dejaba de lado los principios éticos y cristianos por otras formas de actuar y  de conducirse que no eran siempre justas ante los ojos de Dios sino que era la manera en la que deseaban conducirse.

Relacionó su sueño con las observaciones que había hecho en distintos círculos cristianos; dónde había visto con estupor, como el mundo se había introducido de tal manera que los mandamientos y las enseñanzas de Dios claramente expresados en la Biblia, eran tomados como ritos antiguos, pasados de moda, e innecesarios para nuestros tiempos.

Entendió, porque no lo comprendían, cuando él  decía en la congregación que no se estaba obrando según lo que enseña la Palabra. Cuando decía que al ver a los creyentes tan mundanizados y a los jóvenes obrar y conducirse sin poder discernir al verlos  si son cristianos o no, sentía como que la sal había perdido su sabor; y les recordaba que el Señor había dicho “Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada” (Mateo 5:13)

Al pensar en su sueño, se sentía identificado, pues recordaba como aun,  en las congregaciones más conservadoras de la sana doctrina, notó, que mucho de lo que se hacía, no era estrictamente bíblico, aunque se dijera que allí se regían según la Biblia en todo. Con tristeza, llegó a la conclusión de que estaban más pendientes en no perder la “membresía”  o en aumentarla que en obrar para la gloria de Dios.

Recordó, cómo,  donde él se congregaba, muchas veces hizo observaciones sobre las actividades que se llevaban a cabo y la forma  en la que se hacían, y nunca tuvo una respuesta satisfactoria. A cada observación suya, siempre se le respondía que no fuera tan estricto, que había que adaptarse a los tiempos y las nuevas formas, y que muchas cosas no deseaban cambiarlas, porque siempre las habían hecho de la manera que habían sido enseñados; Lo cual ponía en evidencia que no tenían el deseo de escuchar y ver a los otros creyentes que les precedieron, para “aprobar lo mejor, a fin de ser sinceros e irreprensibles” (Filipenses 1:10)

Al meditar en todo esto, se dijo a sí mismo: ¡Mi sueño no es tan disparatado! Hay personas que son como las de aquella ciudad, dónde,  como siempre habían caminado con las manos, cuando se les enseñaba que debían hacerlo con los pies, no querían hacerlo ni mostraban que tampoco tenían deseos de saber cómo era la manera correcta.

¡Qué distinto era la nobleza que destaca la Palabra de Dios, de aquellos creyentes que estaban en Berea! Que “Recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así” (Hechos 17.11)

¡Qué época difícil  nos toca vivir! En todos los ámbitos podemos pensar que ocurre lo mismo. Los niños, muchas veces, son enseñados de una manera que nos preocupa, pues se les hace pensar al revés de lo que tendría que ser, y a los mayores, que han vivido y aprendido de otra manera, se los va ayudando para que cambien ese esquema mental; pues ellos vivieron épocas cuando se les marcaba a las personas claramente sus deberes, no únicamente sus derechos. Dónde se les exigía que respetaran y fueran agradecidos y colaboradores, en lugar de demandantes insatisfechos. Evidentemente, nunca las cosas fueron como deberían ser, pero a medida que pasa el tiempo, y los principios Bíblicos y  las enseñanzas de la Palabra de Dios son cada vez más dejados de lado, más notamos la decadencia en nuestra civilización; y esto, se manifiesta  en las tristes consecuencias que vemos a diario.

¿Qué hacer, o cómo debemos actuar en estos tiempos que nos toca vivir, dónde como veíamos, a veces sentimos que la mayoría de las personas se acostumbró a “caminar con las manos” sin mostrar el más mínimo deseo de cambio?

Primeramente, no desesperar, y reconocer dos cosas muy importantes.

La primera, es que la balanza perfecta, para pesarlo todo, la tiene Dios;  por eso no debemos discutir por mantener ideas ni costumbres particulares, sino ser guiados siempre por la Palabra de Dios, para actuar, según él nos enseña. De esa forma, no dirán que queremos legislarlo todo, sino que comprenderán que la Palabra de Dios lo dice así, claramente a todos, y “el que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina (enseñanza) es de Dios” (Juan 7:17) o uno habla por su propia cuenta.

La segunda, es tener en cuenta que no estamos solos, ni somos los únicos en pensar así. Dios en todo momento se reserva un remanente de personas que desean serle fieles a pesar de todo.

Elías en un momento dijo: “solo yo he quedado” (1 Reyes 19:10) Pero Jehová se había reservado siete mil que no doblaron las rodillas ante Baal. Dios siempre tiene a los suyos, y debemos caminar juntos, aunque de momento no los veamos, y debamos comenzar con la fidelidad en el plano estrictamente personal y no en ámbito colectivo.

En la Segunda Epístola del Apóstol Pablo a Timoteo, encontramos el camino a seguir en los tiempos finales de la estadía de la Iglesia en la tierra, y las recomendaciones, llaman nuestra atención, pues son dirigidas al individuo. Pablo se dirige a Timoteo diciéndole: “TÚ pues hijo mío esfuérzate” “TÚ pues sufre penalidades” “Pero TÚ has seguido mi doctrina” “Pero persiste TÚ en lo que has aprendido” “TÚ se sobrio en todo, soporta las aflicciones…” (2 Timoteo 2:1, 3- Cáp. 3:10, 14- Cáp. 4:5) Así en todos los pasajes, las exhortaciones son personales, para que no nos desalentemos cuando nos sentimos solos; ni tampoco transijamos porque todos lo hacen; pues el creyente debe mantener la verdad en todo.

Esto lo debemos tener en cuenta, para tener paciencia en su justa medida, y también influenciar positivamente en los demás que quizás, también comienzan a notar ciertas cosas, que no son correctas, pero que no se expresan, pues aún no tienen la plena seguridad y les cuesta tenerla porque siempre vieron  que el resto no dice nada.

Amados en Cristo: Hemos conocido la Salvación  por medio del Señor Jesús y sabemos que en ningún otro hay salvación. Sabemos que fue por gracia, mediante la fe, sin que debamos agregarle nada de nuestra parte; pero sabemos que si bien no somos salvos por obras, fuimos salvos para buenas obras que el mismo Señor preparó de antemano para que anduviéramos en ellas. Para poder llevar a cabo ese propósito divino, debemos hacer las cosas correctamente, conforme a lo que nos enseña la Palabra de Dios; por más que para muchos, lo que nos parece valioso y deseemos conservar para la gloria de Dios, sean solamente cuestiones triviales, y que haya muchos que llamándose “cristianos” prefieran seguir caminando como lo están haciendo, aunque su andar muchas veces sea como la de aquellos que caminaban con las manos, los que a pesar de saber que hay otra forma de conducirse tocante a las cosas que son de Dios, prefieren seguir haciéndolo según su parecer.


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