¿PUEDE UN CREYENTE QUE HA PECADO VOLVER A PREDICAR Y HACERLO CON PODER?

Alguien preguntó: ¿Puede un creyente que ha caído en pecado y ha estado bajo la disciplina del Señor, predicar el evangelio con entera libertad? ¿Puede levantarse a predicar y hacerlo con poder?

RESPUESTA

Esta es una pregunta muy interesante, pues, para dar una respuesta, debemos considerar varias doctrinas bíblicas referidas al pecado, el arrepentimiento, la confesión, la restauración, la disciplina, los dones… como así también tener en cuenta, los tiempos, las responsabilidades, el entorno y demás. Como así recordar siempre que, a pesar de que en la Biblia,  cuando se trata de pecado y restauración, encontramos principios espirituales generales y absolutos; cada caso es particular y debe considerarse en detalle como tal.

El creyente que ha pecado, ha ofendido a su Señor, manchado su testimonio, y cortado su comunión con Dios. El pecado en el creyente es doblemente grave, porque no pecó naturalmente estando muerto en sus delitos y pecados, ni  desde el desconocimiento de la voluntad de su Señor, sino teniendo todos los recursos para no tener que hacerlo, lo cual agrava su responsabilidad.

Dios, quien a los suyos, no solamente les ha otorgado el perdón de sus pecados, sino que también les dio la vida eterna, haciéndolos participar de la naturaleza divina (2 Pedro 1:4) y los ha adoptado como hijos, sufre este pecado; y no quiere de ninguna manera dejar en esa situación a ninguno de sus hijos. 

Así como Dios proveyó los medios para que no pequemos, también provee los medios, en el caso de haber pecado. Por eso dice la Palabra: “Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. (1 Juan 2:1) Esto engrandece la gracia de Dios, pues si bien, pone delante de los suyos todos los recursos de la Palabra y la intercesión de Cristo; en el caso, de llegar a pecar, también tiene sus recursos para volvernos a su comunión y limpiarnos de toda maldad.

Estos recursos, se encuentran en el trabajo que él mismo hace por medio de su disciplina, y en el trabajo espiritual que ejerce Cristo como abogado para con el Padre, para llevarnos al arrepentimiento y a la confesión. Porque  “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9)

Si reconocemos estas cosas, podemos decir que aunque el pecado y la deshonra al Señor hayan sido grandes, más grandes son los recursos de Dios que se basan en la obra de Cristo, hecha a nuestro favor para restaurarnos.

La disciplina de Dios, tiene un objetivo, que es la restauración, no el castigo en sí. Dios no se satisface castigando a los suyos por los pecados, porque eso ya lo hizo en Cristo.

Con respecto a la disciplina el Señor nos dice en su Palabra. “Pero he aquí que yo la atraeré y la llevaré al desierto, y hablaré a su corazón. Y le daré sus viñas desde allí, y el valle de Acor por puerta de esperanza; y allí cantará como en los tiempos de su juventud, y como en el día de su subida de la tierra de Egipto” (Oseas 2:14,15)

Ese el trabajo de Dios, para atraernos, para que reconozcamos, para que volvamos a participar de su santidad (Hebreos 12:10) Nos habla al corazón en la soledad “del desierto” donde nos encontramos despojados de todo, y nos hace ver lo horrendo que fue lo que hicimos, para que arrepentidos confesemos todo lo que hemos hecho. Así, pone delante nuestro también la posibilidad de recuperar el gozo (Salmo 51: 12) <prefigurado en las viñas> y la puerta de esperanza,  al  saber que uno se puede volver a levantar a pesar de todo y ser restaurado <En el valle de Acor> que nos habla del lugar donde se ha juzgado el pecado (Véase Josué 7:26)  Luego de eso, viene para aquel arrepentido, el gozo como en los tiempos pasados, como en el día de la conversión, como en los tiempos de su primer amor.

Si luego de esto, considerando todo este trabajo de alma en arrepentimiento, alguien se pregunta si un creyente que cayó en pecado y fui disciplinado puede predicar con poder, tenemos que decir, lógicamente que sí. Sí, porque Dios es un Dios de restauración. “Dios perdonador” (Salmo 99:8) “Que perdona y olvida… porque se deleita en misericordia” (Miqueas 7:8)

Es bien cierto que Dios utiliza utensilios limpios y que quien está viviendo en pecado, no está limpio para ser utilizado por Dios, pero si nos referimos a personas que se han arrepentido y confesado su pecado, la cosa es distinta, porque lo que separa de Dios es el pecado no confesado. El pecado no caduca con el tiempo, pero pierde su poder condenatorio ante la confesión y el perdón de Dios. Por eso cuando nos preguntamos por la situación de alguien en relación al pecado cometido, tenemos que saber diferenciar, si es un pecado pasado y confesado o vigente y actual que debe ser aún solucionado.  A Pedro se le dijo: “Lo que Dios limpió no lo llames tu común o inmundo” (Hechos 11.9)

Obviamente, no faltará a quienes les cueste comprender cómo puede levantarse después de tal caída y predicar, porque, como ante sus ojos ha perdido autoridad espiritual, no pueden aceptar una restauración completa. Sin embargo, Dios, cuando perdona, restaura y no deja nada por la mitad. Aquel que se levanta para anunciar el evangelio, lo hace consciente de que es “un tizón arrebatado del incendio” (Zacarías 3:2) Y su fuerza espiritual la da, no su impecabilidad, sino el poder del Espíritu Santo obrando en él, quien lo lleva a presentar las verdades del perdón, y de la gracia, que él mismo experimentó.

Si en lugar de preguntarnos si alguien que ha pecado puede levantarse a predicar con poder, nos preguntáramos: ¿Puede alguien que ha pecado y ha sido perdonado por el Señor, estar lleno del Espíritu Santo, y en ese estado levantarse a hablar de su Salvador? Contestaríamos que sí, sin ninguna dificultad.

Hay un versículo que dice: “Los que ejerzan bien el diaconado, ganan para sí un grado honroso, y mucha confianza en la fe que es en Cristo Jesús” (1 Timoteo 3:13) Si tomamos el principio espiritual de este versículo, veremos que lógicamente, en todo servicio, se necesita esa confianza en la fe, que el creyente fiel tiene ante sus hermanos, como así ese grado honroso, que perdió quien ha pecado gravemente, y que deberá recuperar recuperar, mostrando el trabajo de Dios en él. Pero esto, no quiere decir que ya no pueda predicar el evangelio, ni levantarse a hacer lo que el Señor lo llame a hacer.

Los creyentes somos salvos con una proyección celestial, en vista del cielo y la eternidad junto a nuestro Señor. Si desde el momento de nuestra conversión hasta el momento de su venida a buscarnos, nos deja por un breve momento en la tierra, es con un propósito.  Si el creyente, testigo de la gracia y el amor de Dios, quedara inhabilitado a causa del pecado que cometió, Satanás, el enemigo del testimonio, ganaría mucha ventaja, y con solo hacer pecar a los creyentes prevalecería contra el testimonio de la Iglesia del Señor. Lógicamente, debemos ser cautos, y ubicados en cuanto a las cosas que se pueden hacer con toda libertad, “porque irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios” (Romanos 11:25) y otras que quizás, no serían convenientes, en virtud del buen orden, porque podrían ser incomprendidas por aquellos que no conocen la gracia de Dios.

Algo que también nos ayuda a comprender lo que venimos diciendo, es lo dicho por el Señor, cuando nos hace ver que, a quién se le ha perdonado mucho, mucho ama y responde por ello con adoración y servicio (Lucas 7:47)

Todos los hijos de Dios somos conscientes de nuestros pecados horrendos por los cuales tuvo que morir el Señor Jesús; sin embargo, muchas veces hacemos diferencia entre pecado y pecado, y no nos vemos iguales a quienes han tenido que sufrir por sus pecados alguna forma de disciplina, situándonos allí, sin darnos cuenta, como aquellos a quienes se les ha perdonado poco.  

El creyente que ha sido disciplinado a causa de su pecado y ha sido perdonado,  conoce lo horrendo de su pecado y la perversidad de su carne. Cosas que anteriormente, solo conocía por medio de la Palabra, ahora son cosas experimentadas en carne propia. Quien ha sufrido la soledad, la pérdida de la comunión a las cosas santas; el alejamiento de sus amistades y familiares, el desprecio y el juicio despiadado de muchos que aprovechándose de su caída, blasfemaron a Dios; una vez perdonado, y habiendo gustado la bondad de Dios, ama mucho, y no podrá permanecer callado, porque es un verdadero testigo de la  gracia de Dios.

Quienes constantemente están pensando quienes merecen servir al Señor y quienes no, olvidan la gracia, que es juntamente el favor, o don no merecido, sobre el cual Dios actúa absolutamente con todos.

No hay virtud en haber pecado, ni perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde (Romanos 6:1) Un dolor muy grande  sentirá aquel que le ha fallado a su Señor, sin embargo, el creyente que experimenta el perdón de su pecado, se levantará y mostrando que verdaderamente hay en él, un corazón contrito y humillado que Dios no despreció (Salmo 51:17), hará un camino de regreso que los demás podrán comprobar, y se levantará a servir donde su Señor lo habilite.


Preguntas Bíblicas

www.lacuevadeadulam.com.ar  weblacuevadeadulam@gmail.com

Muchos son los llamados y pocos escogidos

Alguien preguntó:

La Biblia dice: “Muchos son llamados y pocos los escogidos” ¿Quiere decir esto que hay personas que irán a la condenación eterna porque ya nacieron destinadas para perdición? Si no es así, ¿podrían darme una explicación de esos versículos y de por qué habla de escogidos?

Respuesta:

Primeramente, antes de entrar de lleno en el tema, debemos dejar en claro, que nadie se pierde por haber nacido destinado por Dios para perdición. “Dios quiere que todos los hombres sean salvos” (1 Timoteo) y “Ha dado a su Hijo Unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda más tenga vida eterna” (Juan 3:16) Nadie queda excluido de los beneficios de la salvación por haber nacido predestinado para perderse. “Porque no nos ha destinado Dios para ira, sino para alcanzar salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo” (1 Tesalonicenses 5:9 BAS) Cristo, “Por todos murió” (2 Corintios 5:15) “Por la gracia de Dios gustó la muerte por todos” (Hebreos 2:9) Dejando este punto en claro, podemos analizar ahora en alguna medida los versículos citados para darles el verdadero y justo significado.

La declaración: “Muchos son llamados más pocos escogidos” la encontramos dos veces en el evangelio según Mateo, en los capítulos (20:16 y 22:14)

El Espíritu de Dios ha querido dejarnos escrito eso, justamente en el evangelio según Mateo, que es el evangelio que presenta un testimonio claro de la gracia de Dios en Cristo Jesús,  primeramente al judío; manifestando también de una manera elocuente, el rechazo de los suyos a esa gracia, rechazando al Mesías. En este evangelio, se presenta un  testimonio lleno de evidencias por medio de las profecías cumplidas del Antiguo Testamento,  que son constantemente citadas por el evangelista y que debían tocar poderosamente el corazón de aquel pueblo.

El capítulo 20 de Mateo, donde tenemos por primera vez la expresión que queremos meditar, continúa tratando  el tema de las recompensas que el Señor dará a aquellos que lo han seguido,  con el cual finaliza el capítulo 19 donde puntualiza: “Pero muchos primeros serán postreros, y postreros, primeros” (Mateo 19:30)  Evidentemente el camino cristiano es como una carrera de resistencia. No solo es necesario comenzar bien la carrera, sino también, continuarla bien y sin egoísmos, pues el Señor sabrá valorar cada detalle y el espíritu con el que se haya hecho todo. Por eso, evaluando las cosas de esa manera,  muchos que se consideran primeros serán postreros y muchos postreros serán primeros.

El capítulo 20  donde el Señor habla de los obreros de la viña, muchas veces se ha utilizado para hablar de la salvación y de aquellos que se convierten en los últimos momentos de su vida terrenal.  Pues hay en ese párrafo, principios que podríamos aplicar a la salvación. Por ejemplo: Que la salvación es de Dios. Que Dios es soberano para decidir, y que la salvación es algo que se recibe sobre el principio de la gracia, sin que el hombre deba hacer valer nada. Sin embargo, si nos fijamos bien, aquí el Señor no está presentando el camino de salvación para entrar en el reino, sino más bien las características de ese reino, continuando con el tema de las recompensas, y haciendo énfasis en la gracia, que es el tema principal de la presente dispensación y el gran tropiezo que halló el judío.

Para los judíos, las características de este reino eran algo en lo que tropezaban. No podían aceptar que Dios obrara con  gracia para con todos, sino que, como destinatarios de tantos privilegios, se sentían “primeros” y merecedores,  y que por lo tanto debían ser considerados por Dios de una manera especial. Al hacerles el relato de los obreros contratados para trabajar en la viña, el Señor, les hace ver que en el reino de los cielos,  lo que se manifiesta es la gracia, y que el Señor, aun obrando en gracia, jamás hace algo indebido. Aquellos que pactaron desde el principio, no serían defraudados, recibirían fielmente lo convenido. El error de ellos fue estimar su salario, tomando como base  el salario de los últimos contratados, viendo como el señor de la viña obraba con los demás, no comprendiendo la bondad del amo.

El señor de la viña, cuando recompensa, nadie recibe nada menos de lo que necesita, sino que todos reciben conforme a su necesidad. En el reino de los cielos, el espíritu de codicia, de competición, de superioridad y  de reclamo, no caben. Es un reino donde prima la gracia de Dios, y la gracia es un favor inmerecido. Vemos que en esa viña, estaban aquellos que habían pactado y otros,  quienes simplemente  se pusieron al servicio, esperando solo en la gracia del Señor de la viña trabajando de corazón.

Los obreros de la viña que sintieron disconformidad y murmuraban, manifestaban el espíritu que generalmente se hallaba en los judíos, quienes se adherían a “la propia justicia” mientras que los otros, eran aquellos que solo esperaban en la gracia de Dios. Por este motivo, Muchos se sorprenderán, al ver que los postreros  serán primeros, antes que aquellos que podrían parecer más merecedores, pero que sin embargo, actuando especulativamente quedarán como postreros, por haberse manifestado en ellos ese espíritu de regateo y de incomprensión de lo que es el corazón de Dios obrando en gracia.

Pablo, de sí mismo declara: “Y al último de todos, como a un abortivo, me apareció a mí.  Porque yo soy el más pequeño de los apóstoles…  Pero por la gracia de Dios soy lo que soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo” (1 Corintios 15.8-10) Tenemos aquí  un ejemplo, de alguien que entró como postrero a trabajar en la viña del Señor, pero que sin embargo, será recompensado  mucho más que otros que estuvieron desde el comienzo y  formaron parte de los primeros en trabajar en el evangelio.

“Porque muchos son llamados, mas poco escogidos”   Ante esta frase nos preguntamos: ¿Quiénes son entonces los escogidos en ese reino? Los escogidos, son aquellos que reconocen la gracia de Dios,  esperan en el Señor y  le sirven fielmente de corazón, acogiéndose a la gracia que se dispensa y no aferrándose “a su propia justicia” (Filipenses 3:9)

En el párrafo de (Mateo 22:1 al 14) donde se encuentra nuevamente la expresión de “los llamados y los escogidos”, tenemos una descripción maravillosa  de lo que ha sido la invitación a la gracia de Dios, a los privilegios de la comunión, prefigurados en la invitación  a una boda para que se sienten a su mesa a disfrutar el banquete de Dios; cosa que los judíos rechazaron categóricamente.

El versículo 3, hace ver el rechazo claro que manifestaron los convidados,  cuando fueron convocados por Juan el bautista. El versículo 4, nos muestra el rechazó que sufrieron los otros siervos, que fueron enviados posteriormente por el Señor,  a quienes afrentaron y los mataron. Debido a eso, el Señor anticipó en el versículo 7, que aquella ciudad sería invadida por los ejércitos y quemada,  y  aquellos homicidas serían destruidos.  Eso se cumplió fielmente en el año 70 de nuestra era, cuando la ciudad de Jerusalén, la ciudad “que mata a los profetas, y apedrea a los que le son enviados” (Mateo 23:37) fue invadida por los ejércitos que la saquearon y quemaron su templo. Pero el Señor, también anticipó que el llamamiento a ese banquete especial, se extendería todavía más, llamando a todos los que quisieran venir, de manera tal que la boda fuese llena de convidados.

Los reyes, en tiempos bíblicos, eran personas tan poderosas que tenían en sus manos, literalmente,  el destino de las personas. Por lo tanto, esta parábola debe tocar fuertemente los corazones. Nadie podía presentarse  delante del rey sin ser llamado, y nadie podía tener la osadía y el descaro de rechazar una invitación de parte del rey. Sin embargo, aquellos hombres rechazaron la invitación y aún más, afrentaron a los siervos de aquel que los estaba convidando a tan inmenso privilegio. La gente que accedía a la invitación, por lo general, debía de hacer un largo camino hasta llegar al palacio. Los reyes, tenían por costumbre, vestir a sus convidados para que nada desentone en la majestuosidad de su presencia. Los que entraban por la puerta, eran bien recibidos, y lavados y cambiados, con el vestido provisto por el mismo rey,  pasaban a disfrutar de las excelencias de aquel lugar.

Cuando entró en rey a ver a los convidados, dice el relato bíblico: “Vio a un hombre que no estaba vestido de boda Y le dijo: Amigo, ¿cómo entraste aquí, sin estar vestido de boda? Más él enmudeció. Entonces el rey dijo a los que servían: Atadle de pies y manos, y echadle en las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes.  Porque muchos son llamados, y pocos escogidos” (Mateo 22:11-14)

Este invitado, seguramente no entró por la puerta, lo cual nos habla de ingresar a la presencia de Dios por medio de Jesucristo, quien dijo: “Yo soy la puerta, el que por mí entrare, será salvo” (Juan 10:9) Seguramente, como muchos hoy en día, quiso imponer el mismo las condiciones y no se dejó revestir, pensando que así como estaba, bastaba para estar en la presencia del rey. Todo estuvo bien para aquel convidado, hasta el momento en el que el rey ingresó en la escena. Eso nos recuerda a Adán y Eva, quienes se vistieron con hojas de higuera porque tuvieron vergüenza al verse desnudos y de esa manera se tranquilizaron, pero ni bien escucharon a Dios pasearse en el huerto, huyeron a esconderse, atemorizados,  al darse cuenta de que ese vestido verdaderamente no los cubría. Dios finalmente cubrió la desnudez de Adán por medio de un sacrificio, y le hizo una túnica de pieles; así como cubrió nuestra desnudez y vergüenza espiritual mediante el sacrificio perfecto de Jesucristo, vistiéndonos de salvación. Los salvos podemos decir con sentimientos de adoración: “En gran manera me gozaré en Jehová, mi alma se alegrará en mi Dios; porque me vistió con vestiduras de salvación, me rodeó de manto de justicia” (Isaías 61:10)

Esto es lo que vemos en la parábola de los convidados a las bodas. Todo aquel que está cubierto por Dios, revestido de Cristo (Gálatas 3:27) es apto para estar en la presencia de Dios y no debe temer el ser echado fuera. Pero todo aquel que se presente revestido de su propia justicia, constatará que eso no le alcanza, y será echado fuera, donde será el lloro y el crujir de dientes, “Los cuales sufrirán pena de eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder” (2 Tesalonicenses 1:9)

Considerando de esta manera la escena, no tenemos dificultad en comprender la frase: “Porque muchos son llamados y pocos escogidos” porque vemos que habiendo sido muchos los que fueron llamados, solo fueron escogidos los que accedieron al llamamiento, y se dejaron vestir con vestiduras de salvación.

El hombre se pierde, por no querer acudir a Cristo (Juan 5:40) Por no dejarse cubrir con ese manto de justicia que Dios provee en Cristo Jesús.

En la Biblia encontramos que Dios “nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él” (Efesios 1:4) Que escogió un pueblo, (Israel) para que fuese testigo suyo.  Que escogió, según su soberanía, a personas para servicios y ministerios diversos. Sin embargo, nunca lo vemos escogiendo a personas para perdición. Por lo tanto, los versículos que se han citado, de ninguna manera tratan acerca de personas que  han sido escogidas para perdición.


Preguntas bíblicas

www.lacuevadeadulam.com.ar  weblacuevadeadulam@gmail.com

EL PECADO IMPERDONABLE ¿Cuál es el pecado imperdonable? ¿El suicidio, el homicidio son pecados imperdonables?

Alguien preguntó acerca del pecado imperdonable mencionado en el evangelio de Mateo. “Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; más la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada. A cualquiera que dijere alguna palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonado; pero al que hable contra el Espíritu Santo, no le será perdonado, ni en este siglo ni en el venidero” (Mateo 12:31,32)

Y también acerca de otros pecados como el suicidio y el homicidio, considerados por muchos como pecados imperdonables,


Antes de considerar lo que dice la Biblia acerca de estos pecados, debemos decir que Dios nos perdonó en Cristo, “todos los pecados” (Colosenses 2:13) por lo tanto no debemos pensar en pecados imperdonables.

Es bien cierto, que no todos los pecados tienen las mismas consecuencias sobre la tierra, ni se manifiestan de la misma manera, sin embargo “Toda injusticia es pecado” (1 Juan 1:7) y Dios, que  es muy limpio de ojos para ver el mal (Habacuc 1:13) Debe pronunciarse en juicio sin consideración ante cualquier pecado; porque un solo pecado bastaría para que el hombre fuese enviado al infierno eterno.

El pecado se mide por el principio malo que encierra, y debido a la santidad de aquel ante quien se lo comete que es Dios. Esto es algo que los hombres olvidamos, y por eso hacemos diferencia entre pecado y pecado. Los hombres miran los hechos por sus consecuencias, Dios mira mucho más que eso, y ve, en cada pecado, el principio malo que lo produjo. Por eso, por ejemplo, a Dios  le desagradó tanto que David censara al Pueblo. Nosotros, hubiésemos pasado por alto ese pecado, sin embargo, por ese hecho, murieron del pueblo setenta mil hombres (2 Samuel 24:15)

Tengamos siempre presente, que no debemos tomar al pecado según nuestra apreciación, ni tampoco olvidar que Dios se vio satisfecho en Cristo, cuando él se ofreció como ofrenda por el pecado; porque  en virtud de eso, nos ofrece en Cristo un perdón completo de todos los pecados.

El pecado imperdonable

En relación al pecado imperdonable mencionado en Mateo, debemos decir primeramente que este es el pecado que cometieron los judíos en aquel momento cuando rechazaron al Cristo de Dios y blasfemaron contra el Espíritu Santo. Estaban frente al enviado de Dios, que manifestaba sus credenciales mesiánicas,  obrando con poder aun sobre los demonios, liberando a los oprimidos, y saqueando la casa del hombre fuerte (figura de Satanás);  Y ante esa evidencia, y no pudiendo negar los hechos extraordinarios que estaban viendo, se negaban a creer, atribuyendo el poder con el cual el Señor Jesús obraba, al poder de Satanás. El poder que obraba en Cristo demostraba que el reino había llegado, y es ese mismo poder, es el que más tarde mostrará el Hijo del hombre, en su manifestación para establecer el reino. Rechazar, atribuyendo el poder de Dios al diablo, es quedar fuera de todo beneficio. El Señor Jesús claramente lo dijo: “Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; más la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada. A cualquiera que dijere alguna palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonado; pero al que hable contra el Espíritu Santo, no le será perdonado, ni en este siglo ni en el venidero” (Mateo 12:31,32) Esto, es necesario tenerlo presente, para darnos cuenta que este es el pecado del pueblo que rechazó al Señor en aquel momento, en que Jesús estaba corporalmente presente haciendo milagros,  y no el pecado que a veces las almas atribuladas en nuestros días, se preguntan si habrán cometido porque por mucho tiempo rechazaron el evangelio. El Señor dice que ese pecado  no sería perdonado, ni en ese siglo, (refiriéndose a ese período en el cual los judíos estaban bajo la ley) ni en el venidero, alusión al tiempo en el cual el Señor establecerá su reino con poder; y eso es fácil de comprender, pues ¿cómo podrían aquellos que atribuían a Satanás ese poder espiritual y rechazaban el poder del Espíritu, por el cual se establecería el reino tener vida y entrar en el?

La época actual que vivimos, en un paréntesis entre esos dos siglos o períodos, y es un tiempo de gracia, donde todo aquel que confiesa sus pecados ante Dios y acepta a Cristo como su salvador, tiene la plena certeza del perdón de todos sus pecados. “Porque el que cree en el Hijo, tiene vida eterna” (Juan 3:36)

La mala compresión de lo que es la gracia de Dios, y el desconocimiento  del alcance de la obra de salvación en Cristo, hacen que el hombre titubee ante ciertos pecados, a los cuales pasa a considerarlos “imperdonables” porque, a la salvación completa que Dios nos ofrece en virtud de la obra perfecta de Cristo en la cruz, le agregan algo más que deba hacer el hombre. Cuando quien pecó, no puede hacer aquello que los que mal interpretan la gracia esperan, a esa persona se la considera atada a su pecado, y a ese pecado cometido, como imperdonable.

Esta es la razón por la cual, muchos consideran el pecado de suicidio,  y el de homicidio, entre otros tantos,  como pecados imperdonables.

Suicidio

El suicidio es un pecado que no deja posibilidad a quien lo haya cometido de arrepentirse y pedir perdón, por eso, para muchos, quien cometió suicidio no puede ser salvo.  Este razonamiento se basa en lo que veníamos diciendo; a la obra de Cristo se le agrega la parte del hombre, que en este caso, sería la de confesar que ha pecado, para no perder la salvación. Eso es un error. La confesión cumple un papel clave en la salvación, porque escrito está: “Si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación” (Romanos 10:9,10) Pero, luego de haber recibido al Señor Jesús como salvador y pasado de la muerte a la vida, se debe tener la certeza de que  “Ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” (Romanos 8:1)

Quien ya confesó a Cristo como su salvador, no queda exento de la posibilidad de pecar. Puede aún pecar, porque a pesar de que sus pecados han sido perdonados, aún hay pecado en él (1 Juan  1:8) Todavía está en un cuerpo de carne, vulnerable al pecado, y aunque el pecado en la vida de un creyente, ya no sea una práctica habitual, sino algo considerado como un accidente, quien es salvo, si llegara a pecar, debe confesar inmediatamente su pecado ante el Señor para recuperar, no su salvación, sino el gozo de su salvación y su comunión con el Padre. (Salmo 51:1-4, 12,  1 Juan 1:9)

Ahora bien, cuando se trata de suicidio, debemos considerar, que solamente Dios conoce el alma del suicida. El hombre está presto para juzgar los hechos, pero no puede juzgar el corazón. La Biblia dice: “El ánimo del hombre soportará su enfermedad; Mas ¿quién soportará al ánimo angustiado?” (Proverbios 18:14)  Este versículo nos muestra que Dios conoce nuestra condición y considera el poder que tiene en el  hombre el ánimo angustiado.

Dios siempre guardará a los suyos de toda obra mala. Él consuela al afligido y va en ayuda de quien  se deprime y tiene pensamientos suicidas, como fue el caso de Elías (1 Reyes 19:4) pero a veces lo que afecta al alma es algo más profundo y así como nuestro cuerpo se enferma, también se enferma la mente, y una mente bajo esa presión de la enfermedad puede llegar a perder totalmente el juicio. Juzgar esas situaciones, interpretar hasta donde llegan las responsabilidades etc. no nos corresponde ni podemos en este momento,  lo que sí podemos decir, es que si quien tristemente, llegó a cometer ese tan terrible pecado de quitarse la vida es un hijo de Dios, no deja serlo, ni pierde su salvación por no haber podido confesar su falta mientras estaba vivo en la tierra. La declaración del Señor Jesús, no deja lugar a dudas y nos da plena seguridad de salvación. Él dijo: “Yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre” (Juan 10:28,29)  Nada ni nadie, puede hacer que alguien que verdaderamente es salvo por la sangre de Jesús, se pierda.

Homicidio

Con el pecado de homicidio también muchos encuentran dificultad, ya que si bien, quien lo comete puede confesar su pecado a Dios en arrepentimiento, no puede sin embargo hacer restitución por su pecado, pues no puede devolverle la vida a quien se la quitó, ni suplir esa ausencia en los seres queridos del difunto. Debido a esto, muchos piensan que este es un pecado  imperdonable, pero no es así. Dios perdona en Cristo, todos los pecados sin excepción. Los que nosotros podemos restituir y olvidar fácilmente, como también aquellos que no tienen restitución y que la vida no nos deja olvidar. Porque él hecho tras sus espaldas todos nuestros pecados. (Isaías 38:17)

Meditemos en la obra de Cristo en la cruz. En la perfecta eficacia de su sangre preciosa derramada a nuestro favor, y veremos que no hay pecado que Dios no pueda perdonar en Cristo.

Bien es cierto, que el hombre está bajo la  condenación del pecado bajo una triple base.

Por identificación con Adán. Motivo por el cual le es imputado el pecado de Adán, su cabeza federal, representativa, con el cual está vinculado en sus bendiciones y en sus desaciertos.

Por su naturaleza pecaminosa, completamente arruinada a causa del pecado y  por sus pecados cometidos voluntariamente. 

Sin embargo, los hombres se pierden por rechazar a Cristo, porque en Cristo, Dios solucionó todo lo concerniente a la condenación y otorga la salvación.

  • Al hombre identificado con Adán, lo vincula con Cristo, y entonces le hace saber que “Ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” (Romanos 8.1)
  • A quien le hace ver que su naturaleza está totalmente echada a perder, lo hace nacer de nuevo, dándole una nueva naturaleza con la cual sí, puede obrar para la gloria de Dios. Porque, es necesario recordar que nuestra naturaleza pecaminosa no fue mejorada, ni perdonada, sino condenada. Por eso, Cristo, no solamente murió por lo que hemos hecho sino por lo que somos por naturaleza (1 Corintios 5:21, Romanos 8:3)
  • Finalmente, a quien se reconoce como pecador y le atribulan los pecados que realizó, Dios, le hace saber que el Señor Jesús, “llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero…” (1 Pedro 2:24)

Considerando estas cosas a la luz de la Palabra, debemos decir que ningún pecado es imperdonable para quien recibe a Cristo como su Salvador. Y si lamentablemente, el pecado se comete luego de la conversión, tampoco es imperdonable, pues, el pecado en quien es un hijo de Dios, no le quita su salvación, sino que lo priva del gozo de su salvación y de su comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo, y para esto también Dios ha hecho provisión.

Se debe rechazar la idea de pecados imperdonables para aquellos que reciben a Cristo como su salvador y se colocan bajo el amparo de su sangre preciosa. Quizás, haya textos como el de la pregunta, que al hablar de la responsabilidad de los Judíos en la venida de Cristo, sean difíciles de comprender para quienes comienzan a leer la Biblia, y hay quienes sintiendo su pecaminosidad se preguntan si no habrán cometido el pecado imperdonable y ya no podrán ser salvos. A ellos le decimos que sentir el peso del pecado  y esa nueva visión que tienen ahora acerca de Dios y de ellos mismos, es una prueba fehaciente de que no lo han cometido, sino que por el contrario, están siendo trabajados por el Espíritu,  para pasar de la muerte a la vida y solo les resta creer  y recibir a Cristo para que aquella tristeza se convierta en gozo. 

Y para todo creyente que sienta el dolor de haberle fallado al Señor pecando luego de su conversión, le decimos que no se atribule, ni le preste oídos al acusador (satanás) Sino que sepa que esa tristeza que siente, si es la tristeza según Dios, es buena, porque lo conduce al arrepentimiento (2 Corintios 7:10) y ante el arrepentimiento y la confesión Dios obra siempre en restauración.

David, un hombre de Dios, que sin duda conoció bien lo que es el pecado, lo experimentó y dijo: “Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, Y en cuyo espíritu no hay engaño. Mientras callé, se envejecieron mis huesos En mi gemir todo el día. Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano; Se volvió mi verdor en sequedades de verano. Selah

Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; Y tú perdonaste la maldad de mi pecado” (Salmo 32:5)


Preguntas bíblicas

www.lacuevadeadulam.com.ar  weblacuevadeadulam@gmail.com

SECTARISMO, EXCLUSIVISMO, LEGALISMO. ¿QUÉ SIGNIFICAN?

Relativo al tema, alguien preguntó lo siguiente:

¿Qué significa ser sectario?, ¿Qué es ser exclusivista? ¿Qué significa ser legalista? ¿Por qué se dice de algunos creyentes  que ponen los principios antes que a Cristo?

Con la ayuda del Señor, trataremos de dar respuesta a las preguntas que se formulan, buscando en las Sagradas Escrituras la respuesta correcta.

Antes de entrar en el tema, debemos recordar que el deseo de quien tanto nos amó, nuestro Señor y Salvador Jesucristo, que dio su vida en la cruz por nosotros, los pecadores,  para juntarnos en UNO; es que los suyos no estemos desunidos ni enemistados, sino, unánimes, “perfectos en unidad” (Juan 17: 23)  para que el mundo conozca y crea.

Despojados de todo preconcepto, abordemos el tema, viendo lo que significa primeramente cada término, para ver luego a quienes aplica.

SECTARIO

Sectario, es todo lo relativo a las sectas y toda persona que pertenece o que forma sectas.  Secta, en el sentido bíblico, no es lo que comúnmente se comprende como tal. Al hablar de una secta, la gente imagina un círculo de fanáticos místicos que hacen y enseñan cosas perversas contra Dios y la Biblia, o a un grupo de personas intransigentes y  discriminatorias que no aceptan a nadie más que los suyos.

Sin embargo, la palabra SECTA en el sentido bíblico, tiene un significado muy interesante.

SECTA, del griego HAIRESIS, Herejía, significa: Elección, preferencia [inclinación] por una doctrina u opinión, o escuela filosófica, teológica o política. Por extensión, se aplica a «partido» o «facción». 

(Del significado original [«elección», «selección»], posteriormente llegó a significar un grupo de personas que sostenían una opinión particular, una secta, un bando).

Esta definición, encaja perfectamente con todo grupo cristiano que en lugar de guardar el testimonio a la unidad del cuerpo de Cristo, se divide de los demás, para formar su propio grupo de reunión, colocándose  algún nombre que lo distinga del resto de sus hermanos e identifique  sus opiniones y doctrinas.

EXCLUSIVISTA

Exclusivista es lo relativo al exclusivismo o relacionado con él, y EXCLUSIVISMO según el diccionario significa obstinada adhesión a una cosa o idea sin prestar atención a las demás que deben ser tenidas en cuenta. (2) Deseo de excluir o de que no formen parte de un grupo determinadas personas.

LEGALISMO

Es la tendencia que lleva a aplicar la literalidad de la ley sin consideraciones.

Legalismo cristiano, es un término que se usa para describir una posición doctrinal enfatizando un sistema de reglas y reglamentos, para alcanzar tanto la salvación como el crecimiento espiritual. Los legalistas creen que es necesaria la estricta adherencia literal a esas reglas y reglamentos. Doctrinalmente, es una posición esencialmente opuesta a la gracia.

PRINCIPIOS ESPIRITUALES

Se llama  PRINCIPIOS, a la base doctrinal de algo, a la idea fundamental que rige luego la conducta y los pensamientos. Dios, no dejó un mandamiento formal para cada cosa que nos atañe: es decir, un versículo que diga para cada cosa textualmente, no harás esto o aquello. Sin embargo, dejó bien marcado su pensamiento en principios espirituales. Por ejemplo, escrito está: Por lo cual, si la comida le es a mi hermano ocasión de caer, no comeré carne jamás, para no poner tropiezo a mi hermano” (1 Corintios 8:13) Esto está escrito con relación a la libertad  cristiana de poder comer en plena libertad, cosas que otros no podrían. Quienes por una comprensión menor de las cosas, se encontraban espantados ante quienes lo hacían. Nosotros, que no estamos en ese contexto social ni histórico, tomamos el principio espiritual que se encuentra allí, que es justamente no hacer nada que haga caer a un hermano en Cristo, y lo aplicamos a otras situaciones que podríamos vivir. De esa manera, aunque alguien objetara que no hay ningún versículo que diga tal cosa, si uno ve que va a hacer algo, que puede hacer caer a un hermano, no lo hará, porque encuentra un principio espiritual que  le enseña en ese caso a no hacerlo.

Teniendo en cuentas estas definiciones, que contestan en gran parte lo preguntado, podemos ahondar un poquito más en el tema, y decir, que muchas veces estos “motes” como: Sectario, legalista, exclusivista… no se utilizan correctamente, sino que  son formas despreciativas de hablar de otros, con los cuales no concuerdan, a quienes acusan de proceder de esa manera, aunque muchas veces de manera contradictoria.

Por ejemplo: Tomemos por caso, personas de una denominación cristiana cualquiera, que tildan de sectarios a otros creyentes que se congregan al Solo Nombre del Señor, porque consideran que caminan en un camino demasiado angosto, y no participan del ecumenismo.  En realidad, eso no es sectarismo, porque al mantenerse considerando el testimonio a la unidad del cuerpo de Cristo, es decir testificando que la iglesia es UNA, no se desprenden ni dividen del resto, solo que no aceptan lo que divide a lo que Dios juntó;  y el ecumenismo, no es justamente el testimonio a la unidad del cuerpo de Cristo, sino el testimonio de las divisiones cristianas.

Quienes son sectarios, son aquellos que muchas veces tildan  a los demás de serlo. Estos grupos, muchas veces, sin darse cuenta, habiéndose puesto un nombre que los denomine, hicieron una división, y de esa manera,  diferenciándose de los demás, con los cuales  forman parte de un mismo cuerpo, y con quienes deberían  estar “perfectamente unidos  en una misma mente y un mismo parecer” (1 Corintios 1:10) formaron un nuevo círculo de reunión,  de acuerdo con esa inclinación, elección, y puntos de vistas particulares;  constituyendo una secta;  aunque sus enseñanzas bíblicas en muchos puntos fundamentales no sean perversas.

Comúnmente, vemos también estas incongruencias, cuando se tilda a ciertas personas de legalistas. Muchas veces se les dice de esta manera a personas que se aferran a la verdad y desean caminar en ella. Cuando los cristianos se someten a mandamientos tales como: Toda mujer que ora o profetiza con la cabeza descubierta, afrenta su cabeza… Por lo cual la mujer debe tener señal de autoridad sobre su cabeza, por causa de los ángeles” (1 Corintios 11:5,10) cumplen con lo que está escrito.  Si luego vienen otros que no quieren obedecer esa parte de la doctrina, y dicen  que quienes se cubren: “lo hacen porque son legalistas” están diciendo algo que no es justo. Lo mismo cuando en la Iglesia no se acepta el pastorado de la mujer, ni su ministerio público delante de toda la congregación debido a lo que está escrito: “Como en todas las iglesias de los santos, vuestras mujeres callen en las congregaciones; porque no les es permitido hablar, sino que estén sujetas, como también la ley lo dice. Y si quieren aprender algo, pregunten en casa a sus maridos; porque es indecoroso que una mujer hable en la congregación” (1 Corintios 14:33-35) “Porque no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio…” (1 Timoteo 2:12) Si el cumplimento de estos mandamientos,  se tilda como legalismo,  debemos refutarlo enérgicamente, porque esto no es legalismo, es obediencia.  Legalismo es obrar aplicando la ley a todo sin consideraciones, carentes de gracia, por lo tanto, no es el caso en estos ejemplos, ya que no es que aquí se está obrando sin gracia, sino que se está obedeciendo a lo que el Señor ordena. (1 Corintios 14.37)

¿Qué debemos tener mucho cuidado en no caer en el legalismo? Es bien cierto. Un hermano, escribió sobre el tema: «Legalismo y liviandad» Donde expone muy acertadamente el gran peligro que corremos de irnos hacia los extremos, y en lugar de obrar de corazón, tratando de agradar siempre al Señor, obramos por legalismo, o caemos en la liviandad. El legalismo hace que para todo uno trace normas legales, leyes que digan esto sí, o esto no, sin contemplación alguna, sin inteligencia espiritual,  aplicada a todos sin excepción,  y que por el cumplimiento estricto a esas leyes uno gane la salvación o la aceptación de Dios, y eso es un error. Pero, cuando el que trazó esas normas y nos las dejó establecidas es Dios, allí no se trata de legalismo.

Recordemos que Dios obró con gracia, aun en plena dispensación de la ley, a pesar de haber sido él quien les dio la ley. Y actuó, conforme a su ley en tiempos de gracia, sin dejar de ser el Dios de toda gracia para con nosotros.

Esto nos lleva a considerar el exclusivismo.

Si como exclusivismo, se tilda a personas sectarias, que no aceptan a nadie más porque no son como ellas, reunidas  según su propio parecer, y no según Cristo, entonces el mote es correcto. Pero si de exclusivista, se tilda a los hermanos reunidos en torno al Señor, que desean, a pesar de su debilidad, abstenerse de toda especie de mal, como dice la Escritura (1 Tesalonicenses 5:22) Apartándose de todo lo que no es justo ante los ojos de Dios. “Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo” (2 Timoteo 2:19) No lo es. De otra manera también tendrían que decir que Dios es exclusivista, porque no tolera lo que está mal.

Por ejemplo: Dios dice: “Al hombre que cause divisiones, después de una y otra amonestación deséchalo, sabiendo que el tal se ha pervertido, y peca y está condenado por su propio juicio” (Tito 3:11) Nos alerta sobre: “hombres corruptos de entendimiento y privados de la verdad, que toman la piedad como fuente de ganancia…” y nos dice: “apártate de los tales” Nos explica que: “Tenemos un altar, del cual no tienen derecho de comer los que sirven al tabernáculo” (Hebreos 13:10) Si al cumplir estas directivas, otros creyentes, considerando que se debería ser tan estricto, preguntaran: ¿Por qué se apartan? ¿Por qué no pueden venir todos y participar sin excepción de las cosas santas? Y dijeran: ¡Proceden así, porque son exclusivistas! Esta acusación no sería justa.

Dios es llamado “Dios de verdad” (Deuteronomio 32:4) Si alguien discute sus enseñanzas, y quiere contradecirlo, se encuentra en falta. Si esa falta no la toleran sus hermanos, porque el Señor mismo la reprueba y la tal persona persiste en ello,  no puede luego tildarlos de legalistas, ni  exclusivistas por no juntarse con él, pues él, solo se excluye debido a su desobediencia. Debemos reconocer que hay privilegios exclusivos y que la verdad no debe  discutirse, ni es amor aquello que nos hace desobedecer a Dios por amor a nuestros hermanos. “Porque el amor se goza en la verdad… y no hace indebido” (1 Corintios 13:5,6) Por lo tanto,  no nos corresponde a nosotros establecer los criterios, ni colocar las reglas, sino sujetarnos a lo que Dios ha dicho.

Reconocemos que muchas veces, podría haber cosas que no todos vemos de la misma manera, y que para poder interpretarlas correctamente, se deben considerar los principios espirituales. Por eso, es necesario conocer las bien las Sagradas Escrituras, donde encontramos, no solamente las directivas, sino también el pensamiento de Dios, siempre necesario,  para poder  “aprobar lo mejor” (Filipenses 1:10) “Entendidos de cuál sea la voluntad del Señor” (Efesios 5:17)

Principios espirituales

Como veníamos diciendo, los principios espirituales son necesarios, sino, ¿cómo sabríamos cómo actuar en aquellas situaciones donde no encontramos directivas precisas al respecto? Indudablemente necesitamos conocer a Dios para manejarnos conformes a su voluntad.

Los principios espirituales nos hacen comprender cuál es el pensamiento de Dios, ya que en ellos tenemos asentada la base doctrinal, la idea justa de lo que él requiere. Obviamente no debemos poner los principios delante de las almas ante que a Cristo, porque esto sería un error. No somos llamados a evangelizar presentando principios bíblicos, sino el evangelio. Debemos obrar como Dios lo hace, que conduce las almas primeramente a Cristo, y luego en Cristo, sus pensamientos. 

Sin embargo, los principios siempre deben estar, pues si se desconocen los principios espirituales, se erigen leyes, y luego esas leyes se aplican sin consideración alguna ni discernimiento espiritual.

Como podemos ver, no todos a los que se les dice sectarios, legalistas, exclusivistas…  en realidad lo son. Debemos ser justos en nuestras apreciaciones y por sobre todas las cosas, obrar en amor, no difamando a nadie. Como dice la palabra: “Ante todo, tened entre vosotros ferviente amor” (1 Pedro 4:8) porque: En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros” (Juan 13:35)

Concluyendo, tenemos que decir que lamentablemente, en el mismo mundo cristiano, muchos sienten aversión ante aquellos hermanos a los cuales consideran más cerrados que ellos en sus procederes, porque quizás alguna vez hayan sido víctimas de  tratos improcedentes de algunos que pregonando andar en fidelidad al pensamiento de Dios hayan procedido sectariamente,  y esto los hace colocar a todos en la misma bolsa; o simplemente, porque ese obrar en separación de todo aquello con lo cual la cristiandad cada vez confraterniza más, los juzga, y les hace ver que están procediendo mal, aunque sea en silencio.

Debemos ser sumisos a nuestro Señor. No aplicar motes injustos, ni rebelarnos ante lo que Dios dice en la Palabra, como aquellos que dijeron: Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír?” a los cuales se les dijo: “¿Esto os ofende?” (Juan 6:60,61) “Pues este es el amor a Dios, que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos” (1 Juan 5:3)

Debemos ser de aquellos que desean hacer la voluntad de Dios y no asemejarnos a los que se enojaban ante la sana doctrina, a quienes la autoridad apostólica les tuvo que decir: 

¿Me he hecho, pues, vuestro enemigo, por deciros la verdad? (Gálatas 4:16) y caminar con humildad en todo aquello que por gracia hemos conocido, porque todos somos responsables de la ruina del testimonio cristiano, sabiendo además que “a todo aquel a quien se haya dado mucho, mucho se le demandará; y al que mucho se le haya confiado, más se le pedirá” (Lucas 12:48)


Preguntas bíblicas

www.lacuevadeadulam.com.ar   weblacuevadeadulam@gmail.com

PREGUNTAS SOBRE LAS REUNIONES DE IGLESIA O ASAMBLEA. (Cuáles son esas reuniones y porque son llamadas de esa manera)

A continuación transcribimos el siguiente diálogo, fruto de una interesante conversación con un creyente joven, interesado en saber el significado de la frase: “Reuniones de Iglesia o Asamblea” y en conocer la finalidad de las distintas reuniones que tiene la Iglesia.

Pare diferenciar a los interlocutores, al creyente joven que hace las preguntas, lo identificamos con la letra A y al hermano que responde las preguntas con la letra B

A – He escuchado muchas veces hablar, en un círculo determinado de hermanos, que  hay reuniones llamadas de Asamblea, pero veo que además de las reuniones que  mencionan, hay muchísimas más reuniones para los creyentes, que son muy importantes, y  no entiendo por qué no son llamadas reuniones de Asamblea, si son reuniones habituales en la Iglesia de gran bendición para los que asisten. ¿Podría  usted definir cuáles son exactamente las reuniones de asamblea y por qué se las llama así? ¿Podría decirme por qué no se categoriza de la misma manera a las otras reuniones que tienen también una gran concurrencia? Y decirme si, hacer diferencia entre reunión y reunión, ¿no es una exageración procedente de una estructura religiosa, antigua y tradicional?

B – Agradezco su sinceridad al expresarse  preguntando acerca de este tema tan interesante y casi desconocido en la cristiandad en los tiempos que nos toca vivir, como los son los temas relativos a la Iglesia y sus reuniones. Para dar respuesta a sus preguntas, comenzaremos aclarando, que la respuesta que humildemente podamos dar, es ahondando en las Sagradas Escrituras, no en nuestro parecer al respecto. Esto es fundamental,  para que se cumpla en nosotros, aquello que está escrito: “Derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo” (2 Corintios 10:5)

La Iglesia del Señor, compuesta por todos aquellos que han recibido a Cristo como su salvador pasando de muerte a vida, se reúne habitualmente alrededor del Señor Jesús, en “su nombre, o hacia su nombre” sabiendo que allí está prometida su presencia (Mateo 18:20) esperándolo todo de él con diferentes finalidades: Adorar, edificarse y orar.

La Biblia, nos muestra que, como respuesta al mensaje del evangelio, quienes han pasado de muerte a vida, “los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil personas. Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones” (Hechos 2:41,42) Esto nos da un panorama de lo que fue la vida de la iglesia y sus reuniones desde el comienzo. 

Los creyentes vivían la vida cristiana estando unánimes juntos. Se congregaban alrededor del Señor para ser enseñados por la doctrina (enseñanza) de los apóstoles, para hacer memoria del Señor proclamando su muerte, mediante el partimiento del pan y para orar juntos. Todas estas actividades eran hechas en comunión los unos con los otros, como miembros de un mismo cuerpo. Luego también tenían otras actividades cristianas, como podremos ver, pero comenzaremos por estas que mencionamos en el libro de los Hechos para ver lo que era común a todos, y que nos hará comprender porque se llaman a ciertas reuniones: “Reuniones de  Iglesia o asamblea”

¿Cuáles son las reuniones de Iglesia o asamblea?

Las reuniones de Iglesia o asamblea son aquellas en las cuales se encuentra congregada la Iglesia como tal. Por eso, las reuniones de Edificación, (Donde la Iglesia recibe el ministerio de la Palabra) la reunión del partimiento del pan o Cena del Señor y la reunión de oración, son llamadas así. Son reuniones, donde todos, grandes y chicos, hombres y mujeres, somos convocados para venir en torno al Señor Jesús y dirigidos por el Espíritu Santo, no por un encargado, pastor, ni ministro que conduzca todo las cosas, seamos edificados, recordemos al Señor , proclamemos su muerte y oremos colectivamente.

Obviamente hay otras reuniones que son muy necesarias y que el Señor bendice, pero que no son llamadas reuniones de Iglesia o Asamblea.

¿Cuáles serían esas reuniones? Las reuniones de jóvenes, de niños para la escuela dominical, de damas,  o cualquier otra reunión que fraccione al rebaño de Cristo, juntando solamente a una clase determinada de personas y no a todos, para poder trabajar con ellos, no son propiamente reuniones de Iglesia o Asamblea, por la sencilla razón de que no está la iglesia  de manera completa convocada a ella, y también, porque  no se desarrollan de la misma manera que las otras reuniones de edificación. Este tipo de reuniones, como también aquellas reuniones convocadas por algún hermano o pequeño grupo de hermanos para evangelizar o desempeñar otras actividades, utilizando los dones que les dio el Señor, se manejan de manera distinta que las reuniones de Iglesia. Son reuniones que tienen un encargado, un responsable, y que si bien, se deben llevar a cabo bajo los mismos principios espirituales de reverencia y dependencia al Señor, no es la Iglesia la que tiene la responsabilidad, ni la libertad de actuar en ellas bajo la dirección del Espíritu como lo hace en las otras reuniones, sino quien ha tomado delante del Señor y de los hermanos la responsabilidad de llevarla a cabo. La Iglesia, en el sentido espiritual, pone su diestra de compañerismo a estas actividades, ora y sostiene muchas veces dichas actividades,  pero no son esas convocatorias  reuniones  de iglesia propiamente dichas.

Dios  es quien nos muestra en su Palabra lo concerniente a las reuniones,  no somos nosotros los  que las categorizamos por voluntad propia. A los Corintios el apóstol Pablo les dice. “cuando os reunís como iglesia” (1 Corintios 11:18) o “Si, pues, toda la iglesia se reúne en un solo lugar, y todos hablan en lenguas, y entran indoctos o incrédulos, ¿no dirán que estáis locos? Pero si todos profetizan, y entra algún incrédulo o indocto, por todos es convencido, por todos es juzgado; lo oculto de su corazón se hace manifiesto; y así, postrándose sobre el rostro, adorará a Dios, declarando que verdaderamente Dios está entre vosotros.” (1 Corintios 14:23-25) Estos versículos lo confirman.

La iglesia local puede tener muchas reuniones y actividades que le den crecimiento, pero el crecimiento no será completo si no se tiene vida de asamblea y edificación como tal. Los siervos del Señor deben primeramente reunirse como iglesia para edificarse a los pies del Señor, para luego salir y servir, y esto, obviamente, se lleva a cabo, cuando, como la Iglesia en Jerusalén, se persevera  en: “la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones” (Hechos 2:42) No debemos abandonar esas reuniones por nuestro servicio personal, ni deben faltar estas reuniones para el rebaño de Cristo, bajo la excusa que ya se tienen otro tipo de reuniones, “pues tiempo y ocasión acontece a todo” (Eclesiastés 9:11) y si bien, hacer un servicio para el Señor con las almas es algo maravilloso, una cosa no quita la otra, pues como dijo el Señor: “Esto es necesario hacer, sin dejar de hacer aquello” (Mateo 23:23)

Hay momentos y reuniones donde nos reunimos como Iglesia, y son momentos cuando se reúne toda la iglesia, no solamente una parte de ella. El Señor en medio de los suyos garantiza que nada falte para esos momentos. Él es quien nos congrega alrededor suyo y de su plenitud tomamos todo, “gracia sobre gracia” (Juan 1:16)

Las reuniones en sí tienen distintas características. Si es una reunión de adoración, el Espíritu Santo nos conducirá poniendo en nuestro corazón las expresiones convenientes y  los himnos adecuados, para que adoremos y expresándonos en esa libertad del Espíritu, seamos la boca de la asamblea conduciendo la adoración. Allí estará el Señor según lo declaró. “En medio de la congregación te alabaré” (Hebreos 2:12)  Si nos juntamos para orar colectivamente, el Espíritu nos conducirá para hacer subir las peticiones con acciones de gracias de manera conveniente, “orando en el espíritu Santo” (Judas 1:20)

Fijémonos un detalle muy importante: En las reuniones de adoración, como en las de oración, es el Espíritu Santo quien nos conduce a elevar nuestras voces para que suban desde la congregación a la presencia de Dios. En el ministerio de la palabra y las reuniones para tal fin, es distinto. El Espíritu Santo, no es el que eleva al cielo lo nuestro, sino el que trae desde arriba lo que Dios quiere comunicarnos. En la adoración y las oraciones, es lo nuestro que sube por el poder del Espíritu, en el ministerio, es lo de Dios que desciende para nuestra edificación y siempre, es el Espíritu Santo el conductor dirigente, y no el hombre el que hace que las bocas se abran en la presencia del Señor en estas reuniones.

Como puede verse, esto no es de ninguna manera una exageración procedente de una estructura religiosa, antigua y tradicional, como usted  decía, sino lo que nos enseña la Palabra y nos muestra como práctica de la Iglesia.

El Apóstol Pablo, instrumento escogido por Dios para poner delante nuestro las verdades reveladas de la iglesia del Señor, enseñando acerca del orden que debe haber en “la casa de Dios, que es la Iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad” (1 Timoteo 3:15)  y corrigiendo los errores que se cometían en las reuniones,  dejó bien en claro, que

“Con todo eso, si alguno quiere ser contencioso, nosotros no tenemos tal costumbre, ni las iglesias de Dios” (1 Corintios 11:16) y “Si alguno se cree profeta, o espiritual, reconozca que lo que os escribo son mandamientos del Señor” (1 Corintios 14:37)

Tener estas verdades en claro, nos hacen hacer las cosas convenientemente y evitan problemas y malas interpretaciones. Muchas veces, al ver que un hermano toma todas las iniciativas y dirige y habla; los demás se quejan y se preguntan porque no deja lugar a otro etc. cuando deberían comprender que ese hermano actúa bajo su responsabilidad de servicio personal ante el Señor que lo llamó al ministerio y le dio un don para que ejercite. Él lo hace en una reunión que no es una reunión de asamblea, por lo tanto debemos ser muy cautos para juzgar. Otras veces, esa costumbre adquirida en el desarrollo del don recibido, nos puede conducir a querer hacer lo mismo en una reunión de Asamblea, y allí no sería correcto, porque hay otros hermanos que esperan diligentes que los dirija el Espíritu  y no un hombre.

A veces estas verdades son difíciles de comprender, porque a nuestro alrededor se ve un mundo cristiano, dirigido por un clero que los ministra y dirige , donde no se conocen las verdades en cuanto a las reuniones y el ministerio, por lo cual, la falta de libertad del Espíritu en las reuniones no molesta , y se auto convencen que lo importante es hacer las cosas de la mejor manera siempre que aparentemente de resultado, pues aunque no se ajuste mucho a lo que dice la Biblia, el fin, justifica los medios .

Meditemos en las Sagradas Escrituras y el Señor nos conducirá en sus pensamientos, recordando lo que se les dijo a los Corintios: “¿Acaso ha salido de vosotros la palabra de Dios, o sólo a vosotros ha llegado?” (1 Corintios 14:35) Esto nos ubica en la posición que nos corresponde, porque no somos nosotros los que establecemos las reglas divinas y desde donde sale la Palabra para que así se haga, sino que la Palabra y sus enseñanzas nos han llegado como  también al resto de los creyentes, para que caminemos en la voluntad de Dios.


Finalizada esta conversación, el joven confesó que desconocía los versículos citados y el pensamiento que se le presentó  prometiendo meditar en ello.


Preguntas bíblicas

www.lacuevadeadulam.com.ar  weblacuevadeadulam@gmail.com

¿EL USO DE LA MANTILLA EN LA MUJER, ES UNA ORDENANZA VIGENTE PARA LA IGLESIA?

¿El uso de la mantilla en las reuniones, es una ordenanza bíblica o simplemente una costumbre cultural pasada de moda para nuestro tiempo?


Para responder a esta pregunta y que quede una enseñanza efectiva, es necesario, como siempre lo decimos, recurrir únicamente a las Sagradas Escrituras despojados de toda idea preconcebida o preferencia particular.

La Biblia muestra claramente que el uso de la mantilla en la mujer, o de algún velo puesto sobre su cabeza, mientras ora o profetiza (Profetizar, en este caso es  hablar de parte del Señor, comunicar su pensamiento etc.) es una ordenanza vigente y actual para la Iglesia del Señor, de lo cual, no solamente tenemos la ordenanza clara y directa, sino que además se nos explica el porqué, apelando a varias  razones de peso, que nadie puede negar.

Dichas razones  son las siguientes:

La gloria de Cristo: Cuando se trata de la Gloria de Cristo nada es insignificante. Dios muestra a través de su Iglesia esa gloria y manifiesta su multiforme sabiduría (Efesios 3:10)

 El acto y orden  creacional (1 Corintios 11: 8,9)

La enseñanza de la misma naturaleza (1 Corintios 11:14)

La costumbre en la Iglesia de Dios. (1 Corintios 11:16)

El apóstol Pablo,  inspirado por Dios escribe la primera carta a los Corintios, y ya, desde sus primeras líneas deja bien en claro que sus enseñanzas, son mandamientos del Señor para los suyos que estaban en Corintio, pero, también para todos los que en cualquier lugar invocaran el Nombre del Señor “Pablo, llamado a ser apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, y el hermano Sóstenes, a la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro” (1 Corintios 1:1,2)

Algunos enseñan que, como había tantos problemas en la Asamblea en Corintio, Pablo se vio obligado a escribirles a ellos particularmente todo el contenido de su carta, y que nosotros, solo debemos tomar algunas enseñanzas, ya que no estamos en el mismo contexto cultural, histórico, espiritual… ¡Eso es falso y dañino! Todas las epístolas muestran claramente, que los temas expuestos en ellas, se debieron a que en esos lugares estaban viviendo ciertos peligros particulares, pero, tal como en las cartas escritas por Juan a las Iglesias de Asia, hay un principio que se mantiene y es el siguiente :   “El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias” (Apocalipsis 2:29) Es decir que, las enseñanzas y directivas, si bien, están destinadas primeramente a la iglesia en mención, son enseñanzas universales que todos debemos tener en cuenta.

Pablo resalta este principio en la carta a los Corintios que es la porción de las Escrituras que primeramente se debe analizar para saber el porqué del uso de la mantilla en la mujer y de la cabeza descubierta del varón en la presencia del Señor. Y lo puntualiza en los siguientes versículos: “Esto ordeno en todas las iglesias” (1 Corintios 7:17) si alguno quiere ser contencioso, nosotros no tenemos tal costumbre, ni las iglesias de Dios” (1 Corintios 11:16) “Si alguno se cree profeta, o espiritual, reconozca que lo que os escribo son mandamientos del Señor” (1 Corintios 14:37) “haced vosotros también de la manera que ordené en las iglesias de Galacia” (1 Corintios 16:1) Estos ejemplos son suficientes para descartar las enseñanzas de aquellos que argumentan que las ordenanzas que encontramos en esta carta, tienen solamente una aplicación local.

Pasando ahora al capítulo bíblico que tiene las enseñanzas sobre el velo de la mujer (1 Corintios 11:1 al 16) Notamos que Pablo se gozaba en los hermanos de Corintios porque en todo se acordaban de él y retenían las instrucciones tal como se las había entregado, pero necesitaban saber algo muy importante y cumplirlo para la gloria de Dios.

Quiero que sepáis que Cristo es la cabeza de todo varón, y el varón es la cabeza de la mujer, y Dios la cabeza de Cristo” (Versículo 3) Debido a esto, es que: “Todo varón que ora o profetiza con la cabeza cubierta, afrenta su cabeza. Pero toda mujer que ora o profetiza con la cabeza descubierta, afrenta su cabeza” (versículos 4,5)

Estos versículos explican porque la mujer debe estar cubierta, y el hombre debe estar con la cabeza descubierta al presentarse conscientemente en la presencia de Dios. Siendo Cristo la cabeza de todo varón, el varón debe honrar a su cabeza, y siendo que el varón es imagen y gloria de Dios, no debe cubrir su cabeza al orar ni al hablar de su parte, porque debe mostrar esa gloria. Colocarse un gorro, sombrero o cualquier otro tipo de cobertura en la cabeza al orar o al ministrar, sería una afrenta (*) hacia Cristo. Por el contrario, la mujer al ser declarada por Dios: “Gloria del varón” (versículo 7) Debe estar cubierta, velar, esa gloria, para que la gloria sea enteramente para el Señor en cada detalle. La mujer, al cubrirse reconoce la posición que le ha dado Dios. La primacía del varón, de Cristo y de Dios. La cubierta sobre su cabeza, es una señal visible, de que ella se somete al orden establecido por Dios. 

(*) Afrenta significa: Hecho o insulto que ofende gravemente a una persona por atentar contra su dignidad.

El apóstol Pablo les recuerda a los Corintios que “la mujer debe tener señal de autoridad sobre su cabeza, por causa de los ángeles” (Versículo 10) Esto también nos es explicado en la Palabra. La iglesia da a conocer la multiforme sabiduría de Dios a los principados y potestades en los lugares celestiales. (Los ángeles) (Efesios 3:10) Cuando los salvos se congregan y administran las cosas santas, y proclaman la obra de Cristo,  dice el apóstol Pedro, que esas son cosas que “Anhelan mirar los ángeles” (1 Pedro 1:12)  Porque ellos que conocen bien la historia del hombre desde su origen, se gozan en ver como Dios para el hombre ha provisto la salvación que no proveyó para los ángeles que cayeron. (Hebreos 2:16) y viendo a los salvos tributarle el reconocimiento al Salvador, se gozan al ver a todos sujetarse al orden divino: Las mujeres cubiertas, y los hombres con la cabeza descubierta.

Luego, como mencionábamos anteriormente, el apóstol apela al orden creacional, diciendo que esta primacía, enunciada en este capítulo: <El hombre como cabeza de la mujer>,  es así, debido a que la mujer procede del varón, y fue creada a causa del varón, como su ayuda idónea, su compañía perfecta y su complemento. No porque el varón sea más importante, ni mucho menos, “Porque  en el Señor, ni el varón es sin la mujer, ni la mujer sin el varón” (1 Corintios 11:11) sino por el simple hecho del orden creacional.

Más allá de la causa creacional, también el apóstol apela a la misma naturaleza, y a la costumbre de las Iglesias de Dios, diciendo, como más allá de toda moda, pauta cultural, etc. “La naturaleza misma ¿no os enseña que al varón le es deshonroso dejarse crecer el cabello? Por el contrario, a la mujer dejarse crecer el cabello le es honroso; porque en lugar de velo le es dado el cabello. Con todo eso, si alguno quiere ser contencioso, nosotros no tenemos tal costumbre, ni las iglesias de Dios. ” (1 Corintios 11:14 al 16) Estos argumentos son innegables. La misma naturaleza enseña que la mujer es dotada por Dios con una cabellera que crece dándole gloria. Su cabello siempre la distinguió, diferenciándola del varón, siendo un velo natural para todo momento. La mujer no debe renunciar a mostrar esta diferencia, colocándose en el lugar y la posición del hombre, porque como venimos viendo, hay un orden que Dios quiere poner de manifiesto y entre los creyentes debe ser mantenido. 

Por estas razones, debemos comprender que el velo para las mujeres y la cabeza descubierta para los hombres, no es una costumbre pasada de moda, es un principio espiritual, que habla de la primacía instituida por Dios que la Iglesia del Señor debe respetar. Lógicamente, como todo principio divino, encuentra la resistencia del hombre natural que se rebela y que buscará un sin fin de excusas para no satisfacer la voluntad de Dios, pero los que deseamos honrar al Señor, debemos recordar lo que él dijo: “Mas entre vosotros no será así” (Mateo 20:26) y obedecer su palabra.

Hay quienes interpretan mal lo dicho en (1 corintios 11:15) “Por el contrario, a la mujer dejarse crecer el cabello le es honroso; porque en lugar de velo le es dado el cabello” Y piensan, que si la mujer deja crecer su cabello, entonces ya no necesita cubrirse, porque tiene el cabello como velo.

Esta interpretación es errónea. Lo que se dice en el versículo 15 está en relación con lo del versículo 14, donde el Espíritu Santo puntualiza que  la naturaleza misma nos enseña que la mujer no debe cortarse el cabello como varón, ni raparse, sino dejárselo crecer, porque esto la distingue en su posición. Su cabello, es su gloria personal.  Es un velo natural que crece para distinguirla. La mujer con cabello largo, en todo lugar, testifica que asume su posición y acepta el orden de Dios, pero cuando, esa misma mujer va a orar o a hablar de parte de Dios en el ámbito hermoso que el Señor le otorga poder hacerlo, cubre su gloria personal, cubre su cabello largo,  y en esa mantilla o velo que utiliza para cubrirse, manifiesta una señal de sumisión al Señor que glorifica su Nombre.

Estas  consideraciones son sumamente claras para comprender que el uso de la mantilla es algo que sigue vigente para la iglesia y vigente en el deseo de Dios. Lamentablemente ya poco se habla del tema y hay generaciones enteras que ignoran tales enseñanzas, por ese motivo, es bueno, meditar en las Escrituras acerca de estas cuestiones, y trasmitirlas, “para que en todo sea Dios glorificado” (1 Pedro 4:11)

Esto es solamente una contestación a la pregunta hecha. Hay estudios sobre el tema que también  podemos recomendar y que pueden solicitar a nuestra dirección.

¡Oramos  por todos aquellos que desean crecer en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y salvador Jesucristo y esperamos que el Señor bendiga su Palabra!


Preguntas Bíblicas

www.lacuevadeadulam.com.ar  weblacuevadeadulam@gmail.com

¿QUÉ ES EL BAUTISMO DEL ESPÍRITU SANTO?

PREGUNTA:

¿Qué es el bautismo del Espíritu Santo? ¿Tiene el bautismo del Espíritu Santo,  algo que ver como muchos enseñan, con la segunda gracia de la cual habla Pablo en la epístola 2 Corintios 1:15? ¿Por qué muchos no reciben el bautismo del Espíritu Santo?

RESPUESTA:

Antes de buscar en la Palabra de Dios para dar respuesta a preguntas tan interesantes, debemos dejar en claro que las respuestas a estas preguntas, solamente satisfarán a aquellos que con corazones sinceros deseen saber lo que dice Dios al respecto, más allá de toda idea preconcebida o de lo que se deseen creer. Esto lo decimos, porque lamentablemente, sobre este tema: El Bautismo del Espíritu santo, no solamente hay malas interpretaciones, como falla de la hermenéutica utilizada, sino que hay interpretaciones tomadas voluntariamente, que forman la base de fe, de los sistemas eclesiásticos de un gran número de creyentes, los cuales, obviamente, no pueden aceptar otras interpretaciones por más claras que sean, sin derrumbar esos pilares de “fe” sobre los cuales se congregan. Sin embargo, la Palabra es clara al respecto, y a ella nos someteremos. “Y El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios” (Juan 7:17)

Para comenzar, debemos recordar que BAUTIZAR, significa LAVAR, SUMERGIR. Y que la Palabra menciona varia clase de bautismos (Hebreos 6:2): Los lavamientos rituales de los sacerdotes y de objetos del santuario para su purificación. El bautismo de Juan, que era un bautismo de arrepentimiento, para recibir al Mesías , el bautismo cristiano, y el bautismo del Espíritu Santo, que es el que nos ocupa en este momento.

Juan dijo: “Yo a la verdad os he bautizado con agua; pero él os bautizará con Espíritu Santo” (Marcos 1:8)

Jesús lo confirmó diciendo “Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días” (Hechos 1:5)

Esos, no muchos días, que iban a pasar hasta que fueran bautizados con el Espíritu Santo, se cumplieron el día de Pentecostés, en Hechos 2, donde estando todos los creyentes juntos y unánimes, descendió el Espíritu Santo y los bautizó en un cuerpo, formando así la Iglesia del Señor, que es el cuerpo de Cristo y que está conformada por todos aquellos que, siendo Judíos o gentiles, lo han recibido como salvador. ”Pues así,  creó en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz, y mediante la cruz reconcilió con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades” (Efesios 2:15,16)

La Iglesia se formó en ese momento, como algo totalmente nuevo, no como muchos entienden, para ser la continuación de Israel.

El apóstol Pablo, quien no estuvo presente en aquel momento que se nos narra en Hechos 2 cuando descendió el Espíritu Santo y bautizó, (sumergió) a todos en un cuerpo, hablándole a los Corintios les dice: “Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu” (1 Corintios 12:13) ¿Qué quiso decir con eso? Simplemente, que el mismo Espíritu Santo que descendió en aquel día de Pentecostés, cumpliendo la promesa del Señor, formando la Iglesia; es el mismo que recibimos los creyentes, en el momento de nuestra conversión y que nos introduce o bautiza, en ese cuerpo que es la Iglesia. Cada persona salvada, es bautizada automáticamente al recibir la vida eterna, como un miembro más del Cuerpo de Cristo.

El Señor Jesús, antes de volver a los cielos, les dijo a los suyos: “Yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros” (Juan 14:16,17) Los discípulos habían conocido el poder del Espíritu de Dios, estando con Jesús,  pero, no fueron hechos templo del Espíritu Santo, sino hasta el día de Pentecostés, momento en el  que el Espíritu Santo vino a morar en ellos y los bautizó en un cuerpo.

En el Antiguo Testamento, los santos hombres de Dios, obraron por el poder de ese Espíritu que venía sobre ellos, pero, que no  quedaba en ellos, sino que los envestía de poder para que pudieran hacer o decir lo que Dios deseaba, y luego  se retiraba. De allí que la señal distintiva de Dios, para que Juan discerniera en Jesús a su Ungido, era  ver que el Espíritu viniera sobre él y permaneciera en él, a diferencia de lo que hubiera sucedido con cualquier otro hombre.

“Juan dio testimonio, diciendo: Vi al Espíritu que descendía del cielo como paloma, y permaneció sobre él. Y yo no le conocía; pero el que me envió a bautizar con agua, aquél me dijo: Sobre quien veas descender el Espíritu y que permanece sobre él, ése es el que bautiza con el Espíritu Santo” (Juan 1:32,33)

Ese mismo Espíritu vino sobre los creyentes,  y es una promesa cumplida, No algo que debemos esperar ni pedir que se cumpla. Todos los que somos hijos de Dios, lo hemos recibido desde el momento en el que creíamos en el Señor Jesús como nuestro salvador.

La Biblia dice claramente que: “En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa” (Efesios 1:13) Por lo tanto, orar para recibir el Espíritu Santo, como se enseña en algunos medios, no es correcto, es una mala interpretación que se hizo doctrina, basada en versículos donde la venida del Espíritu era algo todavía futura, porque Jesús no había sido aún glorificado (Juan 7:39) Pero, que para nosotros ya se cumplió, y no necesitamos esperar ni pedir.

La Biblia nos habla acerca del Espíritu Santo en el creyente, y lo menciona en el bautismo, sello, unción…  Expresiones que Dios emplea para enseñarnos cosas realmente maravillosas que tratan acerca de nuestra salvación y de lo que hace Dios en nosotros.

Las verdades que nos presenta Dios por medio de su Palabra, no se divorcian, forman parte de una sola y única verdad revelada, y comprender un aspecto, nos ayuda a comprender los otros.

La Biblia nos enseña, que El Espíritu Santo  viene sobre la persona que recibe a Cristo como salvador y lo SELLA como propiedad de Dios. ¿Cómo saber quién es de Cristo verdaderamente? ¿Cómo hacer para no confundir a alguien realmente convertido, con un simple convencido? Ante los ojos de los hombres, puede haber dudas, pues muchos tienen apariencia de piedad, pero, Dios conoce a los que son suyos, y podemos discernir  quien realmente es de Dios, por el sello que tiene puesto, y que es justamente, el Espíritu Santo en él,  que produce sus frutos.

Alguien aún podría preguntar: ¿Podría darse el caso, que alguien en nuestro tiempo sea salvo, pero, que no haya recibido aún  al Espíritu Santo? La respuesta es: No. La Palabra de Dios es bien clara y dice: “Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él” (Romanos 8:9) Todos los que somos de Cristo, tenemos el Espíritu Santo, sin necesidad de pedir que venga sobre nosotros, y si alguno no lo tiene, entonces no es de él.

El Espíritu santo, que sella al creyente desde el momento de su conversión, también es derramado sobre el creyente como una UNCION, que lo capacita con una nueva mentalidad. Así, como antiguamente los sacerdotes para poder oficiar, los profetas y los reyes, eran ungidos con aceite, figura del Espíritu Santo. Nosotros, somos ungidos con ese Espíritu para poder adorar como sacerdotes, hablar de parte de Dios, y ocuparnos de las cosas de su reino. Por eso está escrito: “El que nos ungió, es Dios, el cual también nos ha sellado y nos ha dado las arras del Espíritu en nuestros corazones” (2 Corintios 1:21,22)

Por lo tanto, a la luz de las Escrituras, el bautismo del Espíritu Santo, es la introducción de los creyentes en el cuerpo de Cristo y no debemos pedirlo, ni es una experiencia que tengamos que gustar luego de ser salvos, porque somos bautizados automáticamente en el Cuerpo de Cristo que es su Iglesia, desde el mismo momento de la conversión. Y si aún costará comprender esto, hay que tener en cuenta, que los diferentes tiempos verbales, presente y futuro, con los cuales se expresa Dios en su palabra, son obviamente necesarios, porque, esto que para nosotros hoy es así, para los discípulos del Señor Jesús en aquellos días en los que él se encaminaba hacia la cruz, eran aún cosas que debían cumplirse, por eso ellos debían esperarlo; pero, que luego que el Señor Jesús murió, resucitó y ascendió a los cielos, se cumplieron fielmente y ya no necesitamos esperar que sucedan.

La segunda parte de la pregunta es: ¿Tiene el Bautismo del Espíritu Santo  algo que ver, como muchos enseñan, con la segunda gracia de la cual habla Pablo en 2 Corintios 1:15?

A esto respondemos, que No. No tiene nada que ver como lo dicho por Pablo en ese pasaje.

Pablo al escribirles a los Corintios su segunda carta les dice que “Con esta confianza quise ir primero a vosotros, para que tuvieseis una segunda gracia, y por vosotros pasar a Macedonia, y desde Macedonia venir otra vez a vosotros, y ser encaminado por vosotros a Judea” (2 Corintios 1:15,16) En clara alusión, que la segunda gracia, era la de tener DOS VISITAS, en lugar de una, no de llegar a ellos llevándoles una nueva gracia de manera fantástica como muchos enseñan.  

Y sobre la pregunta: ¿Por qué muchos no reciben el bautismo del Espíritu Santo? Debemos responder que según la sana doctrina bíblica, quien no experimentó el bautismo del Espíritu Santo, es porque aún no recibió a Cristo como su salvador, por lo tanto, no pasó de la muerte a la vida, ni forma parte de la Iglesia de Cristo.

Estas respuestas, como decíamos al comienzo, solo satisfarán a aquellos que deseen sin preconceptos ver lo que Dios dice por medio de su Palabra. Hay quienes enseñan otras cosas, sin embargo, debemos someternos a las sanas enseñanzas de la Palabra de Dios. Éstas, nos enseñan que aún aquel que fuera considerado como el más débil entre los hijos de Dios, al haber creído en Cristo, fue sellado, ungido y bautizado por el Espíritu Santo en el Cuerpo de Cristo. Y si alguien lo cuestionara por no haber tenido alguna manifestación en lenguas extrañas ni cosas por el estilo, manifestaría una gran ignorancia en cuanto a las doctrinas bíblicas.


Preguntas Bíblicas

www.lacuevadeadulam.com.ar  weblacuevadeadulam@gmail.com

¿NOS RECONOCEREMOS EN EL CIELO?

PREGUNTA:

¿Reconoceremos a nuestros seres queridos y a los demás salvos, cuando estemos en el cielo?

RESPUESTA:

Realmente,  saber si en los cielos podremos reconocer a nuestros seres queridos, es una pregunta que generalmente todos nos hicimos alguna vez.  

Primeramente, antes de buscar en las Sagradas Escrituras que se dice Dios al respecto, es necesario que cada uno de nosotros, tenga la plena seguridad de que será recibido en los cielos. “Porque os digo que si VUESTRA JUSTICIA no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos” (Mateo 5:20)

¿Qué quiso decir el Señor Jesús con esto? Que para entrar en su reino, el hombre debe ser declarado justo. Aquel que es justo, tiene la cobertura de una justicia que lo avala.

Ahora bien. Los escribas y fariseos, no eran personas comunes entre los judíos, pues ellos, además de tener un origen tan noble por ser descendientes de Abraham, cosa que caracterizaba a todo Israelita, eran personas religiosas, con una gran apariencia de piedad, escrupulosos en guardar la ley y conocedores de las Escrituras.

Para cualquier persona común del pueblo, si había hombres que podían proclamarse justos, eran justamente los Escribas y Fariseos y, sin embargo, la justicia en la cual se amparaban, no les alcanzaba para ser declarados justos delante de Dios.

¿Dónde encontrar entonces una justicia mayor que la de los jefes religiosos que se ocupaban continuamente de las cosas santas? : La respuesta es: En Cristo.

Cristo Jesús, fue el único justo, y Dios es justo en justificar, <es decir en declarar como justos> a los que son de la fe de Cristo Jesús (Romanos 3:26)

Llegará el día, en el que todos serán presentados delante de Dios. Algunos podrán argumentar su justicia, porque quizás hicieron buenas obras; pero, en ese momento, delante de la Santidad de Dios, entenderán lo que dice la Biblia. “Todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia” (Isaías 64:6)

Otros, se presentarán reconociéndose pecadores, pero, habiendo recibiendo al Señor Jesús como  salvador. Y como Cristo, sí, es Justo, su justicia cubrirá a todos los que se encuentren representados en él.

La Biblia dice: Más por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención” (1 Corintios 1:30)

Teniendo en cuenta esta gran verdad, que solamente entrarán en el cielo, todos los que estén justificados por Dios, podemos buscar ahora juntos y ver   que dice la Palabra acerca de lo que nos preguntábamos, es decir: Si estando en el cielo, reconoceremos a nuestros seres queridos.

Primeramente, recordemos que con la muerte física, no se termina todo, pues el ser, no deja de existir, la parte espiritual del ser humano no muere.

Antes de seguir adelante haremos un paréntesis para la siguiente aclaración: Hay sectas, que niegan el castigo eterno y la vida después de la muerte, argumentando que la Biblia dice: “El alma que pecare, esa morirá; el hijo no llevará el pecado del padre, ni el padre llevará el pecado del hijo; la justicia del justo será sobre él, y la impiedad del impío será sobre él” (Ezequiel 18:20)  Por lo cual, al encontrarse con este versículo, llegan a la conclusión errónea, de que el alma muere.

Leyendo atentamente el texto mencionado, no tomando sólo una  parte, como pretexto,  uno ve, que aquí, el dictamen de Dios no se refiere a la parte inmaterial del ser (el alma) sino a la persona. Esta forma de expresión se llama. Sinécdoque.  Y es lo que se utiliza, cuando al expresarnos,  uno nombra, una parte por el todo, o todo, por una parte. Como cuando se dice. <Trabaja para ganarse el pan>, lo cual significa, no solamente el pan, sino la comida en general. En  el pasaje de Ezequiel, obviamente, se está utilizando una sinécdoque, y tal pasaje, podría leerse de la siguiente manera: “La persona que pecare, esa morirá”

Con este breve comentario, queremos dejar en  claro, que la parte inmaterial del ser humano, es decir su alma,  no deja de existir en el momento de  la muerte física, que es simplemente, la separación del cuerpo, que es la parte material del hombre, de su parte inmaterial (alma y espíritu).

El Señor Jesús, hablándole a los suyos, dejó también,  bien en claro, que Dios, no considera como inexistentes a los que han pasado sobre esta tierra y ya no están con nosotros. Él dijo: “Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? (Mateo 22: 32) “Porque Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para él todos viven” (Lucas 20:38) Cuando dijo esto, Abraham, Isaac y Jacob ya habían muerto, sin embargo, no dice “Yo era el Dios” sino, YO SOY EL DIOS. Pues para Dios viven, aunque sus cuerpos hayan vuelto al polvo.

Volviendo a nuestra pregunta, si nos reconoceremos en el cielo, podemos decir, que hay muchos pasajes en las Escrituras que nos sugieren que sí, que efectivamente tenemos más evidencias para pensar que sí, que para pensar que no.

Dios, dijo que los patriarcas del pueblo escogido, cuando murieron, que se reunieron con sus padres o con su pueblo. De Abraham leemos  que, “a los ciento setenta y cinco años, exhaló el espíritu y fue unido a su pueblo” (Génesis 25.7-8). De Isaac dice lo mismo (Génesis 35.29) y Jacob, es el mismo, quien al anunciar su muerte, dice que va a reunirse con su pueblo (Génesis 49.29) Por todos esos pasajes, entendemos que aquellos siervos del Señor, fueron a reunirse con sus antepasados, donde lógicamente, los reconocerían.

En el relato bíblico de  (Lucas 16:19-31) vemos claramente que tanto Lázaro en el paraíso, como el rico en el lugar de tormento, reconocen a Abraham. En (Mateo 8.11-12) el Señor también dice que los salvados reconocerían a los patriarcas; y ciertamente en el monte de la transfiguración los tres discípulos, en una escena anticipada de la gloria del Señor, reconocieron a Moisés y Elías, aunque  jamás los habían visto (Mateo 17.1-8). Tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo, Dios afirma categóricamente que él es Dios de vivos y no de muertos, y obviamente reconocibles.

Muchos tropiezan con el pasaje bíblico  donde se nos dice, que aquellos hombres que no creían en la resurrección y pertenecían a la secta de Saduceos, quisieron probar al Señor Jesús con aquella pregunta. “Maestro, Moisés dijo: Si alguno muriere sin hijos, su hermano se casará con su mujer, y levantará descendencia a su hermano.

Hubo, pues, entre nosotros siete hermanos; el primero se casó, y murió; y no teniendo descendencia, dejó su mujer a su hermano. Y así sucesivamente a  los otros…

¿De cuál de los siete será  mujer, ya que todos la tuvieron?

Entonces respondiendo Jesús, les dijo: Erráis, ignorando las Escrituras y el poder de Dios. Porque en la resurrección ni se casarán ni se darán en casamiento, sino serán como los ángeles de Dios en el cielo (Mateo 22: 24-30)

Con este pasaje aprendemos lo siguiente: No, que en el cielo no tendremos identidad ni nos reconoceremos, sino que en aquella esfera, no estaremos  en la condición de aquí abajo, sujetos a los lazos terrenales que tenemos sobre la tierra.

Los Ángeles, son seres que  también se reconocen. El ángel Gabriel, no es el mismo que el arcángel Miguel. Son plenamente diferenciados y reconocidos sin que cambie en nada su condición. No debemos confundir la condición terrenal con la celestial. Aquí en la tierra los seres humanos tenemos lazos terrenales que en el cielo no existirán y sentimientos que crean estos lazos que en el cielo serán distintos. Por ejemplo. Aquí, alguien ama a su cónyuge, a sus hijos, a los hermanos, a los vecinos, a la humanidad… Sin embargo, bien sabemos que ese amor, no es igual para con todos, pues, es distinto el amor que uno siente por su esposa, que por aquellos seres humanos a la distancia con los cuales nunca ha tenido trato. En el cielo el sentimiento de amor ya no será como en esta tierra, será perfecto, como el de Cristo, y un amor igual  regirá todas las relaciones de los que allí estaremos; donde todos seremos vistos, como objetos de la gracia de Dios, y ya no, en relación de esposa, esposo, hijos, o padres. 

Ahora bien, volvemos a decir que debemos tener presente  que, aunque  no existirán estas relaciones mencionadas,  que sí existen en la tierra; no quiere decir por eso que nuestros corazones no se gocen juntos en la presencia del Señor reconociéndonos los unos a los otros.

Otra cosa que podemos agregar es lo siguiente: La presencia del Señor allí lo llenará todo, y no habrá pena, ni dolor, ni nada que quite el gozo santo de la presencia de Dios. Hay un cántico que dice: “La memoria retendremos a cubierto del dolor”  Y esto es, porque justamente habrá memoria, pero solamente  de las cosas bellas de la  gracia de Dios que moverá los corazones continuamente a la adoración.

Allí todo será distinto. Si en el estado corporal y en la condición que vivimos hoy, pasaríamos a la eternidad, estaríamos sujetos aún a sentimientos que enturbiarían el gozo. Como, por ejemplo, saber que algunos de nuestros seres amados son salvos y otros no. En el cielo, el Señor lo llenará todo, y ya  no habrá pena ni dolor, ni memoria de todo cuanto pueda hacernos sufrir, pues un mismo y perfecto amor lo llenará todo para la gloria de Dios.

Con estos versículos, podemos tomar aliento pensando que en los cielos nos reconoceremos. Considerando además,  que si en la tierra, a pesar de tantas debilidades y limitaciones como tenemos, poseemos igualmente capacidades extraordinarias  ¡¿Cómo podríamos pensar que en el cielo tendremos menos capacidades que las que tenemos ahora,  para  poder reconocernos y gozarnos juntos?! ¡Imposible!  Allí, todo será perfecto, conoceremos como fuimos conocidos, y la presencia del pecado ya no estará más para estorbarnos ni entristecernos.

Preguntas Bíblicas

www.lacuevadeadulam.com.ar weblacuevadeadulam@gmail.com

¿QUÉ SIGNIFICA SER BORRADO DEL LIBRO DE LA VIDA?

PREGUNTA:

Si la salvación no se pierde, ¿Cómo  debe interpretarse entonces “El que venciere será vestido de vestiduras blancas; y no borraré su nombre del libro de la vida, y confesaré su nombre delante de mi Padre, y delante de sus ángeles” (Apocalipsis 3:5)?   ¿No tenemos en este versículo una referencia a la pérdida de la salvación?

RESPUESTA:

Para dar respuesta a la pregunta, es necesario pensar en el significado de lo que realmente es el libro de la vida, para interpretar correctamente la declaración de (Apocalipsis 3:5) Teniendo en cuenta primeramente,  que la salvación, no es la recompensa de Dios a la fidelidad del hombre, el premio por sus buenas obras; ni la consecuencia de haber hecho nada para completar, ni mantener, lo que ha hecho Dios en Cristo Jesús. Por lo tanto, no se gana, ni se pierde, se obtiene por gracia, mediante la fe.

Cuando Dios nos habla de un libro, es para hacernos ver de una manera clara, como, a través de los tiempos, él lleva el control de todo. Que hay un registro, donde todo consta.

Véase por ejemplo: Éxodo 32:32,33, Salmo 56:8, Malaquías 3.16 entre otros

El apóstol Pablo, al hablar de Clemente, y los demás colaboradores suyos dijo: “cuyos nombres están en el libro de la vida” (Filipenses 4:3) El Señor Jesús le dijo a sus discípulos: “regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos” (Lucas 10:20) Lo cual nos hace ver, que hay un registro divino donde constan los creyentes, que se llama libro de la vida.

Por lo que vemos en la Palabra, el libro de la vida tiene al menos dos aspectos.

Uno, es el que generalmente todos reconocen. El libro en el cual, Dios anota el nombre de los salvos por su gracia “Inscriptos en los cielos” (Hebreos 12:23) Y  el otro aspecto, que es necesario considerar, es que el libro de la vida, también es el registro de la profesión cristiana, de donde uno puede ser raído o borrado.

Cuando decimos “profesión cristiana”, nos referimos a la esfera que encierra a todo aquel que profesa ser de Cristo. En esta esfera, obviamente están los verdaderos creyentes, los cuales reconocen “Una fe, un Señor, un bautismo” (Efesios 4:5) Pero,  también, aquellos que pertenecen a la fe cristiana, sin ser salvos. Que se han bautizado, pero, sin haber nacido de nuevo, como el caso de Simón el mago (Hechos 8:13, 21-23) y que dicen ser del Señor y lo son, solo de nombre.  Recordemos que el Señor dijo: No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad” (Mateo 7:21-23)

Este grupo de personas que profesan ser de Cristo, que tiene apariencia de piedad, asiste a las reuniones etc. son considerados cristianos, pero,  tal como muchos de los que se congregaban en Sardis, están “Dos veces muertos y desarraigados” (Judas 12) Porque están muertos en delitos y pecados, como toda persona nacida de Adán, y muertos en cuanto a la vida eterna que profesan tener, porque “tienen el nombre de que viven, y están muertos” (Apocalipsis 3:1)

Por lo tanto, vemos que en un sentido, hay un libro de la vida, donde Dios mismo anota el nombre de los que son suyos, y como dice un himno muy antiguo: “La gracia divinal, mi nombre allí escribió, con sangre y firma celestial, Dios fiel lo atestiguó” De ese libro es imposible ser borrado, porque la salvación no se pierde, y lo atestigua quien nos salvó y dijo al Padre: “de los que me diste no perdí ninguno” (Juan 18:9)

Sin embargo, como decíamos, hay también un registro de todos los que profesan ser de Dios. Un registro mencionado “libro de la vida”  que tiene anotados los nombres de todos aquellos que en algún momento, hicieron profesión de fe e ingresaron en las filas del pueblo de Dios. Libro del cual sí, se puede ser borrado; pues, llegará el momento, en el cual el Señor pondrá de manifiesto, quien verdaderamente es suyo y quien no. “Entonces os volveréis, y discerniréis la diferencia entre el justo y el malo, entre el que sirve a Dios y el que no le sirve” (Malaquías 3:18)

De esta clase de personas es la que habla (Apocalipsis 3:5) Los cuales, serán borrados, no  porque hayan perdido su salvación, sino por no poseerla, siendo sólo, creyentes profesantes.

Este doble aspecto, al hablar del libro de la vida, se entrevé también en el pasaje que dice: “Sean raídos del libro de los vivientes, Y no sean escritos entre los justos” (Salmo 69:28) Donde se infiere que hay un registro de los que viven, y un registro de los justos. Si los que viven, están muertos, deben ser borrados de tal libro.

Dios siempre conserva un registro de los que marchan en sus filas. Moisés, lleno de compasión por el pecado del pueblo, y estando dispuesto a morir por ellos, dijo: Te ruego, pues este pueblo ha cometido un gran pecado, porque se hicieron dioses de oro, que perdones ahora su pecado, y si no, ráeme ahora de tu libro que has escrito” (Éxodo 32:31,32) Aquí Moisés, de una manera figurativa, le estaba diciendo a Dios que acabara con su vida, no que le quitara su salvación.

El aspecto de la profesión cristiana sin vida, es algo que necesitamos tener siempre en cuenta, para poder interpretar correctamente las Escrituras. Por ejemplo, en (Mateo 24:45 al 51) se menciona el servicio, mientras se espera al Señor.  Y allí, vemos, en el siervo fiel y prudente, al verdadero creyente, ocupado en los intereses de su Señor, sirviendo al pueblo a Dios. También encontramos, en ese párrafo,  al siervo malvado, el cual es un creyente nominal, alguien que no es un creyente genuino , que no está expectante ante la venida del Señor y  maltrata a sus consiervos,  confraternizando con los impíos que no tienen ninguna esperanza.  Cuando venga el Señor, <en el caso de Mateo 24  la venida es la referida al Señor a establecer su reino, pero el mismo principio se aplica a los creyentes, ante la espera del arrebatamiento;> Lo castigará duramente y pondrá su parte con los hipócritas, donde será el lloro y el crujir de dientes.

Este es un ejemplo claro, de alguien que ocupó el lugar y la posición privilegiada de un siervo, profesando ser salvo, y mostró claramente que no lo era, y por eso es echado fuera.

Estimados en Cristo, estas son verdades solemnes. El cristianismo no es una religión de formas y cumplimiento de deberes santos. Es una relación personal e íntima con Cristo.  El cristiano es una reproducción de la vida de Cristo, debido a la naturaleza de Cristo que lleva en él. Es verdad que tenemos este tesoro en vasos de barro (2 Corintios 4:7) pero, tenemos ese tesoro, y somos hijos de Dios,  porque con fe verdadera, le hemos creído a Dios y recibido a Cristo como nuestro único y suficiente Salvador.

La vida cristiana no se trata  de profesión, sino de salvación. Todos debemos tener la seguridad de la salvación, por la fe en Cristo Jesús; basada no en emociones, ni en confesiones de fe, producidas en masa bajo presión, las cuales siempre son de origen dudoso, sino, en la veracidad de las Escrituras que declaran fehacientemente que: “El que tiene al Hijo, tiene la vida” (1 Juan 5:12)

¡Dios bendiga su Palabra!


Preguntas bíblicas

www.lacuevadeadulam.com.ar  weblacuevadeadulam@gmail.com

¿SE PUEDE PERDER LA SALVACIÓN?

PREGUNTA:

Alguien preguntó si se puede perder la salvación, teniendo en cuenta, que muchos, luego de haber recibido a Cristo, se vuelven atrás, y la Biblia dice: “El que persevere hasta el fin, este será salvo” (Mateo 24:13)

RESPUESTA:

Dando respuesta a tan interesante pregunta, debemos puntualizar primeramente, que la salvación es de Dios. (Salmo 3:8, Jonás 2:9) Dios es quien la provee por gracia, y está basada en el sacrificio de su Hijo Jesucristo, que lo satisfizo en su juicio por el pecado.

La salvación, es ofrecida por gracia. Es decir, sin que nadie lo merezca; pero, el hombre debe recibir esa salvación por medio de la fe, lo cual también es un don de Dios (Efesios 2: 8)

Con esto queda claro, que el papel del hombre para ganar su salvación, es nulo. Nada puede hacer el hombre perdido, muerto en sus delitos y pecados, para ganar su salvación, ni tampoco para conservarla, y de esa manera llegar al cielo.

Si dependiera del hombre, conservar su salvación, habría una obra meritoria en aquellos que la conservaron, los cuales en la gloria podrían decir: “Dios me otorgó la salvación, pero, yo, la cuidé, sino, no hubiese podido ser salvo”. Una supuesta salvación así, compartida con el hombre, es algo que atenta contra la gloria de Dios.

 “La salvación que es en Cristo Jesús con gloria eterna” (2 Timoteo 2:10) está garantizada por la obra de Cristo, por lo tanto no se pierde.

Hecha esta aclaración, pasemos a considerar algunas cuestiones sobre este tema tan interesante.

Primeramente, quisiéramos decir, que en la mayoría de los casos, las personas y los credos de los diferentes grupos cristianos, que creen que la salvación se pierde, basan la salvación por Cristo, en la fe, no en la gracia.

La Biblia dice: por GRACIA sois salvos, por medio de la FE… (Efesios 2:8) La base,  que nos garantiza la salvación, lograda por medio de la obra perfecta de nuestro Señor Jesucristo, es la GRACIA. La gracia de Dios es inalterable, no disminuye, no falta nunca, ni depende nosotros, y como nace del amor de Dios, siempre estará para mantenernos.

Si invertimos el versículo, y pensamos que la base de la salvación, no es la gracia, sino la fe, las cosas cambian. Porque la fe, es algo que debemos sentir nosotros. De nosotros depende  mantener la fe, y como sabemos, que somos bastante propensos a flaquear en la fe, llegamos a preguntarnos: ¿Qué sucede entonces cuándo falta la fe?  Si la base es la fe, al faltar la fe, la salvación se pierde.

Fijémonos, que todos los ejemplos y  los versículos que se buscan, para apoyar la conjetura que la salvación se pierde, siempre están relacionados con quienes le faltó la fe para seguir fielmente, para mantenerse en el camino etc.

¿Con esto queremos decir que la fe no tiene valor alguno  en la obra de la salvación? De ninguna manera. La fe es importantísima, pero en su debido lugar.

La fe, es el medio por el cual nos apropiamos de la salvación. “Sin fe es imposible agradar a Dios” (Hebreos 11:6) Todos los seres humanos, necesitamos de la gracia de Dios para ser salvos, y Dios ha respondido en gracia para con todos. Que Dios, sea “el Dios de toda gracia” (1 Pedro 5:10) ¿Quiere decir que finalmente,  todos los seres humanos serán salvos? NO. Solamente, son salvos, todos aquellos que reciben esa salvación por medio de la fe.

Los que recibimos la salvación por medio de la fe, que no es  de nosotros, sino don de Dios. (Efesios 2:8) Una vez salvos, tenemos la seguridad, de que poseemos una salvación eterna (Hebreos 5:9) basados en su gracia, no en lo que podamos hacer para mantenerla.

Porque  fuimos  santificados, (es decir puestos aparte para Dios) mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre” (Hebreos 10:10) Quien, “con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados” (Hebreos 10:14)  Y el versículo, citado en la pregunta, que dice: “El que persevere hasta el fin, este será salvo” (Mateo 24:13) no altera en absoluto,  la interpretación que venimos manteniendo.

Analicemos un poco el versículo de la pregunta. Cada versículo hay que verlo en su contexto. Mateo 24, habla del tiempo, donde los habitantes de esta tierra estarán pasando por la gran tribulación. “La cual no la ha habido desde el principio del mundo hasta ahora, ni la habrá” (Mateo 24:21) Nosotros, que componemos la Iglesia del Señor, ya no estaremos viviendo sobre la tierra, nos habremos ido con el Señor en el arrebatamiento, que tendrá lugar, antes de la gran tribulación. “El Señor Jesús, nos libra de la ira venidera” “de la hora de la prueba que ha de venir sobre el mundo entero, para probar a los que moran sobre la tierra” (1 Tesalonicenses 1:10, Apocalipsis 3:10)

Los que estén viviendo en los tiempos mencionados en Mateo 24, atravesarán una prueba terrible. Dios despertará a su pueblo Israel, pero, serán entregados a los tribunales, castigados y masacrados. Engañados por falsos profetas, Inducidos a negar a Dios, experimentando cosas terribles. En medio de todo ese escenario, será predicado el evangelio DEL REINO en todo el mundo.

Notemos bien, que no dice, que será predicado el evangelio de la gracia de Dios,  que hoy nosotros predicamos; sino que el énfasis, está puesto, en el reino que vendrá a establecer nuestro Señor Jesucristo sobre esta tierra, poniéndole fin a esos tiempos angustiosos. Muchos judíos seguirán a la bestia y al falso profeta. Otros recibirán el evangelio del reino y tendrán que soportar las consecuencias de sus creencias. ¿Cuál será la marca distintiva de los que realmente lo recibieron por fe? Será la de haber perseverado hasta el fin, y ser salvo, entrando al reino milenial de Cristo. Habrá muchos que no perseverarán, porque no habrán experimentado la obra de Dios en sus corazones verdaderamente, pero el que persevere hasta al fin, este sí será salvo. Salvo por gracia, no por perseverar.  La perseverancia, en este contexto,  es la evidencia de la fe y del sostén que la gracia de Dios otorgó.

Repetimos: Si a la salvación la tendríamos que mantener nosotros, seríamos salvos por obras, porque además de la obra del Señor Jesús, perfecta a nuestro favor, agregaríamos el mérito nuestro, de haber obrado de tal o cual manera para no perderla.

Otro punto fundamental que no tienen en cuenta, quienes sostienen que la salvación se pierde, es lo que implica realmente la salvación.

Muchos toman la salvación, como si fuera únicamente la obra del perdón de nuestros pecados. Una obra que nos exime de condenación, y conjeturan: Todo aquel que cree, no será condenado; pero si se aparta, flaquea, o llega a apostatar de su fe, debido a una acumulación de muchos pecados, pierde la salvación adquirida.

Este razonamiento no es justo. La Salvación implica mucho más que el perdón. Alguien intrínsecamente malo, perdonado de sus pecados, sigue igualmente siendo malo; pues el perdón no lo cambia. En cambio, Dios, cuando salva, perdona y le otorga al hombre una nueva naturaleza. Hace que el hombre nazca de nuevo y lo adopta como hijo suyo para siempre.

Cuando  se tienen en cuentas estas verdades divinas, caen por tierra todos los argumentos. El hombre que nació de nuevo, que ahora tiene la naturaleza divina en él, no quiere pecar, ni se siente bien pecando. Además, llegado el caso, de que su carne se manifieste, haciéndolo pecar de alguna manera, cuenta con todos los recursos de la gracia de Dios, para ser llevado a la confesión de su falta y al restablecimiento de  su comunión con Dios.

Como el creyente, es una oveja del buen pastor, siempre tendrá a disposición la vara y el cayado, para infundirle aliento, e impedirle que se desvíe. Como hijo amado de Dios, con una filiación eterna e inamovible, si peca, ofenderá a su Padre, quien lo tendrá que disciplinar, para traerlo nuevamente al camino de la santidad (Hebreos 12:6-10) pero nunca dejará de ser hijo. 

Por lo tanto, quien verdaderamente es salvo y tiene al Señor Jesús como Salvador, está representado ante Dios en Cristo. “Y ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” Tiene vida eterna, está sellado por el Espíritu Santo como propiedad de Dios (Efesios 1:13) y no perecerá jamás. El Señor Jesús, quien murió en la cruz por nuestros pecados, “entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación” (Romanos 4:25)   lo atestigua en su palabra: Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre” (Juan 10:27-29)

¡Dios bendiga su Palabra!


Preguntas bíblicas

www.lacuevadeadulam.com.ar  weblacuevadeadulam@gmail.com