¿PUEDE UN CREYENTE QUE HA PECADO VOLVER A PREDICAR Y HACERLO CON PODER?

Alguien preguntó: ¿Puede un creyente que ha caído en pecado y ha estado bajo la disciplina del Señor, predicar el evangelio con entera libertad? ¿Puede levantarse a predicar y hacerlo con poder?

RESPUESTA

Esta es una pregunta muy interesante, pues, para dar una respuesta, debemos considerar varias doctrinas bíblicas referidas al pecado, el arrepentimiento, la confesión, la restauración, la disciplina, los dones… como así también tener en cuenta, los tiempos, las responsabilidades, el entorno y demás. Como así recordar siempre que, a pesar de que en la Biblia,  cuando se trata de pecado y restauración, encontramos principios espirituales generales y absolutos; cada caso es particular y debe considerarse en detalle como tal.

El creyente que ha pecado, ha ofendido a su Señor, manchado su testimonio, y cortado su comunión con Dios. El pecado en el creyente es doblemente grave, porque no pecó naturalmente estando muerto en sus delitos y pecados, ni  desde el desconocimiento de la voluntad de su Señor, sino teniendo todos los recursos para no tener que hacerlo, lo cual agrava su responsabilidad.

Dios, quien a los suyos, no solamente les ha otorgado el perdón de sus pecados, sino que también les dio la vida eterna, haciéndolos participar de la naturaleza divina (2 Pedro 1:4) y los ha adoptado como hijos, sufre este pecado; y no quiere de ninguna manera dejar en esa situación a ninguno de sus hijos. 

Así como Dios proveyó los medios para que no pequemos, también provee los medios, en el caso de haber pecado. Por eso dice la Palabra: “Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. (1 Juan 2:1) Esto engrandece la gracia de Dios, pues si bien, pone delante de los suyos todos los recursos de la Palabra y la intercesión de Cristo; en el caso, de llegar a pecar, también tiene sus recursos para volvernos a su comunión y limpiarnos de toda maldad.

Estos recursos, se encuentran en el trabajo que él mismo hace por medio de su disciplina, y en el trabajo espiritual que ejerce Cristo como abogado para con el Padre, para llevarnos al arrepentimiento y a la confesión. Porque  “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9)

Si reconocemos estas cosas, podemos decir que aunque el pecado y la deshonra al Señor hayan sido grandes, más grandes son los recursos de Dios que se basan en la obra de Cristo, hecha a nuestro favor para restaurarnos.

La disciplina de Dios, tiene un objetivo, que es la restauración, no el castigo en sí. Dios no se satisface castigando a los suyos por los pecados, porque eso ya lo hizo en Cristo.

Con respecto a la disciplina el Señor nos dice en su Palabra. “Pero he aquí que yo la atraeré y la llevaré al desierto, y hablaré a su corazón. Y le daré sus viñas desde allí, y el valle de Acor por puerta de esperanza; y allí cantará como en los tiempos de su juventud, y como en el día de su subida de la tierra de Egipto” (Oseas 2:14,15)

Ese el trabajo de Dios, para atraernos, para que reconozcamos, para que volvamos a participar de su santidad (Hebreos 12:10) Nos habla al corazón en la soledad “del desierto” donde nos encontramos despojados de todo, y nos hace ver lo horrendo que fue lo que hicimos, para que arrepentidos confesemos todo lo que hemos hecho. Así, pone delante nuestro también la posibilidad de recuperar el gozo (Salmo 51: 12) <prefigurado en las viñas> y la puerta de esperanza,  al  saber que uno se puede volver a levantar a pesar de todo y ser restaurado <En el valle de Acor> que nos habla del lugar donde se ha juzgado el pecado (Véase Josué 7:26)  Luego de eso, viene para aquel arrepentido, el gozo como en los tiempos pasados, como en el día de la conversión, como en los tiempos de su primer amor.

Si luego de esto, considerando todo este trabajo de alma en arrepentimiento, alguien se pregunta si un creyente que cayó en pecado y fui disciplinado puede predicar con poder, tenemos que decir, lógicamente que sí. Sí, porque Dios es un Dios de restauración. “Dios perdonador” (Salmo 99:8) “Que perdona y olvida… porque se deleita en misericordia” (Miqueas 7:8)

Es bien cierto que Dios utiliza utensilios limpios y que quien está viviendo en pecado, no está limpio para ser utilizado por Dios, pero si nos referimos a personas que se han arrepentido y confesado su pecado, la cosa es distinta, porque lo que separa de Dios es el pecado no confesado. El pecado no caduca con el tiempo, pero pierde su poder condenatorio ante la confesión y el perdón de Dios. Por eso cuando nos preguntamos por la situación de alguien en relación al pecado cometido, tenemos que saber diferenciar, si es un pecado pasado y confesado o vigente y actual que debe ser aún solucionado.  A Pedro se le dijo: “Lo que Dios limpió no lo llames tu común o inmundo” (Hechos 11.9)

Obviamente, no faltará a quienes les cueste comprender cómo puede levantarse después de tal caída y predicar, porque, como ante sus ojos ha perdido autoridad espiritual, no pueden aceptar una restauración completa. Sin embargo, Dios, cuando perdona, restaura y no deja nada por la mitad. Aquel que se levanta para anunciar el evangelio, lo hace consciente de que es “un tizón arrebatado del incendio” (Zacarías 3:2) Y su fuerza espiritual la da, no su impecabilidad, sino el poder del Espíritu Santo obrando en él, quien lo lleva a presentar las verdades del perdón, y de la gracia, que él mismo experimentó.

Si en lugar de preguntarnos si alguien que ha pecado puede levantarse a predicar con poder, nos preguntáramos: ¿Puede alguien que ha pecado y ha sido perdonado por el Señor, estar lleno del Espíritu Santo, y en ese estado levantarse a hablar de su Salvador? Contestaríamos que sí, sin ninguna dificultad.

Hay un versículo que dice: “Los que ejerzan bien el diaconado, ganan para sí un grado honroso, y mucha confianza en la fe que es en Cristo Jesús” (1 Timoteo 3:13) Si tomamos el principio espiritual de este versículo, veremos que lógicamente, en todo servicio, se necesita esa confianza en la fe, que el creyente fiel tiene ante sus hermanos, como así ese grado honroso, que perdió quien ha pecado gravemente, y que deberá recuperar recuperar, mostrando el trabajo de Dios en él. Pero esto, no quiere decir que ya no pueda predicar el evangelio, ni levantarse a hacer lo que el Señor lo llame a hacer.

Los creyentes somos salvos con una proyección celestial, en vista del cielo y la eternidad junto a nuestro Señor. Si desde el momento de nuestra conversión hasta el momento de su venida a buscarnos, nos deja por un breve momento en la tierra, es con un propósito.  Si el creyente, testigo de la gracia y el amor de Dios, quedara inhabilitado a causa del pecado que cometió, Satanás, el enemigo del testimonio, ganaría mucha ventaja, y con solo hacer pecar a los creyentes prevalecería contra el testimonio de la Iglesia del Señor. Lógicamente, debemos ser cautos, y ubicados en cuanto a las cosas que se pueden hacer con toda libertad, “porque irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios” (Romanos 11:25) y otras que quizás, no serían convenientes, en virtud del buen orden, porque podrían ser incomprendidas por aquellos que no conocen la gracia de Dios.

Algo que también nos ayuda a comprender lo que venimos diciendo, es lo dicho por el Señor, cuando nos hace ver que, a quién se le ha perdonado mucho, mucho ama y responde por ello con adoración y servicio (Lucas 7:47)

Todos los hijos de Dios somos conscientes de nuestros pecados horrendos por los cuales tuvo que morir el Señor Jesús; sin embargo, muchas veces hacemos diferencia entre pecado y pecado, y no nos vemos iguales a quienes han tenido que sufrir por sus pecados alguna forma de disciplina, situándonos allí, sin darnos cuenta, como aquellos a quienes se les ha perdonado poco.  

El creyente que ha sido disciplinado a causa de su pecado y ha sido perdonado,  conoce lo horrendo de su pecado y la perversidad de su carne. Cosas que anteriormente, solo conocía por medio de la Palabra, ahora son cosas experimentadas en carne propia. Quien ha sufrido la soledad, la pérdida de la comunión a las cosas santas; el alejamiento de sus amistades y familiares, el desprecio y el juicio despiadado de muchos que aprovechándose de su caída, blasfemaron a Dios; una vez perdonado, y habiendo gustado la bondad de Dios, ama mucho, y no podrá permanecer callado, porque es un verdadero testigo de la  gracia de Dios.

Quienes constantemente están pensando quienes merecen servir al Señor y quienes no, olvidan la gracia, que es juntamente el favor, o don no merecido, sobre el cual Dios actúa absolutamente con todos.

No hay virtud en haber pecado, ni perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde (Romanos 6:1) Un dolor muy grande  sentirá aquel que le ha fallado a su Señor, sin embargo, el creyente que experimenta el perdón de su pecado, se levantará y mostrando que verdaderamente hay en él, un corazón contrito y humillado que Dios no despreció (Salmo 51:17), hará un camino de regreso que los demás podrán comprobar, y se levantará a servir donde su Señor lo habilite.


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